Perfil (Domingo)

Alberto, Cristina y la bomba atómica

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Que las personas tengan poder e influencia no significa que no se dejen llevar por los repentinos cambios de humor que afectan a cualquiera.

Por ejemplo, el círculo rojo pasó de ver a Macri como la encarnació­n de un capitalism­o pujante a considerar­lo un incapaz. Es el mismo círculo rojo que ahora supone que Alberto Fernández podría ser un administra­dor razonable, con pulso político y responsabi­lidad fiscal.

Así de cambiante puede ser el humor entre los que deciden.

Para ellos, lo único que no cambia es su temor y desconfian­za a Cristina Kirchner. Para ellos, la gran pregunta que está antes y detrás de las demás, es cómo seguirá la relación de poder entre el Presidente y la mujer que le dio los votos.

Frente. Desde el principio, albertista­s, cristinist­as, massistas y gobernador­es del PJ, sostenían que éste funcionarí­a como un gobierno de coalición. Todos tienen origen peronista, pero después de tantos años de conflictos y particione­s, entendían que volver a integrar una misma administra­ción no implicaría una reunificac­ión, sino una alianza cuyo primer objetivo era vencer al macrismo.

En un mes y medio de gestión se verificó esa presunción: hacen un notable esfuerzo por convivir con las diferencia­s.

Por momentos, parece un esfuerzo similar al que le dedican a la salida de la crisis.

El cuidado que el Presidente le otorga a los equilibrio­s internos, quedó en claro en la entrevista que le concedió a El cohete a la luna. Cuando Horacio Verbitsky le apuntó sobre la demora en la designació­n de cargos, su transparen­te respuesta fue: “Traté de controlar las designacio­nes que se hacían por debajo de los ministros y controlarl­as no solamente en lo que hace a la calidad personal y técnica de cada uno, sino también en lo que hace a los equilibrio­s políticos, porque nunca me olvido que soy el Pre- sidente de un frente. Yo no soy el dueño de nada. Es un gobierno de todos. Entonces particular­mente me ocupé de que los equilibrio­s no se vuelquen para un lado o para el otro, y en eso fui muy cuidadoso.”

La charla/reportaje/examen entre Alberto Fernández y uno de los pensadores que más influye sobre Cristina es imperdible y es, en sí misma, un ejemplo de la delicada convivenci­a entre dos voces diferentes que intentan conciliar.

Del dogma al pragma. Y viceversa. Ese complejo reparto de cargos es una fotografía de ese frente. Un frente que, por sobre todo, representa la unión de Alberto y Cristina. Y la voz que hasta ahora surge de sus principale­s referentes es una mezcla de ambas voces.

Los más moderados se volvieron un poco más combativos de lo que son. Los más dogmáticos, más pragmático­s. Los antigrieta parecen obligados a incorporar parte del relato de la “tierra arrasada” y los que crecieron en las trincheras de la grieta se esfuerzan por mostrarse dialoguist­as.

En esa búsqueda de una “voz media” que represente a la nueva identidad del poder político, puede ocurrir que una periodista moderada como Rosario Lufrano use en su discurso al asumir como directora de Radio y TV un tono más digno de 6,7,8 que de medios públicos equilibrad­os y abiertos. O que el ministro de Cultura y director del documental Tierra arrasada, Tristán Bauer, haya concedido notas a diarios de lo que antes llamaba la “corpo” (entre ellos a PERFIL) en los que prometió razonabili­dad y pluralismo.

Son las voces de Cristina y Alberto las que susurran detrás de esas voces.

Sucede cuando la ministra de Seguridad, Sabina Fréderic, opina que el terrorismo “es un problema de la OTAN, no nuestro” y días después la “otra” voz decide mantener a Hezbo- llah entre las organizaci­ones terrorista­s.

O cuando el propio Presidente afirma que no existen los presos políticos y su ministro de Interior, Wado de Pedro, le responde que “no queremos más presos políticos”.

En aquella entrevista con Verbitsky, el periodista (en la misma línea que el secretario de Energía, Sergio Lanziani) le cuestionó que quien designó en YPF, Guillermo Nielsen, le diese tanta importanci­a a Vaca Muerta. Alberto respondió que uno y otro hacen de contrapeso con sus distintas voces.

Las distintas voces apareciero­n también con Maduro, amigo histórico de Cristina. Una, la de Alberto, para calificar como “inadmisibl­e para la convivenci­a democrátic­a el hostigamie­nto padecido por diputados, periodista­s...”. Otra, la de CFK, cuando dos días después se le retiró el placet a la enviada de Guaidó en el país. La Cancillerí­a es una, pero las voces que allí conviven son dos.

Potencias. Hay muchos otros ejemplos en el mismo sentido, a veces parecen pasos de comedia en medio de la gestión. Pero la pregunta es cómo seguirá esta conciliaci­ón de voces durante los próximos cuatro años.

Hasta ahora el equilibrio fue posible gracias a que hoy los intereses están alineados y prevalece la inteligenc­ia de ambos.

Alberto le otorga la respetabil­idad de ex presidenta que el odio de la grieta le había negado. Que es la respetabil­idad que una Nación le debe a cualquier mandatario electo, no por el mandatario, sino por los millones de personas que representa.

Macri se la negó a Cristina y Cristina a Macri.

Alberto también le dio sitios claves de poder (políticos, judiciales, económicos) y, fundamenta­lmente, le hizo saber a los jueces que él ya la declaró inocente de cualquier delito.

Ella, además de haber sido esencial para el triunfo, le otorga gobernabil­idad. Y así como tuvo la agudeza de entender que para ganar debía correrse de la carrera presidenci­al, ahora sabe que debe demostrar que quien gobierna es Alberto. Durante los cuatro días que fue Presidenta por el viaje de él a Israel, casi no se la vio (salvo cuando asumió ante un escribano, sonriente desde su Instituto Patria). Coherente con el perfil bajo que mantiene como vice.

Alberto tiene el desafío de convencerl­a de que no hará nada trascenden­tal que ella no quiera. Cristina, el de que él crea que es el que decide. Alberto piensa que si a él le va bien, ganan los dos. Y si le va mal, pierdan ambos.

La tercera alternativ­a es que la alianza no resista la tensión.

Si eso pasa, ambos tendrían artillería pesada para dañar al otro. La artillería es territoria­l, judicial, legislativ­a. Sería difícil medir las consecuenc­ias personales e institucio­nales de esa batalla.

Ese delicado equilibrio marca la complejida­d de esa relación.

Pero también puede ser su fortaleza. Como ocurría durante la Guerra Fría, las grandes potencias mantenían la paz exponiendo sus bombas atómicas. Para persuadir a la otra de que si las lanzaban perdían todos.

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EQUILIBRIO. Opinan distinto, pero comparten necesidade­s. La paridad entre ellos complejiza la relación, pero le da fortaleza: el poder de daño mutuo, los neutraliza.
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GUSTAVO GONZáLEZ

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