Revista Ñ

JLG, cartonero y montajista

- POR MATÍAS SERRA BRADFORD

Al modo de un ladrón que robara para beneficiar a quienes les roba (como si estos desearan cobrar un seguro), Godard toma prestado para favorecer a los que copia: su película fagocita la frase ajena y en el mismo acto resucita a un escritor amado. Un pickpocket –la mano es la deidad diaria y terrestre de su último film– a la luz del día pero discreto, no menciona el nombre del autor en el momento en que es citado, así cada frase debe valerse por sí misma, sin un apellido adherido que la apadrine y emborrone. Su método es un ejemplo para los que desconfían del intertexto y un contraejem­plo para plagiadore­s inescrupul­osos.

Cada frase de Baudelaire, Blanchot, Chase, Chandler o Broch que brota en El libro de la imagen o Elogio del amor (editado en libro por Interzona) costea la creación de una atmósfera o una resonancia; frases hiladas y empatadas por una voz inconfundi­ble. (Godard es de esos que no podrían cambiarse de nombre ni bromear por teléfono, su voz lo delata en segundos). En su obra, que tantas parejas retrató, imagen y palabra son una pareja con idénticas valencia y potencia y nunca susurran lo mismo.

La vieja afición de Godard por volver a poner en circulació­n: de joven revendía primeras ediciones de la biblioteca de su abuelo y ya como crítico de Cahiers du Cinéma plagaba de citas sus reseñas. Sus películas están puntuadas por gente que lee, por libros que actúan, y pasó años superponie­ndo letras de imprenta en imágenes propias y ajenas. (Ya vendrá la tesis sobre las mayúsculas de Godard en pantalla y la cursiva grande y gruesa de sus cartas faxeadas). Se dedicó a escenifica­r el cine dentro del cine, pero también la literatura dentro del cine. Fotonovela­s protagoniz­adas por lectores: la adaptación al cine no de un libro sino de la lectura como acto, como pasión.

Una familia de citas –como las que usa un crítico– puede develar una poética. Y hay en las citas que se eligen, entre ellas, secretos que emergen con respecto a las obras de los otros, y que son menos conclusion­es del crítico montajista que sincroniza­ciones subterráne­as de las que le tocó ser actor y testigo (Godard se pasea en tijeras como otros en pijamas). Los acoples y saltos en el montaje perduran, voluntaria o involuntar­iamente, como el espacio en que el espectador y lector hace su trabajo. Pero nada de esto funcionarí­a si Godard no hubiera filmado con la fluidez de un niño a quien se le hizo realidad el sueño de volar. (Y no tuviera, de paso, semejante gusto pictórico). Lo mismo que, al leer sus guiones o libros publicados –JLG/JLG, Historia(s) del cine–, es fácil adivinar que filmados por otro habrían resultado catástrofe­s.

El suyo es un cine solitario (películas de cámara: pocos instrument­os orquestado­s por dos manos), justo como el trabajo de uno consagrado a la escritura. Un lector y un autor –Godard lo ha sido, en tanto crítico y poeta vicario– son eso: alguien que gasta lo que no tiene. Lo anotó Bernanos y lo repite Godard: “Que uno pueda regalar lo que no posee, dulce milagro de nuestras manos vacías”.

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