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La historia sin fin

- Diego Tabachnik dtabachnik@lavozdelin­terior.com.ar

Semanas atrás, en el sitio de preguntas y respuestas Stack Exchange se produjo un debate en torno a Stranger Things 3 que a más de uno lo dejó con la pera a la altura del cinto.

Uno de los jóvenes fanáticos de la tira de Netflix consultaba con total ingenuidad qué hacía el personaje de Jonathan Byers “en un cuarto de color rojo, en el que no se puede entrar”.

Ante la incredulid­ad de sus interlocut­ores, el joven insistía con la descripció­n del espacio que desconocía: “El personaje pone la foto en agua y de alguna manera eso la hace más clara”.

Dentro de la lógica de ciencia ficción y algo de conspirano­ia que tiene la tira, bien podía ser una pieza clave del guion en la pintoresca ciudad de Hawkins.

Nada más lejano: era, simple y llanamente, el cuarto oscuro en el periódico donde Jonathan revelaba las fotografía­s.

Para muchos, una obviedad. Pero para otros, una “novedad” casi digna de un museo. Claro, Stranger Things está ambientada en 1986.

En un mundo en el que la digitaliza­ción es la cultura omnipresen­te, la noción de que exista un proceso cuasi mágico para obtener una foto impresa es,

paradójica­mente, como ciencia ficción.

Sin embargo, lejos de ir unilateral­mente hacia lo novedoso, vivimos en una era que se asemeja más a una licuadora gigante que todo lo remixa, haciendo convivir lo de ayer, hoy y mañana en redes, plataforma­s y los formatos más disímiles e inesperado­s.

Colores con E

Algo común, quizás en todos los tiempos de la historia, es que el aburrimien­to sigue acechando a la especie humana, en especial cuando somos más pequeños.

En esas andaba mi hija un domingo cualquiera, cuando se me ocurrió desempolva­r un juego que me retrotrae a mi abuela, quien me lo enseñó.

Con mis cuatro décadas encima, todavía recuerdo con cariño la sorpresa que me generaba su capacidad de almacenar palabras de todo tipo a la hora de medirnos al Tutti Fruti. Sólo hacía falta papel y lápiz para entregarse a esa búsqueda por los archivos mentales en búsqueda de “comidas”, “lugares”, “nombres”, y “colores”, por ejemplo, con distintas letras del alfabeto.

Increíblem­ente, hizo efecto en mi pequeña que con sus recientes 7 años se entregó a ese simple hechizo.

De pronto nos tocó la letra “E”, y ni ella ni yo supimos qué poner en el renglón “colores” (sí, ya sé, todo el mundo me dijo después “esmeralda”).

“Googlealo en YouTube”, me tiró ella con displicenc­ia, a lo que expliqué que una cosa era el buscador por excelencia de esta era y otra, la plataforma de videos más popular del planeta. “¿Ah, sí? ¿Y entonces qué es googlear?”, me dijo canchereán­dome con lógica elemental, poniendo el marcador 1 a 0 a su favor.

Y aquí la sorpresa: cuando abrí la aplicación del buscador en mi teléfono y empecé a tipear “colores con…”, la búsqueda predetermi­nada me ganó de mano y me tiró que ya habían estado buscando colores con J, H, I y S.

Son curiosas las formas en que un jueguito de mesa tan viejo como el aburrimien­to encuentra la manera de colarse en el laberinto de ceros y unos. La historia sin fin

Cuando terminamos el Tutti Fruti ya no hubo forma de conseguir que mi hija no encendiera el televisor. Empezaba justo un ciclo de viejos clásicos del cine en Encuentro (con una estética que comienza mostrando la película en el mismo tele Hitachi que había en mi casa cuando yo era chico).

Daban La historia sin fin, que empieza con aquella gloriosa canción homónima, NeverEndin­g Story (el one hit wonder del cantante pop inglés Limahl).

El tema, oh casualidad, no musicaliza…“es” el momento más épico precisamen­te en el último capítulo de Stranger Things.

Todavía faltaba más para cerrar el círculo del azar entre la fascinació­n por lo retro, como dijo el crítico musical Simon Reynolds, y el presente.

Cuando terminó la película, empezó García y Los Enfermeros, un documental que registra la vida de Charly entre 1989 y 1992, cuando buscó proyectars­e como artista internacio­nal.

El episodio mostraba precisamen­te al Zorrito Vön Quintiero (histórico ladero musical de García) en 1990 hablando por teléfono desde San Juan de Puerto Rico, con alguien en Buenos Aires. Ahí, la pregunta sonó como un puñal, una daga que dio de lleno en la diana del destino. “Che, escúchame – consulta el Zorrito– ¿a cuánto cerró el dólar hoy?”.

Pienso en una de las frases, de autor anónimo, que esta semana más circuló por Twitter: “Argentina es un país en el que si te vas de viaje 20 días, cuando volvés cambió todo, y si te vas de viaje 20 años, cuando volvés no cambió nada”.

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(NETFLIX) Tiempos modernos. “Stranger Things” bucea en la estética de los ‘80 para ser vista en streaming.
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