Ni chi­cha ni li­mo­ná

La Tercera - - SOCIEDAD - Mi ma­yor de Bach Sos­pi­ri

es­po­sa en el El­gar...

Sí. Bach es la esen­cia de to­da la mú­si­ca. Yo lo he to­ca­do to­da mi vida. En mu­chos sen­ti­dos, creó las re­glas de oro en las crea­cio­nes clá­si­cas y fue un in­no­va­dor en la ar­mo­nía. Si se lo to­ca con el de­bi­do rit­mo, en­to­na­ción y ex­pre­sión po­de­mos abor­dar lo que viene des­pués. Es la ba­se de to­do. Bá­si­ca­men­te to­mó el canto gre­go­riano y lo trans­for­mó en el ti­po de mú­si­ca clá­si­ca que se ha­ría en los si­glos ve­ni­de­ros.

¿Y El­gar? ¿Es­tá sub­va­lo­ra­do?

No lo creo. No aho­ra. Por lo me­nos des­de que yo em­pe­cé a to­car a siem­pre es­tu­vo en­tre los gran­des. No sa­ber quién es, es per­der­se de un buen tra­mo de la his­to­ria de la mú­si­ca. Ob­via­men­te que se lo em­pe­zó a re­va­lo­ri­zar más des­pués de la Se­gun­da Guerra Mun­dial, pe­ro aún así creo que es uno de los gran­des. Pa­ra mí tie­ne un mun­do pro­pio e in­con­fun­di­ble, un se­llo par­ti­cu­lar.

Us­ted na­ció en Is­rael ¿Qué opi­na d la la­bor de Da­niel Barenboim con la West Eas­tern Di­van Or­ches­tra?

Dios ben­di­ga a Da­niel Barenboim por lo que es­tá ha­cien­do. Lo que ha­ce es crear puen­tes de co­mu­ni­ca­ción en­tre los pueblos a tra­vés de la mú­si­ca. La mú­si­ca es siem­pre un he­rra­mien­ta de uni­dad y educación. Lo he­mos vis­to en Afri­ca y, por su­pues­to, lo he­mos vis­to en los úl­ti­mos 40 años en Ve­ne­zue­la a tra­vés de El Sis­te­ma crea­do por Jo­sé An­to­nio Abreu. No di­go que es­to sea la pa­na­cea ni la so­lu­ción a to­do, pe­ro sí que es uno de los gran­des caminos a se­guir. ● DO­BLE CON­CIER­TO Y SINFONIA 4 P. Zu­ker­man, A. Forsyth. Ca­na­da’s Na­tio­nal Arts Cen­tre Or­ches­tra. En Spo­tify, Goo­gle Mu­sic y Ap­ple Mu­sic.

► Pin­chas Zu­ker­man y la che­lis­ta Aman­da Forsyth, con quien to­ca­rá el Do­ble con­cier­to de Brahms. l zoo­ló­gi­co de cris­tal, el primer gran éxi­to de Ten­nes­see Wi­lliams, pa­re­ce no en­ve­je­cer a pesar de los 73 años que han trans­cu­rri­do des­de su es­treno. El tex­to no pier­de su vi­gen­cia y man­tie­ne el si­tial de clásico de la dra­ma­tur­gia nor­te­ame­ri­ca­na del si­glo XX. La ver­sión di­ri­gi­da por Al­va­ro Viguera in­ten­ta trans­mi­tir esa po­ten­cia del ori­gi­nal. El di­rec­tor apor­ta una pues­ta en es­ce­na don­de fu­sio­na la es­té­ti­ca de los años 30 y ele­men­tos con­tem­po­rá­neos: mue­bles an­ti­guos in­ter­ve­ni­dos con ve­los, mu­ros trans­pa­ren­tes que rom­pen el rea­lis­mo, una es­ca­le­ra in­dus­trial de me­tal, un mu­ral que re­tra­ta al padre au­sen­te y fi­gu­ras de cris­tal Swa­rovs­ki. Tal diá­lo­go re­sul­ta ines­pe­ra­do. Es cier­to que lo ecléc­ti­co pue­de en­ri­que­cer un tex­to, pe­ro no se­ría es­te el caso. El re­sul­ta­do es, co­mo de­cía el gran Víctor Ja­ra, ni chi­cha ni li­mo­ná. La ilu­mi­na­ción es cla­ve, en es­pe­cial en las es­ce­nas don­de la luz tras­pa­sa un uni­cor­nio de vi­drio y co­mo si fue­ra un pris­ma sus re­fle­jos inun­dan la es­ce­no­gra­fía.

El elen­co es­tá a la al­tu­ra de la com­ple­ji­dad de los per­so­na­jes y ac­túa con efi­ca­cia, aun­que se­ría in­jus­to no des­ta­car a Héc­tor Mo­ra­les y Clau­dia Di Gi­ro­la­mo en sus vi­bran­tes in­ter­pre­ta­cio­nes de Aman­da Wing­field, ma­dre des­equi­li­bra­da por el aban­dono afec­ti­vo, y Tom, su hi­jo sin am­bi­cio­nes que se con­for­ma con ven­der za­pa­tos y se con­vier­te en blan­co de sus re­sen­ti­mien­tos y acu­sa­cio­nes. No to­do es dra­ma. La es­ce­na en que Tom lle­ga bo­rra­cho es di­ver­ti­dí­si­ma. A su

FICHA DE DIS­CO BRAHMS

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