El su­per­hé­roe sud­afri­cano

Way­de van Nie­kerk se im­pu­so có­mo­da­men­te en la fi­nal de los 400 me­tros. De­jó en rí­dicu­lo a sus ri­va­les, de­mos­tran­do por qué es el nue­vo amo de las pis­tas.

La Tercera - - DEPORTES - Na­cho Leal Fran­cis­co Sa­gre­do

Way­de van Nie­kerk es por mu­chos con­si­de­ra­do co­mo el su­ce­sor na­tu­ral de Bolt. No es por su per­so­na­li­dad, ni por sus fra­ses, ni por to­do el mar­ke­ting que mue­ve en torno a él, sino por sus mar­cas. El sud­afri­cano es el úni­co atle­ta que ha con­se­gui­do ba­jar los 44 se­gun­dos en los 400 me­tros, los 22 se­gun­dos en los 200, y los 10 se­gun­dos en los 100. Con sus nú­me­ros, el mo­reno se­ría có­mo­da­men­te el cam­peón sud­ame­ri­cano en las tres dis­tan­cias, por ejem­plo.

De he­cho, es muy pro­ba­ble que Bolt ha­ya de­ci­di­do dar­le el pa­se ga­na­dor pa­ra que, en es­te Mun­dial, ade­más se im­pon­ga en el do­ble hec­tó­me­tro, a los que el Ra­yo pre­fi­rió de­ser­tar. Él es­tu­vo vién­do­lo en los na­cio­na­les de Su­dá­fri­ca de es­te año e, in­clu­so Van Nie­kerk via­jó en ju­nio, po­co an­tes de Lon­dres, pa­ra pre­pa­rar­se jun­to al equi­po ja­mai­cano en la is­la. Com­pi­tió en el Ra­cers Grand Prix, don­de Bolt se des­pi­dió co­mo atle­ta de al­to ren­di­mien­to en su país. El ca­ri­ño y ad­mi­ra­ción es re­cí­pro­co en­tre los dos plus­mar­quis­tas.

Pe­ro la pri­me­ra prue­ba del sud­afri­cano en ese ca­mino a trans­for­mar­se en un su­pehé­roe la te­nía ayer, en la vuel­ta a la pis­ta del Olím­pi­co de Lon­dres. Van Nie­kerk allí era el úni­co fa­vo­ri­to cer­te­ro pa­ra col­gar­se el oro y, a di­fe­ren­cia de su ami­go Bolt, no fa­lló.

La di­fe­ren­cia en­tre am­bos atle­tas es cla­ra. Usain Bolt jue­ga al pa­ya­so; Van Nie­kerk, en cam­bio, se mue­ve si­len­cio­so, oja­lá na­die lo to­me mu­cho en cuen­ta. Su ne­go­cio es­tá en la pis­ta, no fue­ra de ella. Ayer,su lle­ga­da al co­li­seo lon­di­nen­se es­tu­vo car­ga­da de mu­tis­mo. En la pre­sen­ta­ción, pe­se al alien­to gi­gan­te de los mi­les de fa­ná­ti­cos que lle­ga­ron a ver­le co­rrer, él, opues­to a sus com­pa­ñe­ros, ape­nas se mo­vió.

Su nom­bre re­tum­bó en el es­ta­dio y el al­zó las ma­nos, pa­re­cien­do in­ti­mi­da­do. Ex­ha­ló fuer­te, mo­vió los la­bios, mi­ró la pis­ta, se to­mó las ma­nos co­mo si es­tu­vie­ra ejer­cien­do su úl­ti­ma ple­ga­ria a un ser di­vino y es­pe­ró. Fue él con­tra los 400 me­tros. No hu­bo más.

Ape­nas so­nó el dis­pa­ro, se lan­zó a co­rrer de ver­dad. Fue una dispu­ta si­co­ló­gi­ca, no fí­si­ca. Sus ri­va­les le pe­lea­ron, pe­ro, en reali­dad, fue una ba­ta­lla per­di­da. Por eso es que com­pa­ran al sud­afri­cano con el ja­mai­cano: Van Nie­kerk es el úni­co que tam­bién ha­ce pa­re­cer ri­dícu­los a sus ri­va­les, ha­cien­do de una ca­rre­ra una suer­te de per­se­cu­ción. In­clu­so se fre­nó lle­gan­do a la me­ta.

Du­ran­te es­tos 400 me­tros, Van Nie­kerk en­tró con el oro en el cue­llo, pe­ro a di­fe­ren­cia de su an­te­ce­sor ja­mai­cano, que se des­pi­dió con un bron­ce, no se con­fió en nin­gun mo­men­to. Ésa fue la cla­ve. Pue­de que su mar­ca no ha­ya si­do la me­jor, y sí, es­tu­vo le­jos de ba­jar los 43 se­gun­dos co­mo él una vez pro­me­tió, pe­ro su ím­pe­tu es­tu­vo a to­pe, co­mo siem­pre, des­de que irrum­pió en el Mun­dial de Bei­jing, ha­ce dos años.

Sus ri­va­les lo se­cun­da­ron atrás por mu­cho, al me­nos tres cuer­pos de dis­tan­cia. Los ri­di­cu­li­zó, co­mo siem­pre en una fi­nal. Ellos die­ron vi­da a otra ba­ta­lla, por quién le acom­pa­ña­ba al rey en el po­dio. La pla­ta re­ca­yó en el baha­me­ño Ste­ven Gar­de­ner, que co­rrió en 44”41: el bron­ce, en el ca­ta­rí Ab­da­le­lah Ha­roun, en 44”48.

Y hoy ten­drá una nue­vo desafío, el se­gun­do capítulo de su his­to­rie­ta. Pe­ro es­tá tran­qui­lo: “Ten­go un buen equi­po que me ayu­da­rá a re­cu­pe­rar­me de es­te es­fuer­zo de ca­ra a las ca­rre­ras de 200 me­tros”, ase­gu­ró a AFP. El su­pehé­roe sud­afri­cano no des­can­sa. ●

► Va­nNie­kerk, se­rio, mi­ra en la pan­ta­lla el tiem­po que lo­gró al ga­nar los 400.

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