Re­dis­cov­er­ing Chiloé

Redes­cubriendo Chiloé

Patagon Journal - - CONTENTS - By Zoe Baillargeon

“The sense of con­nec­tion with na­ture and neigh­bor paired with dis­con­nec­tion from the real world. Time stands still here while the tides never cease.” “La sen­sación de co­mu­nión con la nat­u­raleza y el ve­cino unida a la de­sconex­ión con el mundo real. Aquí el tiempo se de­tiene mien­tras las mar­eas no ce­san nunca”.

lake and sev­eral kilo­me­ters up a river un­til reach­ing the tiny home­stead where my hosts at Paraiso Tours - Don Mario, Maria Gra­ciela, and the rest of their fam­ily - have pre­pared pos­si­bly the best bowl of cazuela I've ever had (ex­cept for my Chilean mother-in-law's, of course).

But in the more metaphor­i­cal, “how did I get so lucky” sense of the ques­tion, it's be­cause Chiloé has al­ways called to me, ever since my first visit sev­eral years ago. The shiv­er­ing blue wa­ters of its bays and chan­nels. The rolling hills and ver­dant forests. The Chilotes, the com­mu­nity of is­landers who are so down to earth and friendly. The sen­sa­tion that a troll could pop out from be­hind a tree, or a ghost ship throw­ing a party could be heard on cold, still nights. The sense of con­nec­tion with na­ture and neigh­bor paired with dis­con­nec­tion from the real world. Time stands still here while the tides never cease. There's just some­thing about these is­lands. That's why I keep go­ing back.

In the place of seag­ulls

I've al­ways liked to think of the ar­chi­pel­ago of Chiloé like a piece of Ire­land that was carved off with a jagged knife and plunked down into the chilly oceans of South Amer­ica, its smaller is­lands scat­tered into the sur­round­ing wa­ters like bread crumbs.

The com­par­i­son is not with­out its mer­its. The land­scapes are sim­i­lar: hilly pad­docks dot­ted with sheep, ocean views over sea cliffs, homes hun­kered close to the ground, chim­neys leak­ing smoke. Chiloé is also fa­mous for its 286 known va­ri­eties of pota­toes (there were be­lieved to be more than 400 at one point); even Dar­win wrote about them. Sheep's wool cloth­ing is the fash­ion of choice. The sky is of­ten over­cast and driz­zly. Chiloé even has its own mythol­ogy that the is­landers are de­light­fully prag­matic about (“I don't be­lieve in witches but if they ex­ist, they ex­ist,” I was told by one is­lan­der, while be­ing told by an­other that, in no un­cer­tain terms, the El Caleuche ghost ship did ex­ist and he had seen it).

When peo­ple think of Chiloé, they think of the old wooden churches that are UN World Her­itage sites; the penguin colonies and whale watch­ing; en­joy­ing a steam­ing plate of cu­ranto; vis­it­ing the end of the Pan Amer­i­can High­way; and the tippy-toed palafito houses lin­ing the bays of Cas­tro. Those are the must-sees, the Great­est Hits. They were the things I set out to see on my first visit. But now, hav­ing left my heart in Cas­tro, I want to see more, know more, dis­cover the unseen sides of the is­land. And I've found the per­fect guide.

The other Chiloé

Cyril Chris­tensen isn't orig­i­nally from Chiloé. But he's been com­ing here ever since

Pero en un sen­tido más metafórico de la pre­gunta, “cómo he tenido tanta suerte”, es porque Chiloé siem­pre me ha lla­mado, desde mi primera visita hace ya var­ios años. Las trep­i­dantes aguas azules de sus bahías y canales. Sus suaves col­i­nas y verdes bosques. Los chilotes, la co­mu­nidad de isleños que son tan am­ables y amis­tosos. La sen­sación de que un troll po­dría saltar de­trás de un ár­bol, o que un barco fan­tasma dando una fi­esta se po­dría oír en las frías y tran­quilas noches. La sen­sación de co­mu­nión con la nat­u­raleza y el ve­cino unida a la de­sconex­ión con el mundo real. Aquí el tiempo se de­tiene mien­tras las mar­eas no ce­san nunca.

Es­tas is­las tienen algo es­pe­cial. Por eso vuelvo una y otra vez.

En la tierra de las gavio­tas

Siem­pre me ha gus­tado pen­sar en el archip­iélago de Chiloé como en un pedazo de Ir­landa recor­tado con un cuchillo mel­lado y ar­ro­jado en el frío océano de Su­damérica, con pe­queñas is­las des­perdi­gadas en las aguas cir­cun­dantes, cuales mi­gas.

La com­para­ción no es su­per­flua. Los paisajes son sim­i­lares: pra­dos mon­tañosos saltea­dos de ove­jas, vis­tas al océano desde los acan­ti­la­dos, casas acha­parradas, chime­neas que despar­ra­man humo. Chiloé tam­bién es famoso por sus 286 var­iedades de pa­pas cono­ci­das (se cree que llegó a haber más de 400); hasta Dar­win es­cribió so­bre el­las. La ropa de lana de oveja está de moda. A menudo el cielo está en­capotado y llu­vioso. Chiloé tiene hasta su propia mi­tología, so­bre la que los isleños son de­li­ciosa­mente prag­máti­cos (“No creo en las bru­jas, pero si ex­is­ten, ex­is­ten”, me decía un lu­gareño mien­tras otro me con­taba, muy se­rio, que el barco fan­tasma El Caleuche ex­istía y que lo había visto).

Cuando la gente piensa en Chiloé, piensa en las an­tiguas igle­sias de madera que son Pat­ri­mo­nio de la Hu­manidad; en las colo­nias de pingüi­nos y el avis­tamiento de bal­lenas; en sa­borear un humeante plato de cu­ranto; en vis­i­tar el fi­nal de la car­retera panamer­i­cana; y en los palafi­tos que, alza­dos so­bre pi­lares, cubren la bahía de Cas­tro. Eso es lo que hay que ver, las Grandes Atrac­ciones. Es lo que fui a bus­car la primera vez. Pero ahora que he de­jado mi corazón en Cas­tro quiero ver más, saber más, de­s­cubrir la cara oculta de la isla. Y he en­con­trado al guía per­fecto.

El otro Chiloé

Cyril Chris­tensen no es orig­i­nario de Chiloé. Pero ha venido una y otra vez desde que era niño y acabó mudán­dose hace diez años. Siem­pre con una son­risa en los labios y un som­brero de es­tilo Akubra que le hace pare­cer un cazador de coco­dri­los chilote,

AN­TO­NIO VENEGAS

ZOE BAILLARGEON

KA­RINA SEV­ERIN RICHARD WOLF ROBERT HARD­ING Clock­wise / En el sen­tido de las agu­jas del reloj: Scenes from Chiloé: sheep dot­ting the hills, a palafito in Cas­tro, gavio­tas, and an his­toric church in Ten­uan. Es­ce­nas de Chiloé: ove­jas en las col­i­nas, un palafito en Cas­tro, gavio­tas y una igle­sia histórica en Ten­uan.

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