VI­NOS & LI­CO­RES

EN LOS AÑOS OCHEN­TA, EN CO­LOM­BIA NO EXIS­TÍA UNA OFER­TA DE VI­NOS AM­PLIA Y POR LAS GÓN­DO­LAS DE LOS SU­PER­MER­CA­DOS SE VEÍAN POCAS BO­TE­LLAS. HOY SO­PLAN OTROS VIEN­TOS.

Cocina (Colombia) - - MISE EN PLACE - Por Ca­ta­li­na Ru­ge­les Abo­ga­da y som­me­lier, ca­te­drá­ti­ca y con­sul­to­ra pa­ra la in­dus­tria de be­bi­das al­cohó­li­cas.

El fu­ror del vino ro­sa­do

HA­CE UNOS AÑOS SE PEN­SA­BA QUE EL TIN­TO ERA

me­jor que el blan­co y en­tre los mi­tos que se han ve­ni­do de­rri­ban­do en el mun­do del vino, tam­bién se te­nía al ro­sa­do co­mo un pro­duc­to ‘dul­ce,’ de ba­ja ca­li­dad, lle­gan­do in­clu­so a de­cir­se que no era vino. Co­mo par­te de las nue­vas ten­den­cias de con­su­mo y una ma­yor com­pren­sión de la na­tu­ra­le­za de ca­da vino, los ro­sa­dos es­tán hoy en bo­ga y son per­ci­bi­dos co­mo una pro­pues­ta eno­ló­gi­ca pro­pia, que amplía la ga­ma en to­na­li­da­des y sa­bo­res.

Los ro­sa­dos ha­cen par­te de la pro­pues­ta de las mu­chas vi­ñas de paí­ses pro­duc­to­res y es usual que uno o dos es­tén en sus por­ta­fo­lios, bien sea que re­fle­jen las ca­rac­te­rís­ti­cas de su uva ícono o lo­gren una ma­yor acep­ta­ción. Al­gu­nos pre­fie­ren los ro­sé ti­po Pro­van­ce, muy li­ge­ros, poco te­ñi­dos. Chi­le, Ar­gen­ti­na y Uru­guay co­mún­men­te ofre­cen vi­nos ro­sa­dos pro­fun­dos, in­ten­sos, de más ho­ras de ma­ce­ra­ción. Sin em­bar­go, es­tos lu­ga­res tam­bién pue­den ofre­cer ese es­ti­lo clá­si­co y te­nue del sur de Fran­cia. Es­ta­dos Uni­dos tie­ne de unos y de otros pe­ro ha desa­rro­lla­do bien los lla­ma­dos blush, co­no­ci­dos co­mo Whi­te Zin­fan­del (de la uva tin­ta Zin­fan­del). Se de­no­mi­nan ‘whi­te’ por la for­ma en que se ela­bo­ran.

En cual­quier ca­so, la de­ci­sión os­ci­la en­tre la ele­gan­cia del piel de ce­bo­lla, el se­duc­tor co­bri­zo y el vi­bran­te fuc­sia.

Por otro la­do, que su co­lor no ge­ne­re con­fu­sio­nes: ro­sa­do no es si­nó­ni­mo de vino dul­ce, aun­que los hay. Pe­ro, si es el ca­so, así lo in­di­ca la eti­que­ta. Por el con­tra­rio, lo que po­de­mos es­pe­rar en los vi­nos ro­sa­dos es que sean fres­cos, áci­dos, con no­tas fru­ta­les y tam­bién flo­ra­les. Pen­sa­dos des­de el vi­ñe­do, son fru­to de un tra­ba­jo man­co­mu­na­do en­tre el enó­lo­go y el in­ge­nie­ro agró­no­mo, en un es­me­ro por com­pla­cer ca­da vez a más pa­la­da­res al­re­de­dor del mun­do. Es así co­mo la re­co­lec­ción de la uva, que pa­ra el ro­sa­do es tin­ta, sue­le rea­li­zar­se con an­te­la­ción a aque­lla uva que irá des­ti­na­da pa­ra ha­cer vi­nos tin­tos en su ple­na po­ten­cia de co­lor.

Es­to, con el fin de ga­ran­ti­zar aci­dez y la tan an­he­la­da fres­cu­ra que, jun­to con su atrac­ti­vo co­lor, con­vier­ten a los ro­sé en un bien orien­ta­do co­mo­dín de con­su­mo.

Su co­lor tam­po­co de­be ha­cer­nos pen­sar que es un vino pa­ra ser con­su­mi­do ex­clu­si­va­men­te por mu­je­res en sho­wers. Es­ta eti­que­ta sim­ple ha he­cho que sub­es­ti­me­mos un vino de gran va­lor. Si bien acom­pa­ña de ma­ra­vi­lla ca­na­pés li­ge­ros, pue­de acom­pa­ñar per­fec­ta­men­te una pasta a la car­bo­na­ra o un pap­par­de­lle al te­lé­fono. Va muy bien con la am­plia va­rie­dad de piz­zas o con sushi; y con pes­ca­dos blan­cos o sal­món ahu­ma­do y a la plan­cha (pa­ra el sal­món y en ge­ne­ral pa­ra los pes­ca­dos azu­les, tam­bién se re­co­mien­da un tin­to li­ge­ro).

Ex­plo­ran­do la co­ci­na co­lom­bia­na, pue­de acom­pa­ñar muy bien fri­tos co­mo los abo­rra­ja­dos, por los to­ques dul­ces del plá­tano ma­du­ro. Así mis­mo las ma­rra­ni­tas del Va­lle de Cau­ca, o un pes­ca­do fri­to y un viu­do de ca­paz. Irá muy bien con are­pa de chó­co­lo y cos­ti­lli­tas con sal­sa de ta­ma­rin­do.

Pue­de in­clu­so pen­sar­se en el cli­ma co­mo cri­te­rio de se­lec­ción, más allá de las pro­pues­tas gas­tro­nó­mi­cas, por­que, de­bi­do a su fres­cu­ra, ca­rac­te­rís­ti­cas de sa­bor y tem­pe­ra­tu­ra de con­su­mo, en­tre 9 °C y 12 °C, se cons­ti­tu­ye en el com­pa­ñe­ro ideal pa­ra los pla­nes de pis­ci­na, ade­más del jue­go de co­lor que ha­ce con un atar­de­cer.

Sin du­da, el vino ro­sa­do se le­gi­ti­ma co­mo un buen ejem­plo pa­ra ha­blar de la ar­mo­ni­za­ción oca­sio­nal, la que se ha­ce en­tre be­bi­da y si­tua­ción. En es­tos tiem­pos de ce­le­bra­ción del ca­ri­ño, que sea la oca­sión pa­ra su­ge­rir un es­pu­man­te ro­sé en las co­pas de una cena ro­mán­ti­ca. Com­bi­na con las ro­sas, el ce­vi­che de ca­ma­ro­nes y el sal­món. Las bur­bu­jas de un es­pu­man­te ro­sé, ade­más de ele­gan­tes, sa­ben a pu­ro amor.

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