¿DE­BEN PA­GAR LOS RO­BOTS NUES­TRAS PEN­SIO­NES?

El Colombiano - - OPINIÓN - Por HUMBERTO MON­TE­RO hmon­te­ro@la­ra­zon.es

«Las horas de los bar­man to­can a su fin». Me hi­ce cru­ces y pre­gun­té por qué. «Ya hay ro­bots ca­pa­ces de ser­vir be­bi­das. Nun­ca en­fer­man. Siem­pre sir­ven las can­ti­da­des jus­tas», fue la res­pues­ta. Me que­dé pen­sa­ti­vo y mi cerebro vo­ló a una ta­ber­na de la ca­lle Sier­pes, en Sevilla. Allí, una mi­nús­cu­la bo­de­ga ex­ha­la su­fi­cien­te olor a fri­tu­ra de pes­ca­do en ado­bo co­mo para em­pa­par el es­ca­so ai­re en mo­vi­mien­to que dis­cu­rre en­tre las la­be­rín­ti­cas ca­lle­jas del cen­tro y des­per­tar los sen­ti­dos de los vian­dan­tes de gol­pe y po­rra­zo. Bo­que­ro­nes, pa­vía, ca­zón, pes­ca­da, ca­la­ma­res y se­pia se fríen a to­ne­la­das ca­da día sin ca­jas re­gis­tra­do­ras ni fac­tu­ras. Con ape­nas 30 me­tros cua­dra­dos de tas­ca y más concentración de per­so­nal que Ti­mes Squa­re en No­che­vie­ja, tres ca­ma­re­ros sa­ca­dos de otro tiempo ano­tan con una ti­za en la ba­rra las de­ce­nas de co­man­das que se cantan por mi­nu­to a la ho­ra del ape­ri­ti­vo. Ese trán­si­to tan es­pa­ñol que nos lle­va des­de la ho­ra en la que se al­muer­za en todo el mun­do, en­tre las 12:30 y las 14:00 horas, a la ho­ra en la que real­men­te se co­me en Es­pa­ña: las tres de la tar­de. Para cual­quier fo­ras­te­ro, la es­ce­na re­sul­ta­ría in­ti­mi­da­to­ria. Por eso, nin­gún ex­tran­je­ro en chan­clas se atre­ve a tras­pa­sar la puer­ta. A gri­to «pe­lao» clien­tes y ca­ma­re­ros se co­mu­ni­can en un dia­lec­to propio de esas cua­tro pa­re­des. Re­cuer­do la pri­me­ra vez que fui:

–Je­fe, pón­ga­me me­dia de bo­que­ro­nes, una de ca­zón y dos ca­ñas.

–Na, qui­llo. Le­via­po­ne pi­jo­tas y ace­días. Ea.

Y con esa gra­cia se­vi­lla­na que no se pue­de aguan­tar sa­lie­ron a los dos mi­nu­tos, co­mo pa­sos en pro­ce­sión de Semana San­ta, las pi­jo­tas y las ace­días con dos ca­ñas co­mo so­les. –Je­fe, ¿qué se de­be aquí? –Mmm. Va­mo a ve... Eran... (inadu­di­ble). Dos (inau­di­ble)... Os­ho eu­ros miar­ma (Mi al­ma, en es­pa­ñol).

Du­do mu­cho que un ro­bot, in­clu­so fa­bri­ca­do en fren­te de la Gi­ral­da, fue­ra ca­paz de ser­vir en esa can­ti­na gloriosa. Tam­po­co de co­ci­nar un buen co­ci­do, un san­co­cho o una pae­lla co­mo Dios man­da. O de do­mar con de­vo­to mi­mo y ce­lo el pe­lo de una mu­cha­cha en el ma­le­cón.

Sin em­bar­go, los ro­bots van ga­nan­do te­rreno ca­da día y nos re­le­van de las ta­reas más du­ras. Ya na­die do­bla el es­pi­na­zo para re­co­ger ajos a mano. Unos em­bu­dos los suc­cio­nan. Por eso ca­da vez que­da me­nos gen­te en el cam­po.

La última fe­ria in­dus­trial de Han­no­ver ( Ale­ma­nia) ha su- pues­to el sal­to de los ro­bots de las ca­de­nas de mon­ta­je a los es­pa­cios de tra­ba­jo reservados has­ta ahora a los hu­ma­nos. Los sis­te­mas de aga­rre de los nue­vos ro­bots les per­mi­ti­rían tra­ba­jar de asis­ten­tes en un qui­ró­fano, re­co­ger fre­sas o ta­llar un dia­man­te. En Chi­na, lí­der mun­dial en ro­bó­ti­ca, ya hay má­qui­nas que cui­dan y en­tre­tie­nen a los an­cia­nos en los ge­riá­tri­cos y que vi­gi­lan las tras­ta­das de los ni­ños en las guarderías. Los nue­vos ro­bots no so­lo fa­ci­li­tan las ta­reas de mu­chas per­so­nas, sino que ade­más son ca­pa­ces de apren­der de las ex­pe­rien­cias. Pron­to los ve­re­mos por los ae­ro­puer­tos co­mo asis­ten­tes de fac­tu­ra­ción. En los avio­nes y tre­nes. En los ser­vi­cios de aten­ción al pú­bli­co y ba­rrien­do nues­tras ca­lles. Su man­te­ni­mien­to es­ta­rá muy le­jos de cos­tar lo mis­mo que el sa­la­rio de un ser hu­mano. Al me­nos el de un ser hu­mano de un país desa­rro­lla­do. A mar­chas for­za­das nos obli­ga­rán a adap­tar­nos a em­pleos más in­te­lec­tua­les o que exi­jan una com­bi­na­ción de co­no­ci­mien­tos y ha­bi­li­da­des al al­can­ce ex­clu­si­vo de hom­bres y mu­je­res. ¿Se­re­mos ca­pa­ces de en­ca­jar en es­ta re­vo­lu­ción ro­bó­ti­ca? El ries­go es ma­yúscu­lo pues mi­llo­nes de per­so­nas po­drían que­dar­se en las ca­lles co­mo ya ocu­rrie­ra con los ofi­cios ar­te­sa­na­les que ani­qui­ló la má­qui­na de va­por de Watt. Son mu­chas las vo­ces que apues­tan por for­zar a las em­pre­sas que usen hu­ma­noi­des a pa­gar una es­pe­cie de «co­ti­za­ción so­cial» para ayu­dar­nos a rea­li­zar es­ta du­ra «tran­si­ción». Al fin y al ca­bo, los ro­bots nun­ca co­bra­rán pen­sio­nes. Yo, por si aca­so, voy sa­can­do pla­za de camarero en una tas­ca de Sevilla

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