AMAR ES UNA DE­CI­SIÓN

El Colombiano - - OPINIÓN - Por HER­NAN­DO URI­BE C., OCD* her­nan­dou­ri­be@une.net.co

En gra­má­ti­ca, el ver­bo es ac­ción, y to­da ac­ción mía es de­ci­sión mía. Tra­ba­jar, co­mer, dor­mir, des­can­sar. Del cul­ti­vo de mí mis­mo de­pen­de la ca­li­dad de ca­da ac­ción y ca­da de­ci­sión mías. Odiar, en­tris­te­cer­me, amar­gar­me o amar, ale­grar­me, se­re­nar­me. Por ser di­ná­mi­co, re­quie­ro cul­ti­vo per­ma­nen­te.

De­ci­dir es for­mar jui­cio de­fi­ni­ti­vo so­bre al­go. Ca­da ac­ción mía, cons­cien­te o in­cons­cien­te, es una de­ci­sión. Fe­liz el que sa­be de­ci­dir, pues acier­ta en lo que ha­ce.

La vi­da hu­ma­na es una de­ci­sión con­ti­nua. De­ci­dir por amor es la má­xi­ma as­pi­ra­ción del ser hu­mano, lo que lo em­pa­ren­ta con el Crea­dor, del cual es ima­gen y se­me­jan­za, que lo ha­ce cen­tro de la crea­ción, cu­ya mi­sión con­sis­te en dig­ni­fi­car, hu­ma­ni­zar, más aún, di­vi­ni­zar las per­so­nas y las co­sas. Sa­ber de­ci­dir es ar­te con­su­mo.

“En­tre to­das las ciencias hu­ma­nas la del hom­bre es la más dig­na de él. Y, sin em­bar­go, no es tal cien­cia, en­tre to­das las que po­see­mos, ni la más cul­ti­va­da ni la más desa­rro­lla­da. La ma­yo­ría de los hom­bres la des­cui­dan por com­ple­to y aun en­tre aque­llos que se dan a las ciencias muy po­cos hay que se de­di­quen a ella, y me­nos to­da­vía quie­nes la cul­ti­ven con éxi­to” ( Mar­tín Bu­ber).

Mi má­xi­ma as­pi­ra­ción con­sis­te en ser un hom­bre cul­to por­que me cul­ti­vo, por­que to­mo la de­ci­sión de ac­tuar con amor, mi­rar con amor, es­cu­char con amor, oler con amor, ha­blar con amor, to­car con amor, más aún, pen­sar y sen­tir con amor. Ha­cer del amor la de­ci­sión pri­mor­dial de mi vi­da.

Sé que acier­to en amar por el ta­lan­te que pon­go en ca­da ges­to, pues vi­vo lle­nan­do mi vi­da de de­ta­lles de amor: aco­ge­dor, com­pren­si­vo, pa­cien­te, ge­ne­ro­so, so­li­da­rio. Ellos me ase­gu­ran que el amor con que vi­vo es la de­ci- sión en­vol­ven­te de mi vi­da.

El hom­bre ne­ce­si­ta orien­tar sus pro­pó­si­tos en torno a sí mis­mo, pues de la re­la­ción de amor con­si­go mis­mo de­pen­de la ca­li­dad de re­la­ción con los de­más. Por lo cual, de­ci­do cul­ti­var con so­li­ci­tud mi re­la­ción de amor con Dios.

“El hom­bre es un ser re­la­cio­nal. Si se tras­to­ca la pri­me­ra y fun­da­men­tal re­la­ción del hom­bre -la re­la­ción con Dios- en­ton­ces ya no que­da na­da más que pue­da es­tar en or­den” (J. Rat­zin­ger).

En el cul­ti­vo de la ora­ción, que es mi re­la­ción de amor con Dios, en­cuen­tro el se­cre­to de mi gran­de­za, la mi­sión de se­cun­dar la obra del Crea­dor, pro­mo­ver las per­so­nas y las co­sas co­mo cria­tu­ras de amor. Su­bli­me de­ci­sión

Mi má­xi­ma as­pi­ra­ción con­sis­te en ser un hom­bre cul­to por­que me cul­ti­vo, por­que to­mo la de­ci­sión de ac­tuar con amor, mi­rar con amor, es­cu­char con amor, oler con amor, ha­blar con amor, to­car con amor, pen­sar y sen­tir con amor.

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