¡AHO­RA LOS “SORDOS” SON LOS PA­DRES... NO LOS HI­JOS!

El Colombiano - - OPINIÓN - Por ÁNGELA MA­RU­LAN­DA an­ge­la­ma­ru­lan­da20@gmail.com

“¿ Es­tán sordos?” es una for­ma bas­tan­te usual con que los adul­tos les ha­cen sa­ber a los ni­ños que no han pres­ta­do aten­ción a lo que les han di­cho reite­ra­da­men­te. Lo gra­ve es que hoy los sordos no pa­re­cen ser so­lo los ni­ños sino los adul­tos, pues hay ad­ver­ten­cias esen­cia­les que los edu­ca­do­res, ex­per­tos en la con­duc­ta, mé­di­cos y otras au­to­ri­da­des reite­ra­da­men­te ha­cen y na­die es­cu­cha.

Así, me pre­gun­to ¿ por qué se­rá que no es­cu­cha­mos los re­pe­ti­dos avi­sos so­bre los pe­li­gros que en­tra­ña dar­les o per­mi­tir que to­men tra­go los me­no­res de 21 años? ¿Y que no nos da­mos cuen­ta de que es­ta­mos vio­lan­do la ley que lo prohi­be ( y de pa­so en­se­ñán­do­les a vio­lar­la)? ¿ Se­rá que tam­po­co he­mos oí­do que las ni­ñas es­tán to­man­do pa­re­jo con los mu­cha­chos y que tie­nen más ries­gos de al­coho­li­zar­se que ellos?

¿Se­rá que no he­mos oí­do las in­di­ca­cio­nes de las aso­cia­cio­nes mé­di­cas más pres­tan­tes del mun­do di­cien­do que nin­gún ni­ño me­nor de 18 años de­be te­ner TV en su ha­bi­ta­ción? ¿Ni tam­po­co so­bre los pe­li­gros que tie­ne pa­ra su sa­lud men­tal y mo­ral las pe­lí­cu­las y se­ries vio­len­tas e in­mo­ra­les que pu­lu- lan en cien­tos de ca­na­les a los que pue­den ac­ce­der con su iPad a cual­quier ho­ra del día … o de la no­che?

¿ Se­rá que es­ta­mos tan sordos que tam­po­co es­cu­cha­mos las reite­ra­das ad­ver­ten­cias he­chas, no so­lo por los cien­tí­fi­cos, sino por el FBI y otras au­to­ri­da­des po­li­ci­vas in­ter­na­cio­na­les, se­ña­lan­do que los me­no­res de 18 años no de­ben te­ner co­ne­xión a In­ter­net en su ha­bi­ta­ción? ¿Y que la compu­tado­ra con ac­ce­so al ci­be­res­pa­cio de­be es­tar en un lu­gar abier­to y usar­se cuan­do los pa­dres es­tán en la ca­sa?

¿Se­rá que tam­po­co he­mos oí­do a los edu­ca­do­res so­bre los gran­des pe­li­gros que co­rren los jó­ve­nes en los pa­seos de pro­mo­ción o los fi­nes de se­ma­na, sin más agen­da que “go­zar su ju­ven­tud” (léa­se pa­rran­dear y to­mar tra­go)? ¿Y que ya ha ha­bi­do pro­ble­mas se­rios y ac­ci­den­tes fa­ta­les que co­rro­bo­ran ta­les pe­li­gros?

¡Oja­lá que no sea una ex­pe­rien­cia de­vas­ta­do­ra la que nos ha­ga es­cu­char cuan­do ya ha­ya mu­cho que la­men­tar!

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