Su­per­no­va ha­bría gol­pea­do la Tie­rra ha­ce 2,6 mi­llo­nes de años

El Colombiano - - TENDENCIAS - Por RA­MI­RO VE­LÁS­QUEZ GÓ­MEZ NASA/CHAN­DRA

Es­tu­dio con­fir­ma evi­den­cias de afec­ta­ción en el pla­ne­ta, pe­ro por la dis­tan­cia no se pro­du­jo una ex­tin­ción ma­si­va.

La ex­plo­sión de una estrella ha­ce cer­ca de dos mi­llo­nes de años pro­du­jo muer­te en la Tie­rra.

No fue una ex­tin­ción ma­si­va, pe­ro de­bió ha­ber cau­sa­do da­ños. Cier­tas evi­den­cias su­gie­ren que en Áfri­ca hu­bo pér­di­da de ár­bo­les y cre­ci­mien­to de los pas­tos, tal vez por el fue­go desata­do por los ra­yos.

Eso su­gie­re un es­tu­dio de Adrian Me­lott, que reite­ró ha­llaz­gos re­ve­la­dos el año pasado en Na­tu­re.

En es­ta oca­sión en el ar­tícu­lo que apa­re­ce­rá en el As­trophy­si­cal Jour­nal, el cien­tí­fi­co si­túa la ex­plo­sión a unos 150 años luz, su­fi­cien­te pa­ra al­can­zar el pla­ne­ta.

En el es­tu­dio del año pasado, los in­ves­ti­ga­do­res ha­bían su­ge­ri­do no una sino va­rias ex­plo­sio­nes de su­per­no­va que ha­brían al­can­za­do el pla­ne­ta en dis­tin­tas oca­sio­nes, ba­sa­dos en ras­tros de isó­to­pos de hie­rro-60 en el le­cho ma­rino.

“Te­ne­mos más evi­den­cias de la su­per­no­va aho­ra”, di­jo. El mo­men­to de ocu­rren­cia no está cla­ro, pe­ro sí la dis­tan­cia a la que ocu­rrió”.

Es­tu­dios de 2003 su­ge­rían que la zo­na le­tal pa­ra la vi­da en la Tie­rra por una su­per­no­va se­rían 25 años luz, pe­ro el nue­vo ar­tícu­lo du­pli­ca la dis­tan­cia a 40 o 50 años luz, es­ti­man­do que la que pu­do ocu­rrir es­ta­ba a 150 años luz.

A esa dis­tan­cia no es le­tal, pe­ro sí pro­du­ce afec­ta­cio­nes. Hay evi­den­cias de que en esa épo­ca del Pleis­to­ceno hu­bo pér­di­da de ár­bo­les en Áfri­ca.

El fue­go cau­sa­do por ra­yos pro­du­jo el da­ño, abo­nan­do el te­rreno pa­ra los pas­tos.

La afec­ta­ción de­pen­de tam­bién de las con­di­cio­nes in­ter­es­te­la­res en el mo­men­to de la ex­plo­sión es­te­lar.

Los ra­yos cós­mi­cos lle­gan has­ta la at­mós­fe­ra ba­ja. Los muo­nes, unas par­tí­cu­las, to­can la su­per­fi­cie. Es­tos afec­tan más. Es co­mo so­me­ter­se a va­rias to­mo­gra­fías compu­tari­za­das en un año. Las mu­ta­cio­nes can­ce­rí­ge­nas se­rían las con­se­cuen­cias más ob­vias pa­ra la vi­da. El efec­to no es muy du­ra­de­ro sin em­bar­go.

No hu­bo una ex­tin­ción ma­si­va, aun­que sí cier­ta mor­ta­li­dad. Los ra­yos pro­du­cen ade­más la io­ni­za­ción de la at­mós­fe­ra ali­men­tan­do las tor­men­tas eléc­tri­cas, que pu­die­ron pro­vo­car más fue­gos.

Se ha­lló tam­bién que pu­do ha­ber una ra­dia­ción azul en las no­ches, una si­tua­ción no­ci­va pa­ra los or­ga­nis­mos

FO­TO

Re­ma­nen­te de su­per­no­va Cas­sio­peia A, a 11 000 años luz, po­de­ro­sa fuen­te de ra­dio.

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