La­ri­ble, el pa­ya­so de los pa­ya­sos, ejer­ce hoy su po­der de ha­cer reír

El Colombiano - - TENDENCIAS - Por JOHN SALDARRIAGA

El ita­liano David La­ri­ble, con­si­de­ra­do uno de los me­jo­res clowns del mun­do, pre­sen­ta su es­pec­tácu­lo de tea­tro, circo y fan­ta­sía en el Me­tro­po­li­tano es­ta no­che.

De­cir que David La­ri­ble, el ar­tis­ta que se pre­sen­ta es­ta no­che en Me­de­llín, es uno de los tres pa­ya­sos de la his­to­ria que han re­ci­bi­do el Clown de Oro del Fes­ti­val de Mon­te­car­lo, es solo una for­ma de de­cir que es uno de los me­jo­res del mun­do.

Co­no­ci­do co­mo “el pa­ya­so de los pa­ya­sos” per­te­ne­ce a la sép­ti­ma ge­ne­ra­ción de una fa­mi­lia de tra­di­ción cir­cen­se.

Us­ted na­ció en una fa­mi­lia de circo. ¿Có­mo es ser ni­ño ba­jo una car­pa?

No hay ma­ne­ra más bo­ni­ta de vi­vir la ni­ñez que en una fa­mi­lia de circo. Es un mun­do du­ro, sí, pe­ro te cui­dan mu­cho. Es una pe­que­ña ciu­dad que via­ja siem­pre, en la que to­dos se co­no­cen. Apren­des so­bre di­fe­ren­tes cul­tu­ras y for­mas de pen­sar, y tam­bién a res­pe­tar las diferencias.

¿Cuá­les va­lo­res se apren­den allí?

En la etapa de la ni­ñez, en la que to­do se ab­sor­be, en el circo apren­de­mos que los bue­nos re­sul­ta­dos son pro­duc­to de en­sa­yar mu­cho. Que si quie­res lo­grar al­go de­bes tra­ba­jar. En el circo no exis­te el blof, ¿me en­tien­des?, co­mo en las car­tas, que pue­des ga­nar sin te­ner na­da, solo alar­dean­do de te­ner lo que no tie­nes”.

David La­ri­ble cuen­ta que, de ni­ño, vi­vía con su fa­mi­lia en un circo hu­mil­de que via­ja­ba por pue­blos ita­lia­nos. Su pa­pá, Eu­ge­nio, era ex­ce­len­te ar­tis­ta y su ca­rre­ra cre­ció. Via­jó con él a los gran­de cir­cos y con­vi­vió con los me­jo­res ar­tis­tas de esa épo­ca.

¿De tan­tas ar­tes que hay en el circo, tra­pe­cis­ta, ma­la­ba­ris­ta, ilu­sio­nis­ta, por qué lo se­du­jo ser pa­ya­so?

De ni­ño ju­ga­ba con mis ami­gos afue­ra de la car­pa. Cuan­do la mú­si­ca del pa­ya­so so­na­ba, de­ja­ba lo que es­ta­ba ha­cien­do y co­rría a ver el es­pec­tácu­lo. Siem­pre he pen­sa­do que el pa­ya­so ejer­ce un po­der po­si­ti­vo por dar ale­gría y ge­ne­rar ri­sas. No es el hom­bre el que es­co­ge ser pa­ya­so, es el ar­te del pa­ya­so el que es­co­ge al hom­bre. Me gus­ta pen­sar que cuan­do na­cí me sa­ca­ron por los pies y quien asis­tió el par­to no di­jo: ‘es un hom­bre’ o ‘es una hem­bra’, sino: ‘es un pa­ya­so’.

¿Cuán­do co­men­zó a ser­lo?

En la es­cue­la. Lo que me tra­jo, cla­ro, mu­chos pro­ble­mas. Lo que más oí en ese tiem­po fue: ‘¡La­ri­ble! Fue muy di­ver­ti­do, pe­ro de­bes sa­lir­te de cla­se’. Al prin­ci­pio, el di­rec­tor se enoja­ba. Des­pués, me pre­gun­ta­ba qué ha­bía di­cho para que el pro­fe­sor me hu­bie­ra sa­ca­do del sa­lón. Lo que hi­zo que él y to­dos qui­sie­ran mis chis­tes es que no he­rían ni hu­mi­lla­ban a na­die.

¿Qué es ser pa­ya­so?

Es el más anár­qui­co de los ar­tis­tas. No le di­cen qué tie­ne qué ha­cer. Tie­ne la li­ber­tad de ex­pre­sar lo que desee. Pa­ya­so es el ar­tis­ta que más

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