En­sue­ño en Cis­pa­tá, mar y cie­lo se en­cuen­tran allí

El Colombiano - - TENDENCIAS - LO­REN­ZO VI­LLE­GAS Pe­rio­dis­ta co­la­bo­ra­dor

Al­ci­des Da­za, un pes­ca­dor de mar abier­to, y su bu­rro, Pla­te­ro, via­jan en­tre los mu­ni­ci­pios cos­te­ños de Cór­do­ba.

¿Có­mo ocu­rrió el ac­ci­den­te?, le pre­gun­té. Al­ci­des Da­za abrió la ca­ja que usa de ne­ve­ra don­de, en­tre hie­lo se­co, guar­da la pes­ca del día. Es un pes­ca­dor de mar abier­to, trae par­gos ro­jos enor­mes, que me ofre­ce a pre­cio eco­nó­mi­co. Ya le ha­bía vis­to me­ro­dear por el Ma­ri­na Cis­pa­tá, por eso cuan­do me pre­gun­tó si que­ría lle­var pes­ca­do a casa, apro­ve­ché pa­ra in­da­gar so­bre su his­to­ria, su pa­sa­do y có­mo lle­gó a ser pes­ca­dor.

Da­za mi­ra al cie­lo azul de la bahía de Cis­pa­tá, ba­ja su ca­be­za has­ta don­de el mar se en­cuen­tra con el cie­lo en dos azu­les in­ten­sos, her­mo­sos y di­fe­ren­tes. Co­mien­za un re­la­to má­gi­co, car­ga­do de re­cuer­dos. Su ros­tro de­no­ta nos­tal­gia. Así co­mo las nu­bes es­ca­sas cam­bian de po­si­ción y for­ma, su me­mo­ria ates­ti­gua la trans­for­ma­ción de una re­gión.

Re­cuer­da que lle­gó a San­ta Cruz de Lo­ri­ca un sá­ba­do de mer­ca­do. Se apeó de su bu­rro Pla­te­ro, una bri­sa ca­lien­te le­van­tó el pol­vo al pa­so de un pe­rro negro, fla­co y fa­mé­li­co, que hus­mea­ba la ve­ra tras cual­quier olor que in­di­ca­ra co­mi­da.

El mer­ca­do

El mer­ca­do de San­ta Cruz de Lo­ri­ca es una an­ti­gua cons­truc­ción de te­cho ro­jo y pa­re­des ama­ri­llas. El go­bierno la ti­tu­ló Mo­nu­men­to Na­cio­nal en 1996. Es un edi­fi­cio de za­gua­nes cla­ros­cu­ros, con le­tre­ros pin­ta­dos en hierro for­ja­do. Los mer­ca­de­res ven­den ar­te­sa­nías, es­pe­cias, ro­pa, san­da­lias tres pun­ta­das y la sazón sa­ba­ne­ra. El sa­bor de la co­ci­na de sus pues­tos, tie­ne la pro­fun­di­dad de la sa­ba­na si­nua­na y del río Si­nú, de­li­ca­do y len­to, que be­sa la ba­se, al pa­sar a su la­do. Are­lis Saa­ve­dra ven­de un ex­qui­si­to mo­te de que­so, que Al­ci­des ter­mi­na con pron­ti­tud, sube en Pla­te­ro y se va a bus­car una car­ga de le­ña a la ma­ri­na de Cis­pa­tá.

Las mo­tos cru­zan rau­das las calles de los pue­blos cos­te­ños. Lo­ri­ca, To­lú, San An­te­ro, Ce­re­té y el res­to de las cal­ci­nan­tes tie­rras cor­do­be­sas y su­cre­ñas, se pla­ga­ron de los mo­to­ri­za­dos, que co­bran dos o tres mil pe­sos por ca­rre­ra. Los ac­ci­den­tes se ele­va­ron sin que los go­ber­nan­tes pu­die­ran de­te­ner el vi­ru­len­to cre­ci­mien­to. Al­ci­des sien­te

los mo­to­res rui­do­sos atrás y dos se­gun­dos des­pués, ade­lan­te de su bu­rro. El ani­mal ya se acos­tum­bró, so­lo mueve las ore­jas en la di­rec­ción del es­tré­pi­to. Di­jo una en­cues­ta, que son más de mil qui­nien­tos mo­to­ta­xis­tas que re­ci­ben en­tre vein­te o trein­ta mil pe­sos dia­rios de jor­nal, con lo que pa­gan el com­bus­ti­ble, la cuo­ta del pa­trón o el abono de la deu­da en el con­ce­sio­na­rio. Se pue­de de­cir que la mo­to ma­tó al bu­rro.

Ha­cia San An­te­ro

La ver­sión ofi­cial del nom­bre de la po­bla­ción ape­la en ho­nor al Pa­pa San An­te­ro, que pon­ti­fi­có en­tre los años 235 y 236. Al­ci­des pien­sa pa­sar la no­che en el pue­blo, allí lo co­no­cen, pues el hom­bre asis­te ca­da año al único con­cur­so del bu­rro en la cos­ta Atlán­ti­ca de Co­lom­bia.

En las fies­tas anua­les rea­li­zan la “bu­rral­ga­ta”. En­tre 300 y 350 bu­rros, com­pi­ten por el dis­fraz más crea­ti­vo, el me­jor pe­la­je y la apa­rien­cia más sa­lu­da­ble. Una prue­ba muy con­cu­rri­da es el “cos­cu­beo”. Los ji­ne­tes mon­tan, mien­tras otro aprie­ta los tes­tícu­los del ani­mal, que re­to­za, mo­les­to. So­lo es per­mi­ti­do sos­te­ner­se con los ta­lo­nes y ga­na el que de­mo­re más en caer. La fies­ta del bu­rro tie­ne otras apues­tas: el hom­bre que más co­ma can­gre­jo, el más rá­pi­do pa­ra mo­ler arroz en pi­lón, la va­ra de pre­mio, ca­rre­ras de cos­ta­les y hay mues­tras de dul­ces y ar­te­sa­nías.

La fies­ta del bu­rro la celebran en Se­ma­na San­ta. La pro­pi­ció el uso del ani­mal en las ac­ti­vi­da­des dia­rias de los cos­te­ños. Has­ta el año de 1997, los cam­pe­si­nos usa­ron la bes­tia pa­ra ir a sem­brar y car­gar la pa­ti­lla, el ña­me, el agua y la yu­ca. Aho­ra te­men que las fies­tas des­apa­rez­can, así co­mo los ju­men­tos se ex­tin­guen de la sa­ba­na, atro­pe­lla­dos por la mo­der­ni­dad de las mo­to­ci­cle­tas, que los jó­ve­nes pre­fie­ren por su ve­lo­ci­dad y sus­ten­to eco­nó­mi­co.

La Bahía de Cis­pa­tá

Al­ci­des Da­za ma­dru­ga con su bu­rro ha­cia la Bahía de Cis­pa­tá. To­da­vía es no­che y los lu­ce­ros bri­llan so­bre el mar Ca­ri­be. El hom­bre no tie­ne que dar­le ór­de­nes al ani­mal, los gri­llos can­tan y el pe­tri­cor es­tá en el aire. Pla­te­ro abre los olla­res, mien­tras ca­mi­na so­bre la ca­rre­te­ra hu­me­de­ci­da con el ro­cío noc­turno. En el Cis­pa­tá Ma­ri­na Hotel, Al­ber­to Jo­sé Fuen­tes, uno de los em­plea­dos, le pre­pa­ra a Da­za dos bul­tos de le­ña.

Al­ci­des pa­ra a co­mer una are­pa de hue­vo an­tes de lle­gar al hotel. Acom­pa­ña el man­jar con una ca­ri­ma­ño­la de que­so y pa­sa con una ga­seo­sa Ko­la Ro­mán, fría. El bu­rro co­me hier­ba y to­ma agua en una llan­ta par­ti­da en dos, en la que Da­za le po­ne un po­co de cui­do y sal.

Cuan­do lle­ga al hotel, Jo­sé Fuen­tes es­tá afa­na­do, sa­lu­da a Al­ci­des y le en­tre­ga los far­dos de le­ña. Se despide pron­to, tie­ne que acom­pa­ñar a unos tu­ris­tas a Tu­chín, pa­ra que los vi­si­tan­tes vean, en la co­mu­ni­dad in­dí­ge­na El Pi­ñal, ela­bo­rar una de las jo­yas ar­te­sa­na­les de Co­lom­bia: El Som­bre­ro Vuel­tiao. Da­za le pi­de un va­so de agua y Jo­sé man­da a traer­lo. Sal­go ya Al­ci­des, hoy no po­de­mos ju­gar do­mi­nó, voy don­de Rei­nel Men­do­za Mon­tal­vo pa­ra que los hués­pe­des com­pren som­bre­ros y ar­te­sa­nías, le di­ce Fuen­tes, mien­tras le po­ne la mano en el hom­bro al vie­jo.

Al­ci­des ve par­tir a Jo­sé Fuen­tes en una ca­mio­ne­ta blan­ca en com­pa­ñía de los tu­ris­tas. Da­za to­ma al bo­rri­co y lo ama­rra de una pal­me­ra. Las olas lle­gan tran­qui­las a la pla­ya de Cis­pa­tá, el cie­lo es­tá azul y el sol res­plan­de­ce so­bre el agua. Se re­cues­ta en la are­na y cie­rra sus ojos. Re­cuer­da sus años ado­les­cen­tes en Mo­ñi­tos, el ulu­lar de la bri­sa en los oí­dos lo trans­por­ta cua­ren­ta años atrás. El aire ca­lien­te lo su­mer­ge en un so­por. Al­ci­des era un vie­jo por­ta­dor de la tra­di­ción de tran­si­tar y tra­ba­jar en el bu­rro. La pri­sa de la vi­da ha cam­bia­do las cos­tum­bres ca­ri­be­ñas, aho­ra es muy di­fí­cil que una per­so­na com­pre un asno pa­ra trans­por­tar­se, cuan­do en una mo­to pue­de re­du­cir tra­mos de una ho­ra a diez mi­nu­tos.

La tar­de ce­de y la ca­rre­te­ra se re­fle­ja en el aire de­rre­ti­do. Una apa­ra­to con dos chi­cos avan­za a to­da ve­lo­ci­dad ha­cia San­ta Cruz de Lo­ri­ca. Da­za ca­mi­na de­trás de Pla­te­ro. Mi­ra sus san­da­lias em­pol­va­das y pa­sa su mano por la fren­te pa­ra re­ti­rar el su­dor que la mo­ja. Pien­sa de­te­ner­se en la pla­za de mer­ca­do a to­mar una cer­ve­za, tal vez Ale­jo es­té so­nan­do cuan­do lle­gue y pue­de ser que se co­ma un bo­ca­chi­co fri­to con ña­me, don­de Are­lis Saa­ve­dra. Ba­ja la ca­be­za, en sus la­bios hay un ci­ga­rro y ta­pa con sus ma­nos una ce­ri­lla en­cen­di­da pa­ra que el vien­to no la apa­gue, pe­ro su en­sue­ño se rom­pe con el es­tré­pi­to de una llan­ta que tiz­na el pa­vi­men­to ca­lien­te, dos far­dos de ma­de­ra rue­dan por la ca­lle ba­jo el sol can­den­te de Cór­do­ba. Al­ci­des abre sus ojos y se le­van­ta es­pan­ta­do, su es­pal­da es­tá cu­bier­ta de are­na.

Me mi­ra y di­ce, ¿cuán­tas li­bras de pes­ca­do le em­pa­co?

FOTO CORTESÍA LO­REN­ZO VI­LLE­GAS

En el Mar Ca­ri­be, el que li­mi­ta con Cór­do­ba, allá pes­ca Al­ci­des Da­za, lo acom­pa­ña su bu­rro, Pla­te­ro.

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