LAS MA­NOS DEL DOC­TOR Q

El Colombiano - - OPINIÓN - Por JOR­GE RA­MOS re­dac­cion@el­co­lom­biano.com.co

El ce­re­bro es­tá pul­san­do fren­te a mí. Nun­ca ima­gi­né que el ce­re­bro la­tie­ra co­mo un co­ra­zón. Es bei­ge, ca­si ca­fé cla­ro, y las ve­nas y ar­te­rias son mo­ra­das, ex­ten­di­das, co­mo ara­ñas cui­dan­do su pre­sa. No pue­do vol­tear a otro la­do. Si el al­ma exis­te, es­tá ahí den­tro.

El ce­re­bro es­tá a la vis­ta. Ha­ce po­co más de una ho­ra que co­men­zó el com­pli­ca­do pro­ce­so de ra­su­rar el ca­be­llo, cor­tar la piel y el crá­neo, y le­van­tar la du­ra­ma­dre, la bien lla­ma­da mem­bra­na que pro­te­ge ma­ter­nal­men­te al ce­re­bro. Un pe­da­zo de hue­so, cua­dri­cu­la­do y de unos 5 cen­tí­me­tros por la­do, fue cor­ta­do con una sie­rra es­pe­cial, y la po­nen a un la­do co­mo pie­za de Le­go. Veo ese ce­re­bro, y lo úni­co que pue­do de­cir es “qué ma­ra­vi­lla.” Me re­fie­ro tan­to al ór­gano co­mo a los me­ticu­losos médicos que li­te­ral­men­te abren al pa­cien­te.

Lo que me to­ca ver es ex­tra­or­di­na­rio. A lo lar­go de to­da la ope­ra­ción el pa­cien­te es­tá des­pier­to. Es­tá li­ge­ra­men­te se­da­do, y le han pues­to una anes­te­sia lo­cal pa­ra evi­tar el do­lor, pe­ro con­ver­sa con los doc­to­res y res­pon­de a to­das las pre­gun­tas que le ha­cen. ¿Por qué es­tá des­pier­to? Pa­ra ase­gu­rar­se que los cor­tes del bis­tu­rí en su ce­re­bro no afec­ten el ha­bla, su me­mo­ria y nin­gu­na de sus fun­cio­nes.

M, un jo­ven de 29 años de edad, te­nía un tu­mor ce­re­bral y me per­mi­tió, jun­to a un equi­po de te­le­vi­sión, fil­mar la ope­ra­ción. M pu­so su fe y su ce­re­bro en ma­nos del doc­tor

Al­fre­do Qui­ño­nes y de los ex­per­tos de la Ma­yo Cli­nic. Yo hu­bie­ra he­cho lo mis­mo.

El doc­tor Q es una le­yen­da. A sus 49 años ha rea­li­za­do unas 2.500 ope­ra­cio­nes de ce­re­bro -pe­ro la his­to­ria más apa­sio­nan­te es có­mo lle­gó a ser uno de los más ta­len­to­sos neu­ro­ci­ru­ja­nos del mun­do.

Qui­ño­nes fue un in­do­cu­men­ta­do en Es­ta­dos Uni­dos. Na­da ha si­do fá­cil pa­ra él. A los 3 años, su her­ma­na mu­rió por una dia­rrea. Des­de los 5 años le ayu­da­ba a su pa­pá en una pe­que­ña es­ta­ción de ga­so­li­na en Me­xi­ca­li, Ba­ja Ca­li­for­nia. Pe­ro cuando su pa­pá per­dió el tra­ba­jo, de­ci­dió sal­tar­se la cer­ca ha­cia Es­ta­dos Uni­dos. Lo aga­rra­ron la pri­me­ra vez, pe­ro el mis­mo día lo vol­vió a in­ten­tar y pa­só. Te­nía so­lo 19 años de edad.

Tra­ba­jó en la agri­cul­tu­ra en el nor­te de Ca­li­for­nia, y lue­go co­mo sol­da­dor. Un fa­mi­liar le di­jo que nun­ca de­ja­ría los cam­pos de cul­ti­vo. Pe­ro se equi­vo­có. Qui­ño­nes fue a un co­le­gio co­mu­ni­ta­rio pa­ra apren­der in­glés, le­ga­li­zó su si­tua­ción mi­gra­to­ria y más tar­de fue acep­ta­do en la Uni­ver­si­dad de Ca­li­for­nia en Ber­ke­ley, a un la­di­to de don­de le­van­ta­ba hier­bas, fru­tas y ver­du­ras. A eso si­guió la es­cue­la de me­di­ci­na en Har­vard.

Al doc­tor Q le gus­ta de­cir que las mis­mas ma­nos que le­van­ta­ron to­ma­tes aho­ra sal- van vi­das -y no exa­ge­ra-.

Ha­ce ejer­ci­cios de bo­xeo los fi­nes de se­ma­na, pe­ro sus ma­nos son pe­que­ñas y del­ga­das, la­va­das un mi­llón de ve­ces, es­ta­bles, pre­ci­sas, mo­re­nas. En es­ta épo­ca en que se des­ta­can tan­to las co­sas que nos di­fe­ren­cian, es alec­cio­na­dor ha­blar con un neu­ro­ci­ru­jano. “To­dos nos ve­mos igua­les”, me di­ce el doc­tor Q. No im­por­ta el co­lor de piel, país de ori­gen o ideas. El ce­re­bro nos une, fí­si­ca y li­te­ral­men­te.

A tra­vés de su fun­da­ción BRAIN, Qui­ño­nes ha­ce un pe­re­gri­na­je anual a Gua­da­la­ja­ra y a la Ciu­dad de Mé­xi­co pa­ra ope­rar a per­so­nas de ba­jos re- cur­sos. Y aho­ra tie­ne una nue­va me­ta: en­con­trar una cu­ra pa­ra el cán­cer ce­re­bral. Me en­se­ñó sus la­bo­ra­to­rios, con la úl­ti­ma tec­no­lo­gía, pa­ra apren­der có­mo po­ner­le un freno a las cé­lu­las can­ce­ro­sas que emi­gran a otras par­tes del cuer­po. (En él fue el pri­me­ro que pen­sé cuando me en­te­ré del cán­cer del se­na­dor John McCain.) Y no de­be sor­pren­der­le a na­die que el doc­tor Q tra­ba­je con mu­chos in­mi­gran­tes co­mo él, de to­das par­tes del mun­do.

“Va­mos a cam­biar el mun­do” es su fra­se fa­vo­ri­ta, y con ca­da ope­ra­ción nos de­mues­tra que es po­si­ble. Pe­ro re­gre­se­mos a la sa­la de ope­ra­ción.

M si­gue des­pier­to. El doc­tor Q lle­gó has­ta su tu­mor -con la ayu­da de gi­gan­tes­co mi­cros­co­pio pa­ra ver lo más chi­qui­to- y to­do pa­re­ce in­di­car que es be­nigno. El ce­re­bro es in­creí­ble­men­te frá­gil. Lo es­car­ba co­mo si fue­ra una ge­la­ti­na, con una cu­cha­ri­ta pa­re­ci­da a las que se usan pa­ra el he­la­do.

El doc­tor deja su si­lla don­de ope­ra, le da la vuel­ta a la me­sa, to­ma la mano del pa­cien­te y le da un fuer­te apre­tón. “To­do es­tá bien”, le di­ce Q a M. “To­do es­tá bien”.

Mien­tras, el ce­re­bro si­gue pul­san­do

El doc­tor Q es una le­yen­da. A sus 49 años ha rea­li­za­do unas 2.500 ope­ra­cio­nes de ce­re­bro, pe­ro lo más apa­sio­nan­te es có­mo lle­gó a ser uno de los más ta­len­to­sos neu­ro­ci­ru­ja­nos del mun­do.

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