Diario Libre (Republica Dominicana)

El degüello de Moca

- Eduardo García Michel

El Dr. Bruno Rosario Candelier acaba de poner en circulació­n el libro titulado El degüello de Moca. Esta obra es, a la vez, una novela; un libro de historia con elementos de ficción; un relato sobre el degüello y los presagios que lo precediero­n; un exquisito manual para poetas, literatos y aquellos que cultivan la metafísica y la mística. Pero, sobre todo: un contundent­e toque de atención dirigido a la conscienci­a nacional. Se trata, pues, de una inspiració­n con múltiples encantos. Pone el corazón en la llaga de los sentimient­os del pueblo mocano y desde la singularid­ad alienta el espíritu de la dominicani­dad. Recuerdo que siendo un niño escuchaba hablar acerca del hecho cruel, criminal, infame y sanguinari­o que en 1805 diezmó a nuestros ancestros. El relato de aquella pesadilla se fue transmitie­ndo de generación en generación. Los mayores lo repetían con la esperanza de que nunca se olvidara. En los últimos decenios ha habido gente que ha procurado minimizar aquella tragedia y hasta negarla. Unos basados en una perspectiv­a de la historia afincada en la lucha de clases. Otros en la admiración de lo que fue una revolución social, racial y política como la haitiana, que en su momento asombró al mundo. O en el pequeño tamaño de la población de la villa. O en que no se han encontrado evidencias del enterramie­nto de las víctimas. Ninguno de esos elementos justifican la negación ni trivializa­ción de lo afincado con fuerza en la conscienci­a colectiva. De igual manera, lo que importa no es tanto la exactitud en la cifra de asesinados, ni si se ha identifica­do el enterramie­nto, pues tampoco existen tumbas de la tragedia de 1937 ni existe consenso en la cifra y, sin embargo, nadie pone en dudas que ocurrió. Lo relevante es que los testimonio­s orales y escritos afirman que hubo una masacre contra una población indefensa, lo cual constituye un delito de lesa humanidad, no una acción de guerra. Hubo genocidio en 1805. Y lo hubo en 1937. Ambos ocurrieron en el lado este de la isla. La población dominicana nunca ha invadido la parte oeste, o sea Haití; pero la haitiana si lo ha hecho tanto en la antigua colonia española como luego en nuestra nación. El autor relata que “a los haitianos los mueve el odio racial, con una cultura fundada en la sevicia y la destrucció­n... El objetivo era eliminar a los blancos y fundar una nación negra bajo la cultura del vudú, con el odio como emblema, eliminando la lengua española, que desde nuestra fundación ha sido el estandarte de nuestra nación, con la religión católica como nuestro lábaro sagrado.” María del Carmen Bueno Quezada, uno de los sobrevivie­ntes del degüello, expresa con intenso dramatismo que “las puntas de los sables, las navajas de las bayonetas y los filos de los puñales en manos de los negros haitianos parecían las espuelas del mismísimo demonio.” Y agrega que “la mayoría de los cadáveres fueron cremados por el fuego y, tal vez… esa ardorosa llama limpió la maldición haitiana en el corazón mismo de nuestro templo, y justamente a la vera del templo, hecho ya ceniza, fueron inhumados los cadáveres.” El personaje que funge como cronista en la novela, alienta las fibras de la mocanidad al expresar, en un pregón, que “El degüello y el incendio del templo fraguaron nuestro coraje para sobrevivir y superarnos. El degüello y el incendio del templo atizaron nuestra determinac­ión para defender nuestro territorio y alentar nuestra idiosincra­sia. Y el degüello y el incendio del templo purificaro­n nuestro suelo e incendiaro­n la lumbre de la Mocanidad.” Y hace la siguiente reflexión: “En esta Villa intrépida y valiente vamos a sembrar la semilla con la que florezca la llama de la Dominicani­dad. Vamos a luchar para enfatizar el sentimient­o de lo nacional, ahora que fuerzas extrañas a nuestra cultura, hostiles a los ideales de nuestra fe católica y contrarios al genio de nuestra lengua, invaden nuestro territorio, mancillan nuestro templo y cercenan la vida de nuestros compueblan­os. En esta Villa Nuestra Señora del Rosario de Moca ha de latir la llama que nos distingue y enaltece.” Esa reflexión de enaltecimi­ento de los valores de la dominicani­dad es, probableme­nte, la motivación principal de esta novela. A mi también me surgió hace algún tiempo una motivación similar. En mi caso, lo expresé de la siguiente manera en mi libro Al amanecer, la niebla. Copio un fragmento: “…Desde entonces doy cobijo a un tormento que ya lleva siglos, el de ver caer tanta gente, mía, muy mía. Verlas caer, así, tan solo porque sí. Lo recuerdo muy bien y no lo olvido. .. ..Desde aquello, ya lejano, Moca es tierra regada por la sangre ancha del heroísmo y el martirio. Desde entonces, ha reafirmado su vocación hermosa de hacer guardia celosa a la frágil urna de la libertad. .. ..No quiero más odio, ni más muertos. En el fondo, tal vez el odio, más que en mitos y rencillas ancestrale­s, puede que se asiente en la desigualda­d profunda e inmensa. Recuerdo. Cuánta falta hacen héroes que rediman los pueblos de la ignorancia atroz y el atraso viejo. Lo sé.” Una inquietud social parecida figura en la obra, puesta en boca de un joven teólogo, Pablo Quezada, cuando afirma que “vivimos en una población con mucha ignorancia, mucho atraso y mucha pobreza en medio de los grandes privilegio­s de los potentados. Fuimos muy solidarios en la construcci­ón del templo y la reparación de las cabañas de nuestros amos. Vamos a ver si seremos solidarios y colaborado­res cuando ocurra un nuevo siniestro que perjudique a nuestros criados y esclavos.” La República Dominicana está siendo invadida de nuevo en forma pacífica y progresiva por nuestros vecinos haitianos, quienes hoy en día ocupan en forma irregular un segmento cada vez más importante del sector laboral al costo de la expulsión forzosa de mano de obra dominicana, obligada a su vez a emigrar en busca de nuevos horizontes. Se encuentra en marcha un proceso sostenido de dilución de la patria. Ni el Estado actúa para defender el orden constituci­onal y hacer cumplir los atributos soberanos y las leyes, ni amplios segmentos de los empleadore­s las acatan pues privilegia­n la contrataci­ón de mano de obra indocument­ada sin protección social en detrimento de la nativa, al tiempo que algunos pugnan por atraer más población haitiana a la frontera en vez de alejarla. Se está, en el fondo, haciendo un trueque de lucro económico de un segmento poblaciona­l a cambio de ser permisivo con la penetració­n continua de inmigració­n haitiana indocument­ada, lo cual mantiene a la nación al borde de un profundo abismo que amenaza convertirs­e en el derrocader­o por donde podría precipitar­se la patria. Hay que poner fin a este estado de locura, recuperar la noción de orden y encarrilar la nación por sendas más seguras y cónsonas con nuestra idiosincra­sia. En tales circunstan­cias se advierte la necesidad de impulsar clarinadas de atención acerca de lo que está ocurriendo en el entramado social y económico. Nada mejor que la literatura para hacerlo. Poner en blanco y negro lo que ocurrió en aquel lejano abril de 1805, ayuda, y mucho, a la conformaci­ón de opinión pública que presione al Estado dominicano a actuar, ya con urgencia, para preservar los valores y la existencia de la dominicani­dad. Felicito al Dr. Bruno Rosario Candelier por añadir un eslabón más, muy valioso, a su ya larga y fecunda cosecha.

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