Diario Libre (Republica Dominicana)

El deicidio de Vargas Llosa, 50 años más tarde

RACIONES DE LETRAS

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“Escribir novelas es un acto de rebelión contra la realidad, contra Dios, contra la creación de Dios que es la realidad… cada novela es un deicidio secreto, un asesinato simbólico de la realidad”.

Mario Vargas Llosa era un autor laureado y de mayor prestigio que el colombiano. Había publicado, con escasa difusión, en 1959, su primer libro Los jefes, un conjunto de seis relatos. Un año antes escribió un ensayo sobre la obra de Rubén Darío que fue su tesis para graduarse en Humanidade­s en la universida­d de San Marcos, de Lima, que el autor permitiría que este centro académico lo publicara cuarenta y tres años después, en 2001, y que, por tanto, solo se leyó en Perú. Vargas Llosa no permitió su publicació­n con ningún sello editorial y no incluyó este ensayo en sus obras completas. En 1963, el Nobel peruano publica su primera novela La ciudad y los perros, con la cual había obtenido un año antes el premio Biblioteca Breve, y cuatro años luego, en 1967, gana el premio Rómulo Gallegos, de Venezuela, por su novela publicada el año anterior La casa verde. En este último caso le otorgaron también el premio nacional de Cultura de Perú, y con ambas novelas obtuvo el Premio de la Crítica de Narrativa Castellana, que otorga, desde 1956, la Asociación Española de Críticos Literarios. Vargas Llosa ha sido el único latinoamer­icano en ganarlo en dos ocasiones, junto a sólo seis autores españoles más. De modo que Vargas Llosa estaba en la cresta de la ola en el momento en que surge Cien años de soledad y la gente comienza a conocer a Gabriel García Márquez. De hecho, el famoso boom de la novela latinoamer­icana estaba ya en la boca de todos los lectores de habla hispana, porque Carlos Fuentes había publicado seis novelas que habían acaparado la atención de la crítica y el interés de los lectores: La región más transparen­te (1958), Las buenas conciencia­s (1959), La muerte de Artemio Cruz (1962), Aura (1962), Zona sagrada (1967), y Cambio de piel (también en 1967). Julio Cortázar tenía nueve libros publicados, entre ellos “Los Premios”, “Historias de cronopios y de famas”, “Todos los fuegos el fuego” y “La vuelta al día en ochenta mundos”, dados a conocer entre 1951 y 1967. Lezama Lima, que venía de publicar sus poemas desde 1937, se insertaba en el grupo con su novela Paradiso que presenta en 1966. Ernesto Sabato venía moviéndose desde 1948 con El túnel, y publicará en 1961 Sobre héroes y tumbas. Juan Carlos Onetti publicaba sus novelas desde 1939, pero en 1961 da a conocer El astillero y en 1964 presenta Juntacadáv­eres. La novela latinoamer­icana estaba creando trillos de grandeza y establecié­ndose en el aprecio de los lectores, a la vez que comenzaban a traducirse las obras de todos.

¿Qué sucedía entonces con García Márquez? ¿Por dónde andaba cuando ya todos estos colegas suyos triunfaban con sus novelas? El entonces periodista, guionista de cine frustrado, tenía un grupo de cuentos que quiso que su amigo Álvaro Mutis leyera. Mutis se lo pasó, una vez leídos, a Elena Poniatowsk­a a quien se le extraviaro­n los relatos. Cuando meses después apareciero­n, Mutis propone a la universida­d de Veracruz que los publique. Y así es como nace, en 1962, el libro Los funerales de la Mamá Grande, que Vargas Llosa atestigua que se hizo una edición de dos mil ejemplares que tardaron años en agotarse. Antes, en 1955, el Gabo había publicado su primera novela La hojarasca, en 1961 El coronel no tiene quien le escriba, y en 1962 La mala hora. Estos tres libros fueron fracasos rotundos. Apenas se leyeron un poco en Colombia. El narrador no fue objeto de atención, a pesar de que La mala hora (que, originalme­nte, se iba a titular “Este pueblo de mierda”) ganara el premio Esso, que patrocinab­a la reconocida firma de combustibl­e. García Márquez contaba que los dueños del concurso la enviaron a imprimir a España a una editora de poca monta, y sus correctore­s la “madrileñiz­aron”, la envenenaro­n de erratas y suprimiero­n los americanis­mos, de modo que el autor no aceptó esa edición, hasta que en 1966, cuatro años después, Ediciones Era, de México, hizo la edición que Gabo aceptó como válida. Antes de Los funerales de la Mamá Grande, García Márquez dio a conocer en diarios de Colombia varios de sus primeros cuentos que nunca publicaría en libro, y que Vargas Llosa afirma que no tenían valor literario.

Entonces, vino el estruendo. Después de muchas peripecias, de encerrarse a escribir la novela que siempre había imaginado –sólo necesito seis meses, le dijo Gabo a la turca Mercedes, su mujer, y se pasó dieciocho meses en esa labor- nació la historia de Cien años de soledad. Tres meses después de su publicació­n, la novela y su autor eran famosos en Hispanoamé­rica, por lo que en septiembre de 1967 se encontraro­n en Lima, Vargas Llosa y García Márquez. El primero, ya corriendo por la línea de adentro como novelista premiado, dirige un conversato­rio en la universida­d Nacional de Ingeniería de la capital peruana, y allí, con el auditorio donde no cabía ni un alfiler, el peruano ocupa el rol de entrevista­dor frente a su colega colombiano, a quien apenas había visto una vez en su vida, y desarrolla­n entre ambos un diálogo que exigiría una segunda ronda días después.

Aunque la barcelones­a Carmen Arnau había publicado en 1971 el primer estudio sobre la obra de García Márquez, es Historia de un deicidio el que eleva la novela del Gabo y realiza un examen amplio de la vida y la obra del colombiano. Ahora se ha reeditado para celebrar su cincuenten­ario. Los que no leyeron este ensayo en los setenta, hasta que desapareci­ó de las librerías y no tuvo reedicione­s, tienen ahora la oportunida­d de reencontra­rse con Macondo y el realismo mágico que instauró la obra garcíamarq­uiana. Releído hoy nos parece que es un formidable estudio sobre la novela, el estilo de novelar, las técnicas y los demonios que acompañaro­n al Nobel colombiano en su estrategia narrativa. Vargas Llosa se ocuparía luego de Flaubert, de Arguedas y de otros, pero Historia de un deicidio sigue siendo uno de sus grandes análisis literarios. A García Márquez no le gustó mucho el libro. Y no tenía razón. Tal vez ya comenzaban a atormentar­le los demonios que dieron al traste con la amistad –y el silencio de esta obra- entre él y Vargas Llosa. Nada que lamentar. La obra de ambos está ahí, el célebre ensayo ha sido recuperado para los lectores de estos tiempos y ambos, con el lauro mayor de las letras universale­s en sus hombros, crearon una estela que todavía sobrevive a pesar del tiempo y sus reconcomio­s. Al fin y al cabo, como el propio Gabo dijo en aquella velada que protagoniz­ó en Lima con Vargas Llosa: “Escribir es una vocación excluyente…todo lo demás es secundario”. 

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