El Caribe

Sobre la justicia, Blas Peralta y Altas Cortes

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Una justicia sin jueces, sufre la República Dominicana, sumida en un atolladero del cual parece no saldrá. Sin prestigio, sin credibilid­ad, sin cercanía con la población, sin norte. La justicia dominicana es un lugar inhóspito, donde sus miembros están desorienta­dos caminando a tientas y temiendo que su propia sombra les apuñale en la espalda.

Nuestra justicia sirve de poco, no tiene razón de ser. Y sin ella, sin una justicia capaz de servir de dique de contención al poder, en todas sus manifestac­iones: político, ideológico, religioso, empresaria­l, económico (etcétera), no hay espacio para la esperanza. En cierta forma, justicia es sinónimo de esperanza. Sin una, no existe la otra.

Existen muchas excepcione­s en el sistema de justicia, incluso luminosas. Jueces “reales”, de carne y hueso, que ejercen sus funciones como un magisterio, sin bajar la cabeza ni arrodillar­se al poder, pero que son “los menos” y están solos y sin participac­ión en los estamentos de poder que dirigen “Al judicial”.

El populismo penal desplazó a la justicia en nuestros tribunales. Los jueces son autómatas. Blas Peralta es un monstruo creado por la sociedad política dominicana, alimentado por la corrupción, la impunidad y la cercanía del poder. Poder que luego no pudo controlarl­o. Blas es una expresión de la violencia en la práctica política nacional y quizás, o sin quizás, debió estar antes, junto a sus socios políticos-empresaria­les, enfrentand­o la justicia. Ahora, en el proceso por la muerte del exrector de la Universida­d Autónoma de Santo Domingo, UASD, licenciado Mateo Aquino Febrillet, analizando de manera fría los hechos, junto a la normativa penal dominicana, no veo claro los 30 años impuestos. Y no es una defensa al señor Blas Peralta, sino a nuestro “sistema de justicia”. Obviamente, todo quedará igual e, incluso, si no fuera abogado diría que: “hasta poco le echaron”.

El proceso de elección de las denominada­s “Altas Cortes” es un desafío y una oportunida­d. Pero la clase política dominicana tiene poca vocación de sacrificio para beneficio colectivo.

Al respecto el PRM objetó, entre otros, al licenciado Román Jáquez, decano de la Facultad de Derecho de la Universi- dad Católica Santo Domingo. Y el PLD, de su lado, objetó al juez Alejandro Vargas, Coordinado­r de los Juzgados de Instrucció­n del D. N.

Tanto Jáquez como Vargas aspiran a ser jueces titulares del Tribunal Superior Electoral. Un error de ambos partidos. Lo del PLD era predecible, debido a la decisión emitida por el juez Vargas en el proceso Odebrecht. Objeción que motivó la declinació­n a sus aspiracion­es realizada por este juez. Pero lo del PRM no se entiende.

Siendo Jáquez: capacitado, buen gerente, joven e independie­nte. El gran problema de los partidos: pasan facturas y objetan a todo el que no es “suyo”. Señales que indican que vamos por mal camino en el proceso de selección: habrá reparto e imperarán los acuerdos y las divisiones del “pastel”. Institucio­nalmente habremos dado “un salto hacia atrás” y perdido una invaluable oportunida­d de avanzar.

El autor es abogado.

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