Poe­mas y Na­rra­cio­nes

El Tiempo - - ESPEJO DE EL TIEMPO - ERNESTO RI­VE­RA (DU­KE) re­dac­cion@edi­to­ra­ba­va­ro.com

Un poe­ma pa­ra ti

Du­yey, ma­yo 1956

Es de no­che y es­toy tris­te, por­que me en­cuen­tro le­jos de ti.

So­lo, y con el re­cuer­do de tus ojos, cu­ya mi­ra­da lle­vo im­pre­sa aquí en el al­ma.

Es, mi vi­da, que es­ta­mos tan le­jos.

Te bus­co y no te ha­llo. Te lla­mo, y só­lo el con­cier­to hi­rien­te de los gri­llos, ras­ga el si­len­cio de la no­che cla­ra.

No res­pon­des, mi amor, dón­de te ha­yas.

No me es­cu­chas. Nos se­pa­ra la dis­tan­cia, y la bri­sa no te lle­va el eco de mi voz.

Yo, en es­ta so­le­dad que me ro­dea me pre­gun­to: ¿A ca­so no me quie­re? ¿O se­rá que mi amor no le ha­ce fal­ta?

Y a mí mis­mo res­pon­do: Si sien­to que per­fu­man las gar­de­nias el ai­re de la no­che, su per­fu­me eres tú. Y el mur­mu­llo del vien­to, si lo sien­to can­tar en la arboleda, es tu voz.

En­ton­ces no es­toy so­lo, ama­da mía. Es­ta no­che, más que nun­ca, es­tás con­mi­go.

An­sias

Hi­güey, mar­zo de 1956

Sien­to an­sias de ba­ñar­me en los ful­go­res de un sol ra­dian­te que cal­ci­ne en­tra­ñas.

Qui­sie­ra con el fue­go de mis be­ses, ha­cer ce­ni­zas tu al­ma.

Po­der cual cón­dor le­van­tar el vue­lo a las cum­bres ne­va­das, y ha­cer ar­der la nie­ve de sus cre­tas con el fue­go que ar­de en mis en­tra­ñas.

Con­ver­tir­me en el ra­yo que ful­mi­na en vol­cán que des­ha­ce las mon­ta­ñas, y en un be­so ra­bio­so, ama­da mía, en­san­gren­tar tus la­bios y tu al­ma.

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