En­tre pro­ba­ble y po­si­ble

Listin Diario - - La República - OR­LAN­DO GIL

Si los can­di­da­tos es­tu­vie­ran hol­ga­dos en la pre­fe­ren­cia, co­mo ha­cen creer con en­cues­tas, ba­ja­ran un po­co la guar­dia, mo­de­ra­ran el tren de pe­lea y no fue­ran tan an­sio­sos. La es­tra­te­gia de se­gun­da vuel­ta obli­ga a guar­dar ha­ri­na pa­ra el pro­ba­ble pan a fi­na­les de ju­lio, y sin em­bar­go, se ha­ce lo con­tra­rio. Se di­la­pi­da lo mu­cho y lo po­co, co­mo si no se fue­ra a ne­ce­si­tar de na­die, y ca­da cual li­brar­se a su pro­pia suer­te. La úni­ca ex­pe­rien­cia de do­ble ron­da acon­se­ja pre­cau­ción.

Lo de que el ter­ce­ro apo­ya al pri­me­ro no es lo que se co­no­ce, y el fa­ta­lis­mo en po­lí­ti­ca no es re­gla, sino ex­cep­ción. En el 1996 el ter­ce­ro se aso­ció al se­gun­do y bur­la­ron al pri­me­ro. La cir­cuns­tan­cia im­pu­so nor­mas, y más pu­do el te­mor y el ren­cor que la bon­dad y la no­ble­za. Aun­que igual un jue­go equi­vo­ca­do. No siem­pre es fá­cil se­pa­rar el grano de la pa­ja, y el PRD de en­ton­ces, o el can­di­da­to Pe­ña Gó­mez, no su­po que en cam­pa­ña lo po­lí­ti­co va pri­me­ro que lo per­so­nal.

En la ac­tua­li­dad se pier­de de vis­ta que se­gun­da vuel­ta es jue­go nue­vo, y na­da pue­de dar­se por pre­de­ter­mi­na­do. Mu­cho más que la clasificac­ión es una gue­rra en tie­rra de na­die. Ex­tra­ña­men­te, y por cul­pa de los son­deos, la se­gun­da vuel­ta preo­cu­pa más que la pri­me­ra. Y no de­bie­ra. Los mo­men­tos son di­fe­ren­tes, y lo pri­me­ro de­be ser lo pri­me­ro. Lo se­gun­do siem­pre se da­rá por aña­di­du­ra. En­ton­ces ese jue­go de acer­car­se, de ha­blar­se, de vol­tear­se y de dis­tan­ciar­se re­sul­ta ries­go­so, pues, con­tra­rio a la ru­le­ta, no de­pen­de­rá de suer­te, sino de es­ta­do de hu­mor.

De que uno de los dos po­si­bles es­té con­fe­sa­do y el ter­ce­ro que­de cer­ca de una igle­sia y un cu­ra dis­pues­to a dar la ab­so­lu­ción.

Se co­no­ce el dis­cur­so pú­bli­co, pe­ro no el ma­ne­jo pri­va­do, y el 911 rea­ni­ma, pe­ro no cu­ra, ni tra­ta a pro­fun­di­dad el ma­les­tar.

Los tor­men­tos por es­tos días se de­ben a una ex­plo­ra­ción fa­lli­da, o por lo me­nos con­tra­co­rrien­te: Ama­rrar des­de aho­ra lo que sin du­da es más pro­ba­ble que po­si­ble.

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