ES DE SÁ­BA­NAS

Abre los ojos y ya es­tá en­ci­ma pe­cho de ella. Sien­te su Sien­te sus pre­sio­nar el su­yo. su cue­llo. la­bios re­co­rrer

Dominguero - - Sexo Y Pareja - Por Án­gel Ama­dor an­ge­la­ma­dor77@gmail.com

Abre la puer­ta. No hay na­die en es­pe­ra. Hoy es su día de suer­te. Lle­va su mano ha­cia su me­ji­lla de­re­cha. No pa­ra de que­jar­se. Bal­bu­cea al­gu­nas pa­la­bras con las que in­ten­ta de­cir a la re­cep­cio­nis­ta que le due­le la mue­la. ‘ Es ob­vio. Es­tá en un con­sul­to­rio den­tal’, pien­sa ella. To­ma asien­to mien­tras avi­san a la doc­to­ra. No pa­sa ni un mi­nu­to e in­gre­sa al con­sul­to­rio. La da­ma con man­dil blan­co es­tá de es­pal­das. So­lo sien­te un par de ma­nos frías ro­dean­do su cin­tu­ra. Vol­tea y se ven a los ojos. “Tú”, reac­cio­na ella. Le si­gue un be­so que la lle­va di­rec­to al es­cri­to­rio. Con su bra­zo em­pu­ja una pi­la de pa­pe­les al pi­so. Re­cues­ta su es­pal­da mien­tras sien­te su fal­da ba­jar len­ta­men­te por sus pier­nas. Un cosquilleo por la par­te in­ter­na de sus pier­nas sube muy des­pa­cio y eri­za to­da su piel. El man­dil, fue­ra. La fal­da, fue­ra. La blu­sa, fue­ra. Las pren­das atra­vie­san el con­sul­to­rio y caen en el pi­so y so­bre los ins­tru­men­tos. El do­lor no es­tá. Es fá­cil pen­sar que nun­ca exis­tió y to­do fue un pre­tex­to pa­ra ver­la... y fun­cio­nó. Del es­cri­to­rio pa­san a la ca- mi­lla den­tal. La doc­to­ra, es­ta vez, to­ma la po­si­ción del pa­cien­te. Re­cues­ta su cuer­po. Lo re­la­ja. Cie­rra los ojos. Aho­ra sien­te el mis­mo cosquilleo en el cue­llo que ba­ja por su pe­cho, ab­do­men y más aba­jo. Ha­ce una pau­sa. To­ma ai­re. Sa­be lo que vie­ne. La sen­sa­ción es más in­ten­sa. Los ge­mi­dos aho­ra son gri­tos. Muer­de su la­bio in­fe­rior co­mo in­ten­tan­do con­te­ner el gri­to que quie­re sol­tar. No pue­de. La re­cep­cio­nis­ta es­tá fue­ra. Al­za un po­co la mi­ra­da y de reojo ve la luz ro­ja del te­lé­fono en­cen­di­da, lo que quie­re de­cir que otros pa­cien­tes pue­den es­tar es­pe­rán­do­la. Abre los ojos y ya es­tá en­ci­ma de ella. Sien­te su pe­cho pre­sio­nar el su­yo. Sien­te sus la­bios re­co­rrer su cue­llo. Sien­te sus ma­nos pa­sear por sus pier­nas. Mue­ve su pel­vis de arri­ba ha­cia aba­jo ro­zan­do la de ella. Lo ha­ce una y otra vez. Sus pe­chos re­tum­ban más y más rá­pi­do. No pue­den pa­rar. La ca­mi­lla bai­la al rit­mo de sus cuerpos. Pa­re­ce que en cual­quier mo­men­to va a ce­der an­te el pla­cer. El re­chi­nar es más fuer­te y cons­tan­te. Al igual que sus ge­mi­dos. El mor­der­se el la­bio ya no fun­cio­na. Li­be­ra los gri­tos ca­da vez más fuer­tes. No re­sis­te más. Sus pe­chos re­tum­ban más y más fuer­te. Un úl­ti­mo sus­pi­ro y... ya. Re­co­gen sus pren­das del pi­so. Nin­guno di­ce na­da. Ella so­lo ati­na a de­cir­le an­tes que cru- ce la puer­ta: “Llá­ma­me”. Es ob­vio que se co­no­cen y que no es la pri­me­ra vez que es­to pa­sa. Lo que tam­bién re­sul­ta ob­vio, por la ex­pre­sión de ella an­tes del be­so, es que ha­ce mu­cho tiem­po no se veían a los ojos. Su amis­tad, de lar­ga da­ta, es más que sa­lir a co­mer un he­la­do o ir al ci­ne. Es de ca­ri­cias. Es de be­sos. Es de sá­ba­nas.

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