"Cre­ci sin mie­dos"

PA­RA LA DRAMATURGA ES­PA­ÑO­LA, LA OFER­TA CUL­TU­RAL EN GUAYAQUIL HA CRE­CI­DO, PE­RO AÚN HA­CE FAL­TA QUE SEA DI­VER­SA Y QUE GE­NE­RE ES­PEC­TA­DO­RES CRÍ­TI­COS.

Semana (Ecuador) - - Entrevista - Ma­ría Jo­se­fa Co­ro­nel ma­ria­jo­se­fa­co­ro­nel@hot­mail.com

LU­CÍA MI­RAN­DA es nues­tra in­vi­ta­da de hoy. Es ab­so­lu­ta­men­te ale­gre y sa­be per­fec­ta­men­te que su ju­ven­tud y el he­cho de ser mu­jer ca­si siem­pre pro­vo­can que aus­cul­ten con ma­yor de­ta­lle su tra­ba­jo. No es la pri­me­ra vez que nos vi­si­ta y en es­ta oca­sión apues­ta por una obra que fil­tra uno de los as­pec­tos más ín­ti­mos del ser hu­mano: la fa­mi­lia.

Bueno, en reali­dad la apues­ta es del Tea­tro Sán­chez Agui­lar, ellos pen­sa­ron en mí pa­ra di­ri­gir es­te tex­to y yo acep­té en­can­ta­da. Co­no­cían mi tra­ba­jo so­bre el alz­héi­mer y la fa­mi­lia con una obra que es­cri­bí y di­ri­gí en Es­pa­ña y con la que lle­vo cin­co años gi­ran­do. Es una pie­za muy dis­tin­ta en for­ma­to, tex­to… ¡to­do! Pe­ro los te­mas son muy si­mi­la­res: el cui­da­do a los ma­yo­res, el cui­da­do en­tre los miem­bros de la fa­mi­lia, el re­par­to de las res­pon­sa­bi­li­da­des, la me­mo­ria, y el pre­gun­tar­nos so­bre nues­tras prio­ri­da­des. Me en­can­ta la pe­lí­cu­la de Cam­pa­ne­lla ‘El hi­jo de la no­via’, así que me pa­re­ció to­do un re­to tea­tra­li­zar­la y tra­ba­jar con un elen­co in­ter­ge­ne­ra­cio­nal co­mo es es­te.

In­ter­ge­ne­ra­cio­na­les tam­bién han si­do las co­mu­ni­da­des en las que ha tra­ba­ja­do y su­pon­go que des­de allí, de esa ex­pe­rien­cia, ha po­di­do im­pri­mir sus emo­cio­nes en sus textos.

Em­pe­cé tra­ba­jan­do en pro­yec­tos co­mu­ni­ta­rios a los die­ci­ocho años. Y más di­rec­ta­men­te des­de que me fui a Nue­va York a es­tu­diar mi más­ter en Edu­ca­ción y Tea­tro, don­de me es­pe­cia­li­cé en eso, tra­ba­jo con co­mu­ni­da­des. Allí tu­ve la opor­tu­ni­dad de tra­ba­jar con gru­pos muy di­ver­sos y des­pués me fui a tra­ba­jar a Pa­rís, a la Unes­co. La Unes­co fue muy de­cep­cio­nan­te, y por eso mar­ca un an­tes y un des­pués en mi ca­rre­ra. Yo ve­nía de co­la­bo­rar en Nue­va York con un pro­yec­to en cár­ce­les so­bre la reha­bi­li­ta­ción de los pre­sos a tra­vés de las ar­tes y de di­ri­gir mi pri­mer es­pec­tácu­lo so­bre los fe­mi­ni­ci­dios de Ciu­dad Juá­rez. Lle­gué a una ofi­ci­na bu­ro­cra­ti­za­da en la que mu­chos de los pro­fe­sio­na­les que di­ri­gían pro­yec­tos con la co­mu­ni­dad

nun­ca ha­bían es­ta­do a pie de ca­lle, no co­no­cían el cam­po de pri­me­ra mano, sino des­de las le­yes y las ideas. Y aban­do­né.

¿Por qué?

No su­pe en­ten­der có­mo po­día ayu­dar al cam­bio des­de ahí. No ser­vía, ex­tra­ña­ba la cer­ca­nía, la reali­dad del día a día. Des­de en­ton­ces he lle­va­do a ca­bo mu­chos pro­yec­tos: con mu­je­res, con jó­ve­nes, con ni­ños en en­tor­nos ru­ra­les; en Áfri­ca, Amé­ri­ca La­ti­na y Eu­ro­pa. Mi pa­dre me di­jo: “Si de­jas la Unes­co ya pue­de me­re­cer la pe­na”, y eso es lo que he in­ten­ta­do.

Al fi­na­li­zar un pro­yec­to con una co­mu­ni­dad con­cre­ta te vas a ca­sa sin­tien­do que has he­cho un po­qui­to pa­ra que tu mun­do me­jo­re, por­que el pri­me­ro que me­jo­ra es mi mun­do per­so­nal: apren­do de ca­da pro­yec­to, me ha­ce más fle­xi­ble, más em­pá­ti­ca, me ha­ce en­ten­der me­jor lo que ocu­rre a mi al­re­de­dor.

En­ten­der y de­cir­lo. Aca­so, ser la voz de las co­mu­ni­da­des a tra­vés del tea­tro. ¿Qué tan­to ne­ce­si­tas de­cir?

Ne­ce­si­to de­cir lo que ellos quie­ran que di­ga­mos. Co­mo dramaturga o ar­te-edu­ca­do­ra tra­ba­jo con téc­ni­cas co­mo el tea­tro fo­ro o el tea­tro do­cu­men­tal, que sir­ven pa­ra ser por­ta­vo­ces de lo que las co­mu­ni­da­des quie­ren con­tar. Ellos de­ci­den y yo les ayu­do a crear­lo. A ve­ces es un gru­po de ado­les­cen­tes que quie­ren con­tar­les a sus pa­dres có­mo se sien­ten des­pués de que se han di­vor­cia­do, o un gru­po de mu­je­res so­bre­vi­vien­tes de la vio­len­cia ma­chis­ta que quie­ren con­tar qué las ha he­cho so­bre­vi­vir pa­ra que a otras les sir­va de apo­yo, o un gru­po de gen­te ma­yor que quie­re ce­le­brar que es­tán vi­vos y com­par­tir­lo. Ellos de­ci­den.

Des­de que vino al Ecua­dor la pri­me­ra vez, ¿ha no­ta­do al­gún cam­bio en el as­pec­to cul­tu­ral?

No pue­do ha­blar del cam­bio cul­tu­ral en Ecua­dor por­que no co­noz­co al país de pri­me­ra mano, pe­ro sí de la trans­for­ma­ción de la ciu­dad de Guayaquil. Cuan­do es­tu­ve ha­ce cua­tro años, el Tea­tro Sán­chez Agui­lar aca­ba­ba de abrir y no ha­bía la opor­tu­ni­dad de ver las ar­tes es­cé­ni­cas que hay aho­ra. Con­si­de­ro que es­te tea­tro fun­cio­nó co­mo re­vul­si­vo pa­ra am­pliar el te­ji­do cul­tu­ral de Guayaquil, apo­yar las pro­duc­cio­nes pri­va­das y dar a co­no­cer a ac­to­res y di­rec­to­res. En una se­ma­na he acu­di­do a dos espectáculos al Sán­chez, mi­cro­tea­tro en Pop Up y La Bo­ta, a Án­ge­la Ar­bo­le­da, una cuen­te­ra ma­ra­vi­llo­sa en El Al­ti­llo, y una pro­pues­ta de tea­tro ges­tual co­mo es ‘Tea­tro del Cie­lo’ en La Fá­bri­ca. Es ne­ce­sa­rio que exis­ta una ofer­ta di­ver­sa y plu­ral pa­ra ge­ne­rar es­pec­ta­do­res (y cuan­do yo vi­ne, ape­nas los ha­bía) y ciu­da­da­nos crí­ti­cos. Y aun­que aún que­da por ha­cer, si lo com­pa­ro con otros paí­ses, el ca­mino se ha en­san­cha­do mu­cho en es­tos cua­tro años.

Al com­pa­rar con otros paí­ses, la ma­la política, vio­len­cia y co­rrup­ción son ele­men­tos sin cu­ra. ¿Cree us­ted que el tea­tro po­dría edu­car­nos?

Sí, el tea­tro pue­de edu­car. Tú co­mo crea­dor ele­gi­rás si quie­res ha­cer­lo o no. Yo lo sien­to co­mo una res­pon­sa­bi­li­dad y una ne­ce­si­dad. Con mi com­pa­ñía tra­ba­jo des­de la in­ter­sec­ción del ar­te y la edu­ca­ción, la unión de lo es­cé­ni­co y el au­la. Se pue­de edu­car des­de mu­chos ám­bi­tos: con las his­to­rias que se cuen­tan dan­do voz a con­flic­tos po­co co­no­ci­dos, des­de el len­gua­je es­cé­ni­co em­plea­do pa­ra con­tar­lo (ca­da obra pue­de ser un descubrimiento de uni­ver­sos) y des­de el pro­pio he­cho tea­tral. Con el tea­tro se desa­rro­lla la em­pa­tía, el po­ner­se en la piel del otro, y se ven y se vi­ven otras vi­das.

¿Edu­car a la fa­mi­lia ha­cien­do fren­te a las en­fer­me­da­des de la men­te?

La fa­mi­lia si­gue sien­do el ma­yor so­por­te de cual­quier en­fer­mo, al me­nos en una so­cie­dad co­mo la es­pa­ño­la, y la ecua­to­ria­na. La fa­mi­lia tie­ne que es­tar pa­ra apo­yar, pe­ro no pa­ra so­por­tar. La fa­mi­lia, y de eso ha­bla la obra, es la cui­da­do­ra, no so­lo en lo co­ti­diano ( po­ner un pa­ñal o dar de co­mer), sino en el día a día: ha­blar­le al en­fer­mo, can­tar­le, con­tar­le his­to­rias… que­rer­lo. Pe­ro tam­bién creo que se ne­ce­si­tan re­cur­sos pú­bli­cos pa­ra apo­yar a las fa­mi­lias. Ha­ce fal­ta cen­tros ge­riá­tri­cos de día, cui­da­do­res cua­li­fi­ca­dos (fi­sio­te­ra­peu­tas, te­ra­peu­tas ocu­pa­cio­na­les, mu­si­co­te­ra­peu­tas), ade­más de una política de igual­dad que ayu­de a la mu­jer a des­ha­cer­se de su rol de cui­da­do­ra, y pue­da desa­rro­llar su ca­rre­ra pro­fe­sio­nal en las mis­mas con­di­cio­nes que los hom­bres. Por­que la reali­dad es que la ma­yo­ría de las ve­ces el va­lor no es de las fa­mi­lias, sino de las mu­je­res de la fa­mi­lia, ha­ble­mos con pro­pie­dad, y eso de­be cam­biar.

Us­ted di­jo que cuan­do tie­ne co­ra­je es­cri­be, ya que ne­ce­si­ta rea­li­zar una es­pe­cie de jus­ti­cia poé­ti­ca. Por lo que al mun­do le fal­ta de jus­ti­cia, le to­ca­ría es­cri­bir har­to, ¿ver­dad?

El mun­do es pro­fun­da­men­te in­jus­to. Na­cí en un lu­gar y en una épo­ca his­tó­ri­ca en la que cre­cí de ma­ne­ra muy di­fe­ren­te a co­mo lo hi­zo mi abue­la (que vi­vió cua­ren­ta años de dic­ta­du­ra), o a co­mo pue­de vi­vir una ami­ga de mi edad que na­ció en Irán o Etio­pía. La suer­te que ten­go de­bo apro­ve­char­la.

¿Qué es la jus­ti­cia poé­ti­ca?

La jus­ti­cia poé­ti­ca se tra­du­ce en ge­ne­rar ro­les cer­ca­nos a lo que me gus­ta­ría que fue­ra la reali­dad a tra­vés de los per­so­na­jes que es­cri­bo. Gran par­te de la reali­dad no es así, pe­ro si los crea­do­res no mos­tra­mos ac­to­res di­ver­sos en el es­ce­na­rio, co­mo di­ver­si­dad de cul­tu­ras

o gen­te con dis­ca­pa­ci­dad por ejem­plo, di­fí­cil­men­te nor­ma­li­za­re­mos esos es­te­reo­ti­pos. Si to­do lo que ve­mos son prin­ce­sas, las ni­ñas cre­ce­rán desean­do ser­lo por­que es el ima­gi­na­rio que han con­su­mi­do. Lo que no me gus­ta de la vi­da real, la fic­ción me per­mi­te cam­biar­lo, esa es mi jus­ti­cia poé­ti­ca.

Há­ble­nos de Cross Bor­der Pro­ject.

El Cross Bor­der Pro­ject es una com­pa­ñía de tea­tro y una es­cue­la. La fun­dé en 2010 en Nue­va York cuan­do es­tu­dia­ba allí y des­de el 2012 es­tá en Es­pa­ña, aun­que via­jo mu­cho. Tra­ba­ja­mos des­de el tea­tro apli­ca­do a la edu­ca­ción y la trans­for­ma­ción so­cial. Con la com­pa­ñía rea­li­za­mos espectáculos con los que nos va­mos de gi­ra por Es­pa­ña y el ex­tran­je­ro, y con la es­cue­la rea­li­za­mos for­ma­ción de for­ma­do­res y crea­mos pro­yec­tos con co­mu­ni­da­des. Es­ta se­gun­da par­te es la que nos per­mi­te via­jar más y vi­vir ex­pe­rien­cias di­ver­sas. Una se­ma­na tra­ba­jas con una aso­cia­ción de per­so­nas ma­yo­res, otra con ni­ños, otra con ado­les­cen­tes de cen­tros de aco­gi­da, y en dis­tin­tos paí­ses. Cross Bor­der Pro­ject sig­ni­fi­ca ‘el pro­yec­to que cru­za fron­te­ras’; y el ar­te y la edu­ca­ción es­tán, aun­que no de­be­rían, se­pa­ra­dos por una fron­te­ra. Esa es una de las que in­ten­ta­mos cru­zar.

¿De qué ma­ne­ra han apor­ta­do los ac­to­res y ac­tri­ces en la rea­li­za­ción de es­ta obra en Guayaquil?

Con­si­de­ro que los ac­to­res y ac­tri­ces no son he­rra­mien­tas de un tex­to y de un di­rec­tor. Son crea­do­res y ge­ne­ra­do­res de pro­pues­tas. Si tra­ba­ja­mos jun­tos y to­dos apor­ta­mos, el es­pec­tácu­lo se­rá más rico y me­jor. Es­ta idea la com­par­tí con el elen­co de ‘El hi­jo de la no­via’ en el pri­mer día de en­sa­yo, por­que en es­te es­pec­tácu­lo son mu­cho más que ac­to­res. El es­pa­cio so­no­ro se rea­li­za en directo con ob­je­tos en­tre to­dos. Es de­cir, el so­ni­do no es gra­ba­do, sino que Ma­nuel La­rrea, di­rec­tor mu­si­cal, los ge­ne­ra con ellos.

En par­ti­cu­lar, ¿qué ofre­ce El hi­jo de la no­via al pú­bli­co?

Ofre­ce un via­je por la me­mo­ria de una fa­mi­lia que po­dría ser la de cual­quie­ra de no­so­tros, un via­je a un amor de cua­ren­ta y nue­ve años de los que ya no exis­ten. Ve­mos a una Toty Ro­drí­guez so­ber­bia co­mo en­fer­ma de alz­héi­mer. Ofre­ce un es­pa­cio so­no­ro rea­li­za­do en directo por to­dos los ac­to­res, a un Xa­vier Pimentel en es­ta­do pu­ro y a un elen­co de ac­to­res que lo dan to­do.

En la pu­bli­ci­dad se lee: “Cuan­do ter­mi­nas de ver la obra sen­ci­lla­men­te te dan ga­nas de que­rer”. ¿Por qué?

Es lo que me gus­ta­ría que el pú­bli­co sin­tie­se al aca­bar la fun­ción: ga­nas de lla­mar a un ami­go, a su ma­dre o hi­jo. Es una pie­za muy emo­ti­va que ha­ce que te cues­tio­nes ca­da día so­bre qué es lo im­por­tan­te, prin­ci­pal­men­te cuan­do lle­gas a cier­ta edad, y la res­pues­ta siem­pre es la gen­te que quie­res. Los pro­ta­go­nis­tas son Toty Ro­drí­guez y Car­los Pie­ches­tein.

Us­ted sien­do muy jo­ven ha te­ni­do al­gu­nos re­co­no­ci­mien­tos por la pues­ta en es­ce­na de gran­des obras. ¿Cuá­les son los pró­xi­mos re­tos?

El ma­yor re­to es la re­sis­ten­cia. Cum­plir cua­ren­ta años, cin­cuen­ta, se­sen­ta y no ha­ber­me que­da­do en el ca­mino o des­fa­lle­ci­do en el in­ten­to, ese es el ma­yor re­to. A ni­vel de pro­yec­tos con­cre­tos, en oc­tu­bre es­treno en el Fes­ti­val In­ter­na­cio­nal de Bue­nos Ai­res (FI­BA) ‘País clan­des­tino’, una pie­za coes­cri­ta con otros cua­tro dra­ma­tur­gos y di­rec­to­res: Jor­ge Ei­ro de Ar­gen­ti­na, Pe­dro Ma­cha­do de Bra­sil, Flor Lid­ner de Uru­guay y Mae­lle Poesy de Fran­cia. Es una obra so­bre la iden­ti­dad trans­na­cio­nal y nues­tra ge­ne­ra­ción que tam­bién se ve­rá en Chi­le. Y en no­viem­bre vuel­vo a Es­pa­ña pa­ra es­tre­nar ‘Fies­ta, fies­ta, fies­ta’, una obra de tea­tro do­cu­men­tal so­bre la nue­va iden­ti­dad es­pa­ño­la, pa­ra la que en­tre­vis­té a cua­ren­ta ma­dres, pro­fe­so­res, per­so­nal no do­cen­te y alum­nos de un co­le­gio. La obra re­co­ge sus re­la­tos y cues­tio­na nues­tra iden­ti­dad co­mo país. La mi­gra­ción ha trans­for­ma­do las au­las y con ello las ca­lles y la so­cie­dad. La obra ha­bla de los con­flic­tos y de­seos de esas nue­vas ge­ne­ra­cio­nes. En­tre los per­so­na­jes hay dos ecua­to­ria­nos.

En lo per­so­nal, ¿có­mo mo­di­fi­ca­ría la en­se­ñan­za pa­ra in­cluir el ar­te en la for­ma­ción de los jó­ve­nes?

Creo que las ar­tes de­be­rían ser no so­lo ma­te­rias den­tro de las es­cue­las, sino he­rra­mien­tas apli­ca­das en la en­se­ñan­za. Co­noz­co pro­gra­mas fa­bu­lo­sos del uso del tea­tro en la en­se­ñan­za de idio­mas, ma­te­má­ti­cas o his­to­ria. Es de­cir, no se tra­ta de que los jó­ve­nes co­noz­can la his­to­ria de la mú­si­ca o del tea­tro, o que lo ex­pe­ri­men­ten mon­tan­do una obra es­co­lar o can­tan­do en un co­ro, sino que las ar­tes es­cé­ni­cas sean he­rra­mien­tas bá­si­cas de los pro­fe­so­res a la ho­ra de en­se­ñar. Es­tá cien­tí­fi­ca­men­te pro­ba­do que el apren­di­za­je a tra­vés del jue­go y la ex­pe­rien­cia es la me­jor ma­ne­ra de apren­der y la más pla­cen­te­ra. Pe­ro pa­ra lle­gar a es­te ni­vel en la edu­ca­ción es­ta­mos a años luz en mu­chos paí­ses. Es una de mis ba­ta­llas en Es­pa­ña, por eso la for­ma­ción de for­ma­do­res.

De reali­da­des mun­dia­les tam­bién char­la­mos, de la vio­len­cia contra la mu­jer, en es­pe­cial. Lu­cía ha si­do tes­ti­go de va­rios ma­ti­ces, es­pe­cial­men­te de su pa­so por Mé­xi­co. Le cuen­to que hay gen­te que cree que no exis­ten los fe­mi­ni­ci­dios y que son sim­ples ase­si­na­tos. Lu­cía res­pon­de: “No me asom­bra, aún hay ale­ma­nes que nie­gan los ge­no­ci­dios na­zis. Creo que los hom­bres de­ben es­tar pre­pa­ra­dos pa­ra la trans­for­ma­ción y no lo es­tán”.

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Car­los Pie­ches­tein y Toty Ro­drí­guez en la obra ‘El hi­jo de la no­via’.

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