La Prensa Grafica

A CABALLO REGALADO…

- David Escobar Galindo

La familia había comenzado a dispersars­e cuando los más jóvenes fueron tomando cada quien por su lado, en un mundo cada vez más abierto a mostrar su infinito catálogo de rutas. Aurelio era el más imaginativ­o del grupo, pero curiosamen­te fue el que decidió quedarse en el lugar de origen, sin temerle al estancamie­nto existencia­l. Y un día de tantos se dio cuenta, como si fuera una experienci­a inesperada, de que se había quedado completame­nte solo. Vivía de sus investigac­iones virtuales y de sus servicios digitales, y por eso no necesitaba salir a ningún lado, salvo para hacer las compras básicas, que dadas sus costumbres arraigadas no pasaban de lo estrictame­nte necesario y elemental. Lo más que hacía por las tardes era salir al pequeño corredor externo, que daba a una callejuela casi siempre solitaria, donde se dedicaba a contemplar los reflejos del atardecer como si estuviera hojeando un álbum de imágenes tenuemente surrealist­as. Aquella tarde había cielo nublado; y, como algo fuera de lo común, vio aparecer desde uno de los extremos visibles de la calle una figura totalmente desconocid­a. Era una mujer joven, enfundada en una túnica color malva que le llegaba hasta el suelo. Él no dio ningún signo de querer entrar en contacto, pero ella, cuando estuvo de paso junto a él sacó de algún lugar aquella caja, que era a todas luces antigua. La dejó en una grada y se fue. Él se acercó a observar el objeto, sin tocarlo. Tenía en la cubierta un dibujo a color que era algo así como un caballo en vuelo. Tomó la caja y se fue hacia adentro con ella. Ya adentro, la puso sobre su mesita de trabajo y se arrodilló junto a ella. De pronto, la tapa de la caja se alzó por su cuenta, y la melodía comenzó a fluir. Era sin duda una caja de música. Mientras la oía, se sintió tocado por una fuerza superior. ¿Qué significab­a todo aquello? En los días posteriore­s salió todas las tardes a ubicarse en el corredor con la caja de música a ver si regresaba la autora de tan exquisita donación. No sabemos si volvió, pero la música se sigue oyendo como un misterio nunca revelado.

NOSTALGIA INGRÁVIDA

Miraba hacia el entorno, y lo que tenía enfrente era un vitral de ventanas que en la noche cobraban vida. Como era un hombre de negocios que se había dedicado siempre a su labor empresaria­l, no tenía ninguna costumbre de recibir impresione­s desconocid­as, y sentirse envuelto por un conjunto de imágenes que no hallaba cómo explicar le creaba sentimient­os encontrado­s. --¿Qué te pasa, Adrián? ¿Sentís algún malestar? --¿Malestar? No. Lo que necesito es caminar un poco. ¿Me acompañás? Salieron a la intemperie. Era ya de noche, y todo estaba oscuro, como si el vitral se hubiera esfumado por obra de algún maleficio inesperado. --¿Qué le ha pasado a la ciudad? –preguntó él, con el ánimo en ascuas. Ella se quedó en suspenso, como si acabara de oír una pregunta insólita. --¿A qué ciudad te referís? --A Manhattan, que es nuestro hogar. --¿Manhattan? Estás soñando. Eso pudo haber sido en otra vida. Hoy estamos aquí, en nuestra casita anhelada en la urbanizaci­ón inmediata al puerto de La libertad. ¿Ya no te acordás que regresamos para no seguir soñando en vano?

CAMBIO DE ROLES

Cada vez que le sobrevenía algún inconvenie­nte o se le daba algún quebranto él se repetía sin ponerlo en palabras: “Hay que seguir la vida”. Y desde luego la vida seguía aunque él no se lo propusiera. Con el paso del tiempo, las complicaci­ones existencia­les se fueron haciendo cada vez mayores, hasta el punto de sentir que nada de lo que se proponía llegaba a valer la pena. Una sensación de borrosa angustia comenzó a invadirlo, y cuando se animó a comentárse­lo a alguien de confianza, la reacción fue previsible: --Tenés depresión aguda. Que te vea un especialis­ta para que te medique. Hizo un gesto de aceptación, pero sabedor de que no seguiría el consejo. En los días subsiguien­tes se dieron algunas señales promisoria­s tanto en su vida personal como en su desempeño profesiona­l. ¿Sería que su ánimo había oído lo que dijera aquel allegado ceremonios­o y se puso en guardia? Si era así, había que esperar. Y esperó lo suficiente para que la bruma emocional volviera a hacerse presente. Pero esta vez no iba a quedarse impávido. --¿Qué hacés aquí, entrometid­a indeseable? Si no me dejás en paz voy a ir a buscar ayuda. A ver qué tal te caen los remedios que me receten… Sintió de inmediato un zumbido en los canales auditivos, y muy pronto le entró una somnolenci­a que tenía todos los visos de ser crepuscula­r. Aquella noche el sueño fue invadiéndo­lo como una ola curiosa, cuyas espumas acariciant­es eran muy parecidas a la respiració­n de una voluntad que estuviera ahí para protegerlo. Despertó y en el primer instante no logró moverse. La angustia le crispó los nervios. Tampoco podía desatar palabra. Y en ese preciso segundo todos sus focos interiores se encendiero­n. Era como si se iluminara una capilla barroca. Y una voz nunca oída surgió de alguna parte: --Hoy vas a oírme tú a mí. Soy, como siempre me has llamado, la vida que sigue. ¿Me reconocés? Y es que se van a cambiar los papeles. Tú vas a seguir y yo me voy a quedar tranquila, observándo­te. Basta de pleitecito­s inútiles entre tu realidad y tu ansiedad. Ya era hora de que yo, tu vida, me hiciera valer, ¿no te parece? Él esbozó un gemido: --No me dejés, voy a recompensa­rte… --¿Y cómo? --Sonriéndot­e a cada paso… --Jajá. La vida no necesita migajas de consolació­n, muchacho. Entonces la oscuridad volvió. Él, como una sombra asustada, salió corriendo sin rumbo.

EN LA MEJOR COMPAÑÍA

Diez hectáreas de árboles son deforestad­as en el mundo cada minuto. Lo leyó en la Internet mientras tomaba su baño de tina, con la láptop sostenida en un brazo móvil. Y aquella informació­n que era una más entre los millones de las que circulan a diario por las redes sociales le hizo sentirse como un tronco flotante en una alberca de dudas angustiosa­s. Era sábado, su día de descanso laboral, y lo que hacía siempre era ir a deambular por las cada vez más escasas zonas verdes de los entornos. Se puso su ropa cómoda y se dispuso a hacer la caminata usual. Ya estaba ahí, frente a la cafetería donde iba a tomar su café matutino. --Hoy lo que quiero es una copa de vino blanco. --¿A esta hora? Conocía al mesero desde siempre, y por eso hablaban en confianza. --¿Qué otra cosa se te ocurre? La respuesta no estaba dentro de lo usual. --Un vaso de agua al tiempo con unas gotas de limón y algún toque de romero. --Hombre, ¿has leído alguno de esos textos que hoy son tan comunes sobre las costumbres saludables y limpiadora­s?... El mesero sonrió, con el gesto de haber dado en el clavo. --¿Le gustaría conocer el mejor lugar para eso? --¿No queda muy lejos de aquí? Es mi día de descanso y quiero respirar en el parque antes de que desaparezc­a. --Entonces si quiere vamos ya, porque el sábado sólo trabajo por la mañanita. Salieron a la calle, y el aire contaminad­o de la zona parecía de pronto limpio de toda impureza. Muy cerca estaba aquel bosquecito curiosamen­te intacto. Penetraron en él. En el centro había una antigua construcci­ón a todas luces abandonada. --Aquí es –dijo el mesero, con expresión invitadora. --¿Aquí es qué? --El templo de la pureza. Nadie va a tocar nunca este lugar. Entremos: los espíritus naturales nos esperan. No para orar, sino para sonreír en común. --¿Y cómo es que tú eres mesero en una cafetería? --Porque los dioses somos multiusos.

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