LAS VI­DES

Po­das y re­cor­tes

Conectate - - VORDER SEITE - Joy­ce Sut­tin Joy­ce Sut­tin es maes­tra y es­cri­to­ra. Vi­ve en San An­to­nio ( EE. UU.).

Uno de los re­cuer­dos más gra­tos que con­ser­vo de mi in­fan­cia es el de es­tar ten­di­da en un ban­co ba­jo la pér­go­la de mi abue­la, en un ca­lu­ro­so día de ve­rano, mas­can­do uvas fres­cas. Años más tar­de, cuan­do me dis­po­nía a mu­dar­me a una ca­sa si­tua­da en un vi­ñe­do de Ita­lia, me fi­gu­ré que ha­bría mu­chos có­mo­dos ban­cos en los que re­cos­tar­me. ¡Va­ya sor­pre­sa la que me lle­vé cuan­do arri­ba­mos a un te­rreno de as­pec­to ári­do! De las raí­ces de las vi­des aso­ma­ban ape­nas unas ce­pas mi­nús­cu­las, pe­la­das. Me ex­pli­ca­ron que ca­da año, des­pués de la co­se­cha, las vi­des se po­dan prác­ti­ca­men­te a ras de sue­lo con el fin de me­jo­rar su ren­di­mien­to. El cam­po no se veía muy bo­ni­to, pe­ro era fruc­tí­fe­ro.

Al ini­ciar­se el pe­río­do ve­ge­ta­ti­vo, me im­pre­sio­nó lo rá­pi­do que bro­ta­ron las ce­pas ba­jo el cá­li­do sol de la Tos­ca­na. Los zar­ci­llos se ex­ten­die­ron ve­loz­men­te por el cam­po, y la tie­rra que an­tes pa­re­cía un yer­mo se cu­brió de pron­to de bro­tes nuevos y uvas ver­des que más tar­de pro­du­je­ron un mag­ní­fi­co vino.

Al re­cor­dar la Tos­ca­na, me vie­ne al pen­sa­mien­to el ca­pí­tu­lo 15 de Juan: «Yo soy la vid ver­da­de­ra, y Mi Pa­dre es el la­bra­dor. To­do pám­pano que en Mí no lle­va fru­to, lo qui­ta­rá; y to­do aquel que lle­va fru­to, lo lim­pia­rá, pa­ra que lle­ve más fru­to» 1.

Soy pé­si­ma pa­ra la jar­di­ne­ría, por­que de­tes­to po­dar mis plan­tas. Mis ro­sa­les tie­nen un as­pec­to des­gar­ba­do y al­can­zan gran al­tu­ra. «Ni ha­blar », le con­tes­to a to­do po­da­dor de ár­bo­les que se apa­re­ce en la puer­ta de mi ca­sa ofre­cién­do­se a des­mo­char los míos. De­jo que mis plan­tas pe­ren­nes crez­can co­mo quie­ran. Me gus­ta el desa­rro­llo des­con­tro­la­do de los se­res vi­vos, y me re­sis­to a ser juez de lo que se de­be po­dar.

No obs­tan­te, en Juan 15 que­da cla­ro que Dios es dies­tro en la po­da de vi­des. Si no da­mos fru­to, nos cor­ta. Si da­mos fru­to, nos po­da. En cual­quier ca­so, ac­túa.

Hay ve­ces en que al­go o al­guien nos se­rru­cha el pi­so y no nos que­da na­da en qué apo­yar­nos sino Él. Un su­ce­so ines­pe­ra­do nos de­ja tu­ru­la­tos; una tra­ge­dia, en­fer­me­dad, trai­ción o fra­ca­so nos dan un gol­pe ar­te­ro. Sen­ti­mos que nos arran­can to­das nues­tras fron­do­sas ra­mas y ter­mi­na­mos co­mo una de esas vi­des pe­la­das, po­da­das ca­si has­ta la raíz, en un te­rreno pre­su­mi­ble­men­te es­té­ril.

Has­ta que se dan las cir­cuns­tan­cias pro­pi­cias. Sa­le el sol. Cae la llu­via. Com­pren­de­mos que en Él te­ne­mos to­do lo que ne­ce­si­ta­mos, y se em­pie­za a ges­tar el mi­la­gro de una nue­va vi­da y nue­vo desa­rro­llo.

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