A NUES­TROS AMI­GOS

Las pro­me­sas de Dios

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En el li­bro del Gé­ne­sis, ca­pí­tu­lo 12, di­ce que cuan­do Abraham te­nía 75 años, Dios le pro­me­tió des­cen­dien­tes. En el ca­pí­tu­lo 13 le re­pi­tió la pro­me­sa. «Tiem­po des­pués» , en el ca­pí­tu­lo 15, Dios le pro­me­tió una pro­le tan nu­me­ro­sa co­mo las es­tre­llas. En el ca­pí­tu­lo 16, cuan­do Abraham con­ta­ba ya 86 años, en­gen­dró a Is­mael; pe­ro Dios le des­ve­ló que ese no era el hi­jo pro­me­ti­do. En el ca­pí­tu­lo 17, te­nien­do Abraham 99 años de edad, Dios una vez más le pro­me­tió un hi­jo y «des­cen­den­cia in­con­ta­ble». En el ca­pí­tu­lo 18 se lo reite­ró. Fi­nal­men­te, en el ca­pí­tu­lo 21, cuan­do ya te­nía 100 años a cues­tas, y Sa­ra, su mu­jer, te­nía 90, na­ció Isaac. Con el pa­so de los años y de­ce­nios, Abraham no ce­jó en su fe. Si­guió cre­yen­do en la pa­la­bra em­pe­ña­da por Dios y a su tiem­po co­se­chó la ben­di­ción.

En el Éxo­do, cuan­do el fa­raón con­ce­de por fin la li­ber­tad a los he­breos y Moi­sés se po­ne al fren­te de ellos pa­ra sa­car­los de Egip­to, Dios les di­ce que se «den la vuel­ta » y acam­pen jun­to al mar Ro­jo. Lue­go le anun­cia a Moi­sés que

1 ha­rá que el fa­raón los per­si­ga; y así su­ce­dió, tal cual. Sin du­da a los he­breos les ha­bría gus­ta­do más emi­grar de Egip­to sin com­pli­ca­cio­nes, y Moi­sés —¡có­mo no!— ha­bría pre­fe­ri­do evi­tar­se to­do el pá­ni­co y la ira del pue­blo que se per­ci­bió aco­rra­la­do. Los he­breos te­nían por de­lan­te el mar; por de­trás, los ca­rros de gue­rra del fa­raón. Sin em­bar­go, era lo que ha­bía dis­pues­to Dios. «Lo ha­ré así pa­ra ma­ni­fes­tar Mi glo­ria por me­dio del fa­raón y de to­do su ejér­ci­to» 2.

Dios per­mi­tió que las cir­cuns­tan­cias de Abraham y Moi­sés se tor­na­ran crí­ti­cas, has­ta el pun­to de que no les que­da­ba más al­ter­na­ti­va que es­pe­rar un milagro. Pe­ro pa­ra que es­te se pro­du­je­ra era ne­ce­sa­rio que ellos se afe­rra­ran a su fe, aun­que no en­ten­die­ran lo que Él se pro­po­nía.

Re­za el di­cho que «cuan­to más os­cu­ra es la no­che, más cer­ca es­tá el ama­ne­cer ». Cuan­do pa­re­ce que Dios se es­tá de­mo­ran­do una eter­ni­dad en in­ter­ve­nir o res­pon­der, ¡tú aguan­ta! Él se lu­ce más en las si­tua­cio­nes im­po­si­bles.

Ga­briel Gar­cía V. Di­rec­tor

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