EN­FO­CA­DO EN El OB­JE­TI­VO

Conectate - - NEWS - Ste­ve Hearts 1. www. just1t­hing. com Ste­ve Hearts es cie­go de na­ci­mien­to. Es es­cri­tor y mú­si­co y vi­ve en Nor­tea­mé­ri­ca. Es­tá afi­lia­do a La Fa­mi­lia Internacional. Es­te ar­tícu­lo es una adap­ta­ción de un pod­cast pu­bli­ca­do en Just1Thing1, por­tal cris­tiano dest

Una co­sa es so­ñar con al­can­zar una me­ta o lo­grar al­go. Ese es un pri­mer pa­so im­por­tan­te. Pa­ra al­gu­nos pue­de ser em­pren­der una nue­va ac­ti­vi­dad. Pa­ra otros, ad­qui­rir una ha­bi­li­dad. Pa­ra otros más pue­de im­pli­car un cam­bio de há­bi­tos o de es­ti­lo de vi­da. Cual­quie­ra que sea el ca­so, pa­ra cris­ta­li­zar nues­tros sue­ños ha­ce fal­ta es­fuer­zo, per­se­ve­ran­cia y, en mu­chas oca­sio­nes, sa­cri­fi­cios. Una vez que to­ma­mos con­cien­cia de eso, to­do de­pen­de de lo re­suel­tos que es­te­mos a al­can­zar esa pre­cia­da me­ta, cual­quie­ra que sea, y de cuán­to es­te­mos dis­pues­tos a es­for­zar­nos por ver cum­pli­das nues­tras as­pi­ra­cio­nes. Ahí es cuan­do en­tra a ta­llar la mo­ti­va­ción.

Mi ma­dre se em­pe­ñó mu­cho en en­se­ñar­me a leer brai­lle a pe­sar de mi fal­ta ini­cial de mo­ti­va­ción y de­seo; eso has­ta que me en­te­ré de que otros ni­ños cie­gos de mi edad que se ha­bían pro­pues­to apren­der­lo ya eran ca­pa­ces de leer por su cuen­ta sus li­bros y cuen­tos pre­fe­ri­dos. A par­tir de ese mo­men­to me apli­qué di­li­gen­te­men­te al apren­di­za­je del brai­lle, lo que me to­mó al­go más de tres me­ses. No obs­tan­te, co­mo es­ta­ba tan cen­tra­do en mi ob­je­ti­vo, esos tres me­ses me pa­re­cie­ron ape­nas se­ma­nas. Una vez que apren­dí a leer brai­lle, apren­der a es­cri­bir­lo fue más rá­pi­do aún.

Cuan­do te­nía unos seis años y es­cu­cha­ba a mis dos her­ma­nos ma­yo­res to­car la gui­ta­rra, me ilu­sio­na­ba con po­der ha­cer­lo yo tam­bién al­gún día. Pe­ro cuan­do uno de ellos me pu­so una en las ma­nos y tra­tó de dar­me la pri­me­ra lec­ción, me exas­pe­ré y me di por ven­ci­do. No so­lo me do­lían las ye­mas de pre­sio­nar las cuer­das, sino que me pa­re­cía im­po­si­ble re­cor­dar tan­tas po­si­cio­nes de los de­dos pa­ra for­mar to­dos los acor­des. No fue sino cuan­do cum­plí 12 años que me de­ci­dí fir­me­men­te a apren­der a to­car la gui­ta­rra, por mu­cho que me cos­ta­ra en un prin­ci­pio.

Pres­ta­ba mu­cha aten­ción a lo que me en­se­ña­ban y prac­ti­ca­ba lo que apren­día. Huel­ga de­cir que tu­ve mis mo­men­tos de im­po­ten­cia y de­cep­ción. Ade­más, de vez en cuan­do me can­sa­ba de ha­cer tan­to es­fuer­zo. Pe­ro no de­ja­ba de pen­sar en el ob­je­ti­vo que que­ría al­can­zar. Eso me in­cen­ti­va­ba y me ins­pi­ra­ba. Al ca­bo de po­co más de un año ya to­ca­ba mú­si­ca con mis her­ma­nos. Hoy si­go apren­dien­do co­sas nue­vas en la gui­ta­rra y, en re­tros­pec­ti­va, me ale­gro mu­cho de que cuan­do te­nía 12 años me fi­ja­ra esa me­ta y

me es­me­ra­ra por al­can­zar­la. Me di­rás que eso es­tá muy bien, pe­ro que hay ob­je­ti­vos en los que el es­fuer­zo que uno ha­ce se dis­fru­ta más. Eso es muy cier­to. En mi ca­so, apren­der a to­car ins­tru­men­tos mu­si­ca­les fue mu­cho más pla­cen­te­ro que tra­tar de ba­jar de pe­so. Cuan­do te­nía 20 años mi ma­dre mu­rió de cán­cer. Mi re­cur­so pa­ra pa­liar el do­lor fue co­mer en ex­ce­so y ha­cer po­co o ca­si na­da de ejer­ci­cio. Me jus­ti­fi­qué adu­cien­do es­trés emo­cio­nal. Pe­ro gra­dual­men­te fui en­gor­dan­do. Mi mé­di­co de ca­be­ce­ra me di­jo que, aun­que no era obe­so, co­rría el ries­go de lle­gar a ser­lo pron­to a me­nos que de­ja­ra de co­mer tan­to e hi­cie­ra más ac­ti­vi­dad fí­si­ca.

Ini­cial­men­te se­guir las ins­truc­cio­nes del mé­di­co fue una píl­do­ra amar­ga. Pe­ro me pu­se a pen­sar en mi fu­tu­ro y to­mé con­cien­cia de que co­no­cía — al me­nos de oí­das— los efec­tos de la obe­si­dad en la sa­lud, y no que­ría pa­sar por eso. Tam­bién sa­bía que si se­guía las re­co­men­da­cio­nes del mé­di­co, po­día evi­tar­me te­ner que ha­cer cam­bios bien ri­gu­ro­sos en mi die­ta más ade­lan­te.

Me pro­pu­se co­mer me­nos y ha­cer más ejer­ci­cio. Al ca­bo de más o me­nos un mes, no so­lo ha­bía lo­gra­do ba­jar de pe­so y si­tuar­me en un ni­vel más sa­lu­da­ble, sino que ade­más mi es­ta­do emo­cio­nal ha­bía ex­pe­ri­men­ta­do una me­jo­ra sus­tan­cial. Hoy dis­fru­to del ejer­ci­cio y ya no ten­go que es­tar pen­dien­te de mi pe­so.

Po­ner la mi­ra en el ob­je­ti­vo y vi­sua­li­zar­me ha­bién­do­lo ya al­can­za­do es una ex­ce­len­te for­ma de man­te­ner­me mo­ti­va­do. En He­breos 12:1,2 el após­tol Pa­blo nos ex­hor­ta a apren­der de Je­sús: «Co­rra­mos con pa­cien­cia la ca­rre­ra que te­ne­mos por de­lan­te, pues­tos los ojos en Je­sús, el au­tor y con­su­ma­dor de la fe, el cual por el go­zo pues­to de­lan­te de Él su­frió la cruz, me­nos­pre­cian­do el opro­bio, y se sen­tó a la dies­tra del trono de Dios».

Je­sús man­tu­vo los ojos fi­jos en el ob­je­ti­vo — cum­plir Su mi­sión en la Tie­rra— y no de­jó que to­dos los ma­los tra­tos de los que fue ob­je­to —in­clui­da la muer­te mis­ma— lo des­via­ran de ese rum­bo. Gra­cias a eso hoy te­ne­mos sal­va­ción y vi­da eter­na en Él.

¿Cuál es, en­ton­ces, la cla­ve pa­ra al­can­zar los ob­je­ti­vos que uno se pro­po­ne? En mi opi­nión, es mi­rar más allá del te­dio, del tra­ba­jo y de los sa­cri­fi­cios y con­cen­trar­se en cru­zar la lí­nea de lle­ga­da.

No nos can­se­mos de ha­cer el bien. A su de­bi­do tiem­po, co­se­cha­re­mos nu­me­ro­sas ben­di­cio­nes si no nos da­mos por ven­ci­dos. Gá­la­tas 6:9 ( NTV)

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