AFÉRRATE

Conectate - - NEWS - De Je­sús, con ca­ri­ño

¡No te rin­das! ¡No aban­do­nes! Aférrate a Mí, pues Yo te amo. Aférrate a Mi Pa­la­bra, que te in­fun­de va­lor, fuer­zas, fe, es­pe­ran­za, vi­da y po­der aun cuan­do no te que­de na­da de to­do eso. Ni te ima­gi­nas cuán­to ten­go aún pa­ra dar­te, en­se­ñar­te y obrar en tu vi­da, to­do lo que tie­nes por de­lan­te.

No va­yas a per­der­te to­do lo que te ten­go pre­pa­ra­do so­lo por­que to­da­vía no lo ves. Es­to no es el fi­nal del ca­mino; lo que pa­sa es que has lle­ga­do a un re­co­do. Es cier­to que la sen­da pa­re­ce bas­tan­te os­cu­ra, y que el pa­no­ra­ma se pre­sen­ta som­brío y des­alen­ta­dor; pe­ro a la vuel­ta de la es­qui­na te es­pe­ra un sol ra­dian­te, fe­li­ci­dad y gran­des sa­tis­fac­cio­nes.

Pon tu mano en la Mía, tal co­mo lo ha­ría una ni­ña que, por­que con­fía de to­do co­ra­zón en el amor de su pa­dre, se atre­ve —to­ma­da de­ses­pe­ra­da­men­te de su mano— a atra­ve­sar una vio­len­ta tem­pes­tad que se le ha­ce gi­gan­tes­ca y te­rri­ble. Al aga­rrar la mano de su pa­pá y aden­trar­se en la no­che os­cu­ra y tor­men­to­sa, se da cuen­ta de que él es ca­paz de con­du­cir­la a sal­vo a tra­vés del tem­po­ral, y po­co a po­co, pa­si­to a pa­si­to, su mie­do se trans­for­ma en fe.

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