Las di­chas de la vi­da

Conectate - - NEWS - Mi­la Na­ta­li­ya Go­vo­ruk­ha MI­LA NA­TA­LI­YA GO­VO­RUK­HA ES CONSEJERA JUVENIL Y REA­LI­ZA LA­BO­RES VOLUNTARIAS EN UCRANIA.

EL DESÁNIMO era apa­bu­llan­te y se acen­tua­ba ca­da mi­nu­to. Se sen­tía ata­ca­da por to­dos la­dos. Las po­si­bi­li­da­des se des­va­ne­cían; los pro­ble­mas se acu­mu­la­ban.

La do­cen­cia nun­ca es ta­rea fá­cil, par­ti­cu­lar­men­te al co­mien­zo y al fi­nal del año lec­ti­vo. Aque­lla era la úl­ti­ma se­ma­na. A una de sus cla­ses pre­fe­ri­das no le ha­bía ido muy bien en los exá­me­nes de fin de cur­so. ¿Era por cul­pa de ella?

Le pa­ga­ban por cla­se, y de­bi­do a un re­ce­so de dos se­ma­nas ese mes so­lo re­ci­bi­ría la mi­tad de su suel­do. Ade­más, uno de sus alum­nos par­ti­cu­la­res ha­bía lla­ma­do pa­ra avi­sar que iba a de­jar las cla­ses. «Es­te se­rá un mes di­fí­cil», pen­só, au­to­com­pa­de­cién­do­se.

Al sa­lir se acor­dó de su fiesta de cum­plea­ños, que se­ría pron­to y ya no le ha­cía tan­ta ilu­sión. Al­gu­nas per­so­nas que es­pe­ra­ba que fue­ran a ver­la le ha­bían ex­pli­ca­do que no po­drían ir. En­ci­ma, sus dos hijos vi­vían en el ex­tran­je­ro. La na­riz em­pe­zó a pi­car­le, se­ñal de que es­ta­ba a pun­to de es­ta­llar en llan­to.

Mien­tras aguar­da­ba el bus en el pa­ra­de­ro se pu­so a pen­sar en sus pro­pios exá­me­nes, pa­ra los que fal­ta­ban me­nos de una se­ma­na, y en lo mal pre­pa­ra­da que es­ta­ba.

Llo­viz­na­ba. El bus es­ta­ba atra­sa­do. Fi­nal­men­te lle­gó y en­se­gui­da que­dó atas­ca­do en el trá­fi­co. El via­je a ca­sa le to­mó el do­ble de tiem­po que de cos­tum­bre. Qui­so lla­mar a su her­ma­na, pero su te­lé­fono se ha­bía que­da­do sin pi­la. ¡Va­ya día!

La go­ta que re­bal­só el va­so fue la cuen­ta de luz que le ha­bían de­ja­do de­ba­jo de la puerta. Era más abul­ta­da de lo pre­vis­to.

Se de­jó caer en el si­llón y so­llo­zó. Es­ta­ba dis­gus­ta­da por tan­tas com­pli­ca­cio­nes, por su so­le­dad y tam­bién con­si­go mis­ma por ha­ber caído en una de­pre­sión y en la au­to­com­pa­sión. Hi­zo en si­len­cio una ora­ción de lo más bre­ve y sen­ci­lla, que siem­pre le da­ba re­sul­ta­do: «Je­sús, te rue­go que ha­gas al­go».

Pa­ró de llo­ver. Oyó el trino de los pá­ja­ros. La bri­sa tra­jo la fra­gan­cia de las li­las en flor. Le pa­re­ció que aque­lla era la pri­me­ra pau­sa que ha­cía en to­do el día. Se pro­pu­so prac­ti­car un ejer­ci­cio de agra­de­ci­mien­to que ha­bía he­cho in­con­ta­bles ve­ces con sus hijos.

«Gra­cias por mis hijos, que es­tán fe­li­ces y sa­nos». Am­bos mu­cha­chos eran mo­ti­vo de mu­chas ale­grías.

«Gra­cias por­que ten­go don­de vi­vir ». Ya se sen­tía mejor.

«Gra­cias, Se­ñor, por Tu pro­vi­den­cia », mu­si­tó mien­tras se pre­pa­ra­ba su té fa­vo­ri­to.

«Gra­cias por la ma­gia de la mú­si­ca». Re­vi­só su lis­ta preferida de can­cio­nes.

Mi­ró por la ven­ta­na y se que­dó pas­ma­da ante los vi­vos co­lo­res de uno de los atar­de­ce­res más be­llos que ha­bía vis­to. Una sen­sa­ción de gra­ti­tud le in­va­dió el al­ma. Se re­go­ci­jó in­te­rior­men­te re­cor­dan­do que la vi­da es­tá lle­na de grandes y pe­que­ñas ale­grías.

Newspapers in Spanish

Newspapers from International

© PressReader. All rights reserved.