UN COM­PRO­MI­SO ANUAL

Conectate - - ANNA PERLINI - An­na Per­li­ni An­na Per­li­ni es co­fun­da­do­ra de Per un Mon­do Mi­glio­re1, or­ga­ni­za­ción hu­ma­ni­ta­ria que des­de 1995 lle­va a ca­bo la­bo­res en los Bal­ca­nes.

Un día, ha­ce unos tres años, mi pa­dre in­vi­tó a sus cin­co hi­jos —to­dos ellos ca­sa­dos y con hi­jos pro­pios— a acom­pa­ñar­lo a él y a mi ma­dre en un via­je a Tie­rra San­ta. Él ya te­nía 85 años y lle­va­ba va­rios sin via­jar ni vo­lar. Has­ta ese mo­men­to creo que se sen­tía vie­jo. Te­nía apren­sio­nes y mie­dos, y en cier­to mo­do ha­bía ce­rra­do ese ca­pí­tu­lo de su vi­da. Sin em­bar­go, aquel día al­go cam­bió. Por una par­te fue por su de­seo de vol­ver a vi­si­tar los lu­ga­res que co­no­ció su ama­do Je­sús, y por otra por sus an­sias de ha­cer un via­je con su fa­mi­lia, al­go que no ha­cía­mos des­de que éra­mos muy jó­ve­nes.

No tu­vo que tor­cer­nos el bra­zo pa­ra que ac­ce­dié­ra­mos. En los me­ses que pre­ce­die­ron al via­je, los sie­te nos reu­ni­mos pa­ra pre­pa­rar el iti­ne­ra­rio y los de­ta­lles. Mi pa­dre 1. http:// www. pe­run­mon­do­mi­glio­re. org se pu­so a in­ves­ti­gar y dio con una guía tu­rís­ti­ca per­so­na­li­za­da pa­ra los nue­ve días que es­ta­ría­mos en Is­rael, Pa­les­ti­na y Jor­da­nia. A to­dos se nos en­car­gó al­gu­na ta­rea: mi pa­dre se­ría el pa­triar­ca; mi ma­dre, la en­fer­me­ra y ad­mi­nis­tra­do­ra de vi­ta­mi­nas; uno de mis her­ma­nos se ha­ría car­go de lle­var un dia­rio; otro se ocu­pa­ría de los asun­tos prác­ti­cos; una de mis her­ma­nas se­ría la te­so­re­ra, y la otra apor­ta­ría los co­no­ci­mien­tos his­tó­ri­cos. Da­do que yo ha­blo in­glés, me asig­na­ron el pa­pel de in­tér­pre­te.

Hu­bo mu­cha efer­ves­cen­cia y ex­pec­ta­ción has­ta la ma­ña­na en que abor­da­mos el vue­lo. Aque­llos nue­ve días fue­ron má­gi­cos, una ex­pe­rien­cia inol­vi­da­ble, con vis­tas in­creí­bles, aven­tu­ras ines­pe­ra­das, lar­gas con­ver­sa­cio­nes pro­fun­das y mu­cha di­ver­sión. Aun­que no siem­pre he­mos si­do una fa­mi­lia en la que rei­na­ran la con­cor­dia y la ar­mo­nía, los años nos han da­do sen­sa­tez y em­pa­tía. Pu­di­mos ha­blar del pa­sa­do con afec­to y ter­nu­ra, y has­ta con un to­que de hu­mor. Re­gre­sa­mos de aquel via­je en­ri­que­ci­dos y sin du­da más uni­dos.

Des­de en­ton­ces, to­dos los años ha­ce­mos un via­je en fa­mi­lia, nin­guno tan lar­go o com­pli­ca­do co­mo aquel, pe­ro to­dos úni­cos. Por muy aje­trea­dos que es­te­mos, sa­be­mos que ese es uno de los com­pro­mi­sos más im­por­tan­tes que te­ne­mos.

Aho­ra mis hi­jos es­pe­ran con ilu­sión el día en que mi ma­ri­do y yo ha­ga­mos un via­je de ese tipo con ellos. Al­gu­nos pa­rien­tes y ami­gos tam­bién han co­men­za­do a ha­cer­lo.

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