CO­MO EL JUE­GO DE TETRIS

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Soy afi­cio­na­da al Tetris, un vi­deo­jue­go en el que hay que ir com­ple­tan­do lí­neas con fi­gu­ras geo­mé­tri­cas. Me gus­ta por­que pue­do pla­near­lo to­do de an­te­mano vien­do las pie­zas que van a sa­lir, y a me­di­da que des­cien­den las voy co­lo­can­do en el lu­gar que co­rres­pon­de. Así dis­mi­nu­yo la al­tu­ra de las que es­tán amon­to­na­das aba­jo. Al menos esa es la idea.

Me­jor aún es co­rre­gir los erro­res que co­me­to. A ve­ces ubi­co una pie­za don­de no de­be­ría es­tar y lue­go ten­go que arre­glár­me­las pa­ra en­men­dar el error, aun­que no siem­pre re­sul­ta. Me va muy bien con los pri­me­ros ni­ve­les; pe­ro a me­di­da que au­men­ta la ve­lo­ci­dad y las pie­zas van ca­yen­do más rá­pi­do, no con­si­go con­tro­lar­las tan bien. Al­gu­nas que­dan mal co­lo­ca­das, y la pi­la va acer­cán­do­se a la par­te su­pe­rior de la pan­ta­lla.

Muy pron­to, el anun­cio de «FIN DE LA PAR­TI­DA » em­pie­za a par­pa­dear en la pan­ta­lla, y la emo­ción que sen­tía se tor­na en de­cep­ción.

A ve­ces la vi­da ha­ce que nos sin­ta­mos así. Co­me­te­mos un error tras otro y, de gol­pe, da la im­pre­sión de que no hay na­da que po­da­mos ha­cer pa­ra re­me­diar­los.

En oca­sio­nes has­ta nues­tros me­jo­res pla­nes se frus­tran y, a pe­sar de to­das las ma­nio­bras que ha­ce­mos, los pro­ble­mas se van amon­to­nan­do has­ta que pa­re­ce que el jue­go ha ter­mi­na­do.

Pe­ro lo me­jor de un jue­go co­mo el Tetris es que siem­pre es­tá la po­si­bi­li­dad de ju­gar otra vez. Por mu­chas ve­ces que per­da­mos, po­de­mos vol­ver a em­pe­zar si que­re­mos.

Je­sús ha­ce lo mis­mo con no­so­tros. Sa­be que no so­mos per­fec­tos. Co­no­ce nues­tras li­mi­ta­cio­nes y fla­que­zas. Él nos di­se­ñó y en­tien­de que no po­de­mos ga­nar to­das las ve­ces.

Je­sús pro­me­tió lle­var­se nues­tros erro­res y pe­ca­dos «tan le­jos de no­so­tros […] co­mo le­jos del orien­te es­tá

el oc­ci­den­te» 1. Lo que eso sig­ni­fi­ca es que se des­va­ne­cen. Él ha­ce bo­rrón y cuen­ta nue­va pa­ra que po­da­mos co­men­zar de nue­vo. Y eso no so­lo se apli­ca al plano es­pi­ri­tual. Por muy bien que pla­ni­fi­que­mos nues­tra vi­da, ha­brá ve­ces en que ten­dre­mos que vol­ver a em­pe­zar. Eso pue­de re­sul­tar muy des­co­ra­zo­na­dor. Lo úni­co que ve­mos es el anun­cio de «FIN DE LA PAR­TI­DA » par­pa­dean­do en nues­tra men­te.

Pe­ro siem­pre te­ne­mos la opor­tu­ni­dad de vol­ver a ju­gar.

Lo que se sien­te al em­pe­zar de ce­ro es im­pre­sio­nan­te. Quie­re de­cir que lo pa­sa­do, pa­sa­do es­tá. Cuan­do co­mien­zas una par­ti­da de Tetris, no se te nie­ga la opor­tu­ni­dad de ju­gar de nue­vo por­que ha­yas per­di­do mu­chas ve­ces. De igual ma­ne­ra, cuan­do Je­sús ha­ce bo­rrón y cuen­ta nue­va par­tes con una ho­ja to­tal­men­te en blan­co. Él no se fi­ja en tu his­to­rial de erro­res y me­ti­das de pa­ta. «Si al­guno es­tá en Cris­to, es una nue­va crea­ción. ¡Lo vie­jo ha pa­sa­do, ha lle­ga­do ya lo nue­vo!» 2.

¿Tie­nes la sen­sa­ción de que tus pla­nes se hi­cie­ron hu­mo, y no sa­bes có­mo em­pe­zar a edi­fi­car de nue­vo? ¿O sim­ple­men­te es­tás des­ani­ma­do por­que tus es­fuer­zos ini­cia­les han si­do en vano? Re­cuer­da que siem­pre pue­des co­men­zar otra par­ti­da. Je­sús tie­ne un plan y una me­ta pa­ra ti y se val­drá has­ta de tus erro­res pa­ra acer­car­te al ob­je­ti­vo.

El rey Sa­lo­món di­ce que el jus­to cae sie­te ve­ces y sie­te ve­ces se le­van­ta3. No hay có­mo eva­dir las caí­das; lo que im­por­ta es le­van­tar­se y re­em­pren­der la marcha.

1. Sal­mo 103:12 ( NVI) 2. 2 Co­rin­tios 5:17 ( NVI) 3. V. Proverbios 24:16 4. Isaías 41:7 ( NVI) 5. Billy Graham, Ca­si en Ca­sa: Re­fle­xio­nes so­bre la vi­da, la fe y el fin de la ca­rre­ra (Gru­po Nel­son, 2011)

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