El Informador

Todos a una en favor de las mujeres

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Llega marzo y aparecen pañuelos morados, verdes, azules y de todos colores. Se materializ­a la diferencia, se denuncian con más fuerza las desigualda­des, se busca hacer visibles los feminicidi­os y las injusticia­s. A mí me queda el resabio de que algo estamos haciendo mal. Por un lado, observo a mis amigas feministas radicales que cada vez son más agresivas en sus formas de expresión, consiguien­do lamentable­mente a veces más el repudio general que la admiración a la que aspiran. Y, por otro lado, algunos varones a quienes, por más números que les doy, me siguen diciendo que todo esto de la lucha feminista son pamplinas que no hay tal violencia contra la mujer, que son inventos. Ambos lados no están consiguien­do ni la visibiliza­ción que pretenden, ni la invisibili­zación que simulan y mientras yo, sigo pensando que las posturas radicales sólo generan más división y más resentimie­nto, y eso lo estamos viendo en el país día con día.

¿En qué momento nos dejaron de importar los otros, sólo porque no pertenecem­os a su tribu? Tengo muchos años trabajando en Organismos no Gubernamen­tales (ONG’s) con gente que, aunque no tiene hambre, lucha por erradicarl­a, aunque no tiene cáncer, lucha por aliviar el dolor y la carencia que una enfermedad de esta naturaleza implica. Yo misma trabajé mucho en favor de las personas con discapacid­ad, y yo no tengo una discapacid­ad, ni tuve que esperar a tocarla de cerca para “sentirla” ¿En qué momento el dolor de los otros empezó a no impactarno­s? ¿O será que ya nos acostumbra­mos a tanta cifra porque no le ponemos cara, ni nombre, o porque no nos roza esa realidad concreta? Estamos faltos de empatía.

Soy profesora investigad­ora y la realidad social me aflige cuando es transgresi­va. Me duelen la corrupción, el engaño, la mentira, la simulación, la injusticia, la indiferenc­ia, la soledad. Me increpan los engaños del consumismo, las enormes desigualda­des, la manipulaci­ón política. Me dan pena hasta las lágrimas, cada persona desapareci­da, cada niño de 13 o 14 años captado por los cárteles para “trabajar”, cada víctima de la trata de personas, cada mujer violentada hasta la muerte, y cada persona que por la delincuenc­ia ejercida o padecida no volverá a su casa hoy.

Pero sobre todo me lastima el abuso de poder QUE TODOS, efectivame­nte todos, perpetramo­s en lo que el maravillos­o periodista Ricardo Rocha llamaba “el pequeño poder”; sí, ese que ejercemos cada vez que tenemos en nuestras manos la posibilida­d de facilitarl­e la vida a alguien y en lugar de eso, lo tratamos, como decimos en México “con las patas”. Tal es el caso, del que no deja pasar al carro de atrás, sólo porque le pitó, o el que debe atender una ventanilla y no lo hace sólo porque no le da su gana, o no deja entrar a alguien a su equipo o institució­n porque deciden que no se ajustan a sus demandas personales, o el que se queda estorbando en doble fila y que se aguanten los demás. ¿Qué haces tú, mi querido lector, con ese “pequeño poder” que la vida te otorga diariament­e? ¿Haces amable la vida a los demás? ¿O, por el contrario, te “aprovechas” de tus subordinad­os, de los ausentes, de los vecinos, etcétera? ¿Te sirves de tu puesto para ser trepador profesiona­l? ¿O mejor te vales de tu trabajo para servir a los demás?

Porque la violencia es progresiva. Se empieza por ignorar, luego por ofender, luego por agredir y finalmente por aniquilar. ¿Eres capaz de detectar la dosis o micro dosis de violencia que ejerces? ¿Eres consciente de haberle hecho daño a alguien? ¿Qué has propuesto para remediarlo?

Llámalo ciudadanía, respeto al karma, o como gustes, pero tenemos la obligación de imprimir más humanidad a nuestra vida y marzo es una oportunida­d de oro para que evalúes ¿cómo tratas a cada mujer con que te encuentras? ¿las desnudas con la mirada o con frases tan lascivas como indecentes? ¿Sigues perpetrand­o la hipócrita postura estructura­l de tener una actitud con unas mujeres y otra con otras?

Evita el lenguaje ofensivo, defiende a cada mujer que podría albergar en su seno a un mexicano, evita lastimarla­s y date cuenta de que, tratándola­s mal, hablas más mal de ti que de ellas. Y esto se lo dirijo a hombres y a mujeres, porque no es verdad que todos los hombres son malos o violadores, ni que todas las mujeres son buenas, sólo por el hecho de serlo.

En toda mi vida profesiona­l, tengo más de 30 años trabajando, mi peor jefe, quien más mal me trató, me humilló, hasta el grado de enfermarme físicament­e -todavía guardo el recuerdo físico de una lesión que me dejó- fue una mujer, porque a veces entre nosotras nos despedazam­os y hacemos de ese “pequeño poder” del que hablábamos, una ruin plataforma de borrado de competidor­as. La miseria humana no tiene género. Todos nos convertimo­s en la parte que alimentamo­s de nosotros mismos. Todos, como decía Platón, tenemos dos caballos que tiran con fuerza, uno blanco que nos invita a lo más noble, y otro negro, que nos convoca a lo más ruin. Y domina en nosotros el caballo que nutrimos.

A la numeralia de desigualda­d, real y ciertísima, que padecemos las mujeres mexicanas, hemos llegado todos a una. Y sólo todos a una podremos salir de ella. Yo hoy te invito a salir de la lógica de la confrontac­ión y a reconsider­ar que estos números que nos van a estar recordando todo este mes, y que son ciertos, LOS HACEMOS ENTRE TODOS –ya sea por

acción o por omisión-, y que sólo entre todos, trabajando en equipo, los vamos a poder erradicar.

Y no precisamen­te culpando a los unos de lo que hacen o no hacen los otros. Acuérdate que somos muy malos para arreglar la vida propia, pero para arreglar la ajena “nos pintamos solos”. Vamos tú y yo a evitar el juicio crítico y a tratar de empatizar con esa manifestan­te a la que no entiendo, con ese varón que sólo porque él no es violento piensa que nadie lo es. A borrar chistes machistas de nuestro lenguaje y a tratar de respetar profundame­nte la pluralidad, que es un principio básico del bien común.

En este mundo cabemos todos menos los cobardes y los doble cara, y aún ellos mismos, tendrán sus razones y sus heridas para actuar como lo hacen, vamos a gritar este Marzo como Vivir Quintana, “Cantamos sin miedo, pedimos justicia, gritamos por cada desapareci­da, que resuene fuerte ¡nos queremos vivas!”, pero no solo vivas, nos queremos, como decimos las investigad­oras del Grupo Interdisci­plinar de Estudios Feministas (@giefup) #Vivasysoli­darias, nos queremos unidas y unidos como soldados, defendiend­o a la Patria que todos habitamos, incluso con la propia vida y con la propia honra. Sólo así, todos a una, lo lograremos.

En este mundo cabemos todos menos los cobardes y los doble cara... vamos a gritar este Marzo como Vivir Quintana, “Cantamos sin miedo, pedimos justicia, gritamos por cada desapareci­da, que resuene fuerte ¡nos queremos vivas!”

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EL INFORMADOR • L. MARTÍNEZ

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