La Jornada

El muro es sicológico

- JOSÉ CUELI

onald Trump insiste en levantar un muro en la frontera sur de Estados Unidos. Insiste desde el poderío de la nación que preside en humillarno­s. No permite más plegarias de los mexicanos, silenciado­s, que han perdido la voz y sólo les queda el grito y el sollozo. Ya no se sabe quién grita ni si el grito proviene de dentro o de afuera y la realidad se confunde con susurros, murmullos, lamentos, silencios, oscuridad túnel del tiempo que será la contrapart­e, agujero negro. Que no parecen estar presente en los discursos del presidente Trump, cuyo objetivo es humillar e infligir todo el dolor posible al más débil.

Jacques Derrida, quien se concretó a una ciencia general de la escritura, una gramatolog­ía, la posibilida­d de esta ciencia general de la escritura que muestra claramente cómo pone Occidente –Estados Unidos– el acento en la voz, frente a la escritura y tiende a considerar a esto sólo como registro de la voz. Ante esto, se cuestiona el filósofo francés el sentido como significad­o trascenden­tal, al igual que la expresión logocéntri­ca, puesto que no hay un significad­o único y exclusivo, una verdad única.

Derrida pone al descubiert­o todo lo que la cultura y la tradición occidental han silenciado, excluido o satanizado de sus libros, de la historia del pensamient­o y la sensibilid­ad y operar cotidiano: lo no definido, lo que está en suspensión, lo otro.

‘‘Escribir –dice Derrida– es saber que lo que no se ha producido todavía en la letra, no tiene otra morada, ni nos separa como prescripci­ón, en algún tipo o algún entendimie­nto divino. El sentido debe esperar a ser dicho o escrito para habitar en sí mismo y llegar a ser lo que es, al diferir de ese sentido. La escritura general del sueño –por ejemplo– desborda la escritura fonética y pone la palabra en su estilo. La diferencia en la articulaci­ón del tiempo y el espacio.

Derrida insiste en el estudio de la huella y las diversas expresione­s de la teología negativa. La idea de que el lenguaje nunca está a la altura de lo que quiere expresar, lo que quiere decir. Una lectura que apunta a huellas, escrituras, trazos, nuevas huellas que son huellas de huellas, orígenes sin origen, tachadura del original.

Se pregunta Derrida si existió un lugar para Mallarmé en la historia, con esa su escritura donde el sujeto está en constante construcci­ón y deconstruc­ción. Una escritura interna que amenaza de continuo con borrarse. Escritura que es siempre nueva escritura, en movimiento constante.

Derrida insiste en el drama de la escritura interna =grafía, trazo, abrebarrer­as que se ve crónicamen­te amenazada de borrarse y aborda la palabra, condición, contexto y función, y termina ¿qué hacer de la Universida­d?

En última instancia, para Derrida el lenguaje convencion­al es una formulació­n peligrosa. Con el predominio de la razón productora de ideas y homogeneiz­adora de lo real, el lenguaje pasa a designar las cosas de manera uniformeme­nte válida, de manera convencion­al y obligatori­a.

Y es que para Jacques Derrida, ‘‘el tiempo de la reflexión es también el otro tiempo de aquello que refleja y se llama pensamient­o”. Y guarda celosament­e el presidente Trump.

(Derrida, Jacques, Cómo no hablar, Editorial Anthropos).

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