La Jornada

Entre vítores de sus fans, Jaime López celebró 50 años de músico, en el Teatro de la Ciudad

- PABLO ESPINOSA

Quede constancia: la noche del sábado 13 de julio de 2019 Jaime López firmó su consagraci­ón como el mejor músico de México frente al butaquerío atestado del Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, cuyos aplausos, vítores y cantos completaro­n sus versos y confirmaro­n su valía.

Dos horas y media le bastaron al maestro para dictar cátedra. Solamente una guitarra pero mucha poesía.

Sencillez extrema amenizada con referentes catedralic­ios, por ejemplo, ubicar una historia de amor: “te veo más allá del muelle como en bruma” en Tampico, pero al mismo tiempo al escucha le retumba en el oído el Cementerio Marino, de Paul Valery.

Dejó de ser esta noche Jaime López un “músico de culto” para convertirs­e en lo que ya era pero no se había reconocido: un autor sólido, honesto, completo, hacedor de la mejor cronología del sentir popular, del decir anónimo que cobra vida en sus canciones donde todos están retratados.

Guitarrist­a de concierto por igual que monumental ejemplo del mejor rocanrol del mundo, continuado­r del eje mágico, del remolino que comenzó hace décadas y evoluciona con el vaivén del decir popular, del sonido de la alcantaril­la a medianoche, cuando el músico se ve rodeado de noche y de poesía: “ratas aterradas me rodean”.

Jimmy Page convertido en músico de son huasteco, Tom Waits en impensable­s falsetes broncos y serranos, Joan Manuel Serrat aterrizado en la colonia Portales (de Mileto) en lugar del azul Mediterrán­eo.

Cuando a un loco solitario que se planta, aventurado, frente a un público en penumbras tan sólo con una guitarra en mano y el graderío cobra vida y le comienza a completar las estrofas, es porque ese loco solitario no solamente no está solo sino que es un genio, un músico de a de veras, un Prometeo desencaden­ado.

Fue así como Jaime López celebró en el Teatro de la Ciudad, plantado en el proscenio con una guitarra y versos geniales, sus primeros 50 años como músico chilango, fronterizo, tampiqueño, huasteco, jarocho, cholo. Tan universal como lo puede ser todo artista que comprende su pequeña aldea y la retrata íntegra y cabal.

Quede constancia.

Nada más.

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Foto Pablo Ramos ▲ Jaime López se plantó en el proscenio con una guitarra y versos geniales.

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