Gra­cias a Ney­mar

Milenio - Laberinto - - ESCENARIOS - DA­VID TOS­CA­NA dtos­ca­na@gmail.com

El sá­ba­do sa­lí por la Puer­ta Gran­de de la pla­za de to­ros de Las Ven­tas, así co­mo lo hi­cie­ra mi pai­sano Eloy Ca­va­zos en 1972. La gran di­fe­ren­cia es que él iba car­ga­do en hom­bros y ve­nía de rea­li­zar un fae­nón con el to­ro lla­ma­do que fri­sa­ba los seis­cien­tos ki­los. Yo sa­lí por ahí por­que es la sa­li­da na­tu­ral cuan­do uno es­tu­vo sen­ta­do en el asien­to 63, fi­la 6, ten­di­do 7. Y aun­que no iba tan gus­to­so co­mo Eloy Ca­va­zos, sí me ha­bía emo­cio­na­do has­ta el nu­do en la gar­gan­ta con Die­go Ven­tu­ra y el úl­ti­mo to­ro de la tar­de.

Ha­ce tres me­ses es­cri­bí so­bre mi de­cep­ción del fut­bol. La go­ta que de­rra­mó el va­so ha­bía si­do el be­rrin­che de ni­ña­to que hi­zo Ney­mar no sé por qué. En­ton­ces qui­se acer­car­me a un de­por­te, ar­te o es­pec­tácu­lo en que me­jor se mos­tra­ran las vir­tu­des del ser hu­mano.

Ha­llé mu­cho más que eso. El to­reo no es so­lo ac­ti­vi­dad de hom­bres

y mu­je­res va­lien­tes, sino que es­tá ro­dea­do de fi­nas pa­la­bras y mu­cha cul­tu­ra. Hay un abis­mo en­tre los co­men­ta­rios re­ve­la­do­res y el mo­do de ex­pre­sar­se de un to­re­ro, y la cam­pe­cha­nía lle­na de lu­ga­res co­mu­nes de un ba­lom­pe­dis­ta.

Hay un ex­ce­len­te ni­vel de li­te­ra­to en mu­cha gen­te que ha es­cri­to so­bre la fies­ta bra­va. Aquí no ten­go es­pa­cio pa­ra ser ex­ten­so, aca­so ci­to el arran­que del li­bro que aho­ra leo, Tau­ro­ma­quia com­ple­ta, del to­re­ro Fran­cis­co Mon­tes Pa­qui­ro, es­cri­to en 1836: “Ruy, o Ro­dri­go Díaz de Vi­var, lla­ma­do el Cid Cam­pea­dor, fue el que por pri­me­ra vez alan­ceó los to­ros des­de el ca­ba­llo. Es­ta ac­ción, hi­ja del ex­tra­or­di­na­rio va­lor y bi­za­rría de aquel hé­roe, dio ori­gen a un nue­vo es­pec­tácu­lo”. Lue­go agre­ga: “La lucha de to­ros go­za­rá la pre­emi­nen­cia, por ha­ber si­do el más va­lien­te ca­ba­lle­ro es­pa­ñol el pri­me­ro a quien se le vio li­diar­los”.

La tau­ro­ma­quia me lle­vó a re­leer El Cid, co­sa que le agra­dez­co. Y co­mo to­dos los ca­mi­nos me lle­van al Qui­jo­te, he de re­cor­dar que él los en­fren­tó co­mo el más osa­do de los dies­tros: “¡Pa­ra mí no hay to­ros que val­gan, aun­que sean de los mas bra­vos que cría Ja­ra­ma en sus ri­be­ras!”

Más allá de lo que ocu­rra en el rue­do, las lec­tu­ras de tau­ro­ma­quia me han da­do poe­sía, his­to­ria, fi­lo­so­fía, un len­gua­je nue­vo con me­tá­fo­ras fres­cas, un acer­ca­mien­to al cam­po, al to­ro y al ca­ba­llo, a las fies­tas y los ri­tos, ma­ra­vi­llo­sas bio­gra­fías, una bue­na do­sis de mú­si­ca y de ar­te, ex­ce­len­tes recetas y bue­nas con­ver­sa­cio­nes. ¿Quién no se emo­cio­na con el pa­so­do­ble de “El ga­to mon­tés”? ¿Con La tau­ro­ma­quia de Go­ya? ¿Con los poe­mas de Lorca? ¿Con los cuen­tos

_ de He­ming­way? ¿Con un ra­bo de to­ro al vino tin­to?

Qui­zá us­ted es de los que no quie­re ir a los to­ros. Pe­ro créa­me que me­jor siem­pre se­rá leer de to­ros que leer de fut­bol.

¡OLE! Pla­za de to­ros de Las Ven­tas, en Ma­drid.

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