El sus­pi­caz de ofi­cio

Con­tra lo que qui­sie­ran los fa­ná­ti­cos —dís­co­los que se ig­no­ran—, la bue­na fe es un acto de ge­ne­ro­si­dad. No es que sea­mos in­ge­nuos ni gaz­ná­pi­ros por creer en las no­bles in­ten­cio­nes de quien no co­no­ce­mos, sino que de­ci­di­mos apos­tar por ellas

Milenio Laguna - - Al Frente - XA­VIER VELASCO

Pien­sa­malya­cer­ta­rás, re­za el ve­tus­to le­ma del sus­pi­caz de ofi­cio. Sue­le sol­tar­lo con un de­jo de or­gu­llo de­sen­can­ta­do, co­mo dan­do a en­ten­der que ha es­ta­do va­rias ve­ces don­de tú, y co­mo tú es­pe­ró lo me­jor de los otros con el mis­mo can­dor que hoy te ha­ce me­re­cer sus ri­so­ta­das. Or­gu­llo­so del ojo po­li­cial que a su jui­cio acre­di­ta pers­pi­ca­cia, nues­tro ami­go el in­cré­du­lo de­man­da, mi­ra tú, la cre­du­li­dad ple­na de sus oyen­tes. Su ma­la fe bur­lo­na y ter­mi­nan­te ha ele­va­do el re­ce­lo a re­li­gión, de mo­do que quien no des­crea con él tie­ne dos sam­be­ni­tos a es­co­ger: pí­ca­ro o bobo.

Huel­ga de­cir que allí don­de la fe es pre­ci­sa, la pre­sen­cia de un sus­pi­caz de ofi­cio ha­ce las ve­ces de pie­dra en el hí­ga­do. Es el que es­tá de vuel­ta cuan­do uno ape­nas va. Na­da le es más sen­ci­llo que mi­rar­se sa­quea­do, en­ga­ña­do, bur­la­do, y en­ton­ces pro­cla­mar­lo co­mo ver­dad ma­yús­cu­la, pues pa­ra ello le bas­ta con un mí­ni­mo in­di­cio y el res­to se­rá obra de su agu­de­za. De po­co ser­vi­rá in­vi­tar­le a ver una bue­na pe­lí­cu­la o el par­ti­do fi­nal del cam­peo­na­to, si en uno y otro even­to ha­lla­rá la oca­sión pa­ra alum­brar una es­ta­fa pre­sun­ta, o sea se­gu­ra. Se­re­mos unos cré­du­los sin se­so si to­da­vía in­sis­ti­mos en pa­sar­la bien, a pe­sar de esas ne­gras elu­cu­bra­cio­nes que, se­gún juz­ga evi­den­te, dan bri­llo a su ce­ru­men a cos­ti­llas del nues­tro.

Pe­ro si en la ale­gría es pe­so muer­to, hay que ver el es­tor­bo que su­po­ne te­ner que com­ba­tir en la tris­te­za —y aún peor, en la tra­ge­dia— el fue­go ami­go del per­pe­tuo mal­pen­sa­do. Con­tra lo que qui­sie­ran los fa­ná­ti­cos —dís­co­los que se ig­no­ran—, la bue­na fe es un acto de ge­ne­ro­si­dad. No es que sea­mos in­ge­nuos ni gaz­ná­pi­ros por creer en las no­bles in­ten­cio­nes de quien no co­no­ce­mos, sino que de­ci­di­mos apos­tar por ellas. Cier­to es que en el pa­sa­do he­mos per­di­do, pe­ro tam­bién ga­na­do, yo di­ría que las más de las ve­ces, pues por más que se ría el sus­pi­caz de ofi­cio no me sien­to cau­ti­vo de un país ha­bi­ta­do, re­gi­do y so­juz­ga­do por ma­lean­tes, ni en­cuen­tro in­te­li­gen­te pen­sar y ha­cer pen­sar siem­pre lo peor de quie­nes no co­noz­co: una pos­tu­ra a tal ex­tre­mo có­mo­da que en un des­cui­do peca de co­bar­de, pues quien ja­más apues­ta ya ha apos­ta­do a per­der y en­ci­ma lo ce­le­bra.

La creen­cia au­to­má­ti­ca de que to­dos los po­lí­ti­cos — o los bu­ró­cra­tas, o los po­li­cías, o los del otro equi­po— son por fuer­za co­rrup­tos e in­dig­nos de con­fian­za no es más afor­tu­na­da (aun­que tal vez re­sul­te al­go me­nos mez­qui­na) que la que da por san­ta a la ciu­da­da­nía. Ese dog­ma ba­ra­to de que el pue­blo no ro­ba su­po­ne un me­nos­pre­cio re­den­tor equi­va­len­te al de quien ve en los me­xi­ca­nos no más que vio­la­do­res y tra­fi­can­tes. Una ac­ti­tud de su­yo pe­li­gro­sa y es­tú­pi­da, por cuan­to tie­ne de li­ge­ra y ufa­na, cu­yos alcances se ha­cen alar­man­tes en tiem­pos de emer­gen­cia hu­ma­ni­ta­ria.

Na­die pue­de evi­tar que la des­gra­cia lla­me a la ra­pi­ña, pe­ro es aún pre­fe­ri­ble equi­vo­car­se en la con­fian­za que en la ca­lum­nia. Son mu­chas y di­ver­sas las for­mas de ejer­cer ra­pi­ña, ruin­dad y mez­quin­dad en el río re­vuel­to de un enor­me desas­tre, no to­das pa­san por co­mer ca­rro­ña ni se arries­gan al pú­bli­co es­car­mien­to. Irre­me­dia­ble­men­te, abun­da el ca­careo de quie­nes apro­ve­chan la tra­ge­dia pa­ra po­si­cio­nar­se co­mo ca­ri­ta­ti­vos y lle­var agua fres­ca a su mo­lino. Ni mo­do, no es de­li­to, pe­se a ser un des­plan­te tan no­to­rio que de­la­ta su en­tra­ña frau­du­len­ta. ¿Pe­ro igual yo qué sé de lo que pa­sa o no den­tro de la con­cien­cia de un ex­tra­ño? ¿Me ayu­da­ría sa­ber dón­de tra­ba­ja, por quién vo­ta o de quién es ami­go? Cier­to, es un mal mo­men­to pa­ra ser mi­se­ra­ble, pe­ro ha­cer­la de juez a par­tir de pre­jui­cios no pa­re­ce me­jor.

En los días que si­guen a un even­to si­nies­tro y mul­ti­tu­di­na­rio, lo más ló­gi­co es que ca­da cual in­ten­te ha­cer un cor­te de ca­ja. No es­pe­ro, por su­pues­to, que quie­nes se dispu­tan mi apre­cio ciu­da­dano sean cie­gos a la opor­tu­ni­dad de que­dar bien con­mi­go en es­tos días. Ya sea por­que quie­ren mi di­ne­ro, mi vo­to o mi bue­na vo­lun­tad, su pa­pel es ha­cer bien el tra­ba­jo. De na­da, pues, me sir­ve la al­ha­ra­ca in­si­dio­sa del sus­pi­caz de ofi­cio, pa­ra quien no ha­ce fal­ta prue­ba al­gu­na en el em­pe­ño pron­to de con­de­nar al otro por su pu­ra otre­dad.

Nun­ca di­je que to­dos fue­ran ge­ne­ro­sos, ni me creo que sean to­dos zo­pi­lo­tes. Unos y otros tra­ba­jan pa­ra mí, ya sea en el go­bierno o en la opo­si­ción, y muy ca­ros me sa­len pa­ra dar­los de en­tra­da por per­di­dos. Me­nos aún aho­ra, cuan­do más ne­ce­sa­rios re­sul­tan sus es­fuer­zos y hay tan­tos ojos pues­tos en su desem­pe­ño. Si, víc­ti­mas al fi n, nos que­da bien la au­reo­la, me­jor aún ha­ría al­go de bue­na fe. Lo di­ce la can­ción, no son tiem­pos de men­tes sus­pi­ca­ces.

Hay que ver el es­tor­bo que su­po­ne te­ner que com­ba­tir en la tris­te­za —y aún peor, en la tra­ge­dia— el fue­go ami­go del per­pe­tuo mal­pen­sa­do

JA­VIER RÍOS

Pla­za Gi­ra­so­les, en Mi­ra­mon­tes y Cal­za­da del Hue­so, tras el 19-S.

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