Milenio

Todos traemos al diablo adentro

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Por supuesto, no todo mundo estará de acuerdo conmigo. Hay quienes se consideran absolutame­nte puros y suelen ser los peores, porque su principal pecado es la soberbia, que es el peor de ellos. Pensar que uno está más allá del bien y del mal (pensemos en nuestros políticos) es asumir que la pureza nos acompaña y que todo se resolverá eliminando al diablo, de cuyas tentacione­s algunos se sienten indemnes. Así que aquellos que pontifican o señalan con el dedo flamígero al pecador suelen ocultar sus propias debilidade­s y, por eso, su caída es más escandalos­a. Pensemos en esos predicador­es famosos de Estados Unidos que fueron encontrado­s con drogas y prostituta­s. Recordemos a Marcial Maciel, quien se deleitaba penetrando niños o haciendo que lo masturbara­n, drogándose al mismo tiempo que aparecía como un santo ante las familias acomodadas. Eso sí, cumpliéndo­le al papa Juan Pablo II al aportarle vocaciones para su Iglesia. ¿No hay mal que por bien no venga? ¿Por sus frutos los conoceréis? ¿Y cuáles son sus frutos, uno se pregunta: las víctimas y la congregaci­ón? En cualquier caso, creer en el diablo es el complement­o de creer en Dios. Porque el bien no puede existir sin su contrapart­e. De otra manera no tendría sentido su bondad.

¿La respuesta sobre quién es el diablo o qué es el mal depende de cómo se conciba a Dios? Si uno cree que Dios es una persona o alguien que se hizo hombre, lo lógico es que también se piense que el diablo se puede hacer igualmente terrestre y penetrar el cuerpo de una persona. Si uno piensa que Dios anda vigilando personalme­nte la moral de los hombres, entonces es normal que se piense que el diablo también puede traer asuntos personales que resolver. Este papa, que por lo demás parece tan sensato, alguna vez dijo que el proyecto exitoso de legislador­es argentinos para permitir el matrimonio entre homosexual­es era “una movida del diablo”. Luego dijo (y no estaba bromeando) que el diablo no quiere a los mexicanos por ser guadalupan­os. Desde esa perspectiv­a, el exorcismo es lo más natural del mundo y es una buena práctica, comparada a las realizadas por brujos y hechiceros, aceptadas por nuestra secular pluralidad de creencias. Lo cual, de entrada, complica la lucha contra el mal y quiere decir que, hasta para sacarle a uno el diablo, se pretende generar un monopolio. A este paso, habrá que crear una comisión federal de competenci­a religiosa. M

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