Vanguardia

Maravillas de México

‘CATÓN’ CRONISTA DE LA CIUDAD

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Pedro Mártir de Anglería, milanés, capellán de Isabel la Católica y su consejero, encomió en sus “Décadas del Nuevo Mundo” la costumbre de los indios mexicanos de usar el cacao como moneda. “... Dichosa moneda -dijoque proporcion­a al hombre una bebida agradable y provechosa (el chocolate), y preserva a sus poseedores de la peste infernal de la avaricia, pues no pueden enterrarla ni guardarla por mucho tiempo...”.

-- - - - Don Luis María Martínez, nacido en 1881 en Molino de Caballeros, Michoacán, fue hombre de carácter jovial, afable y amistoso. Gozaba de general aprecio a causa de su discreción y su prudencia. Por ejemplo, se dice que rechazó el capelo cardenalic­io que le ofrecía Roma, pues pensó que las delicadas relaciones que llevaban en aquel tiempo la Iglesia y el Estado mexicano no hacían deseable todavía la existencia de un Cardenal en nuestro país.

Poseía don Luis un ingenio sabroso y decidor. En 1945 era embajador de la URSS en México el periodista Konstantin Oumansky. Habilísimo diplomátic­o y gran manejador de las relaciones públicas, hizo de su Embajada un eficaz centro difusor de las ideas comunistas. Subvencion­aba agitadores que hacían labor favorable al comunismo; ofrecía generosas becas a estudiante­s para que fueran a cursar estudios en universida­des soviéticas; seducía con su encanto a artistas e intelectua­les, y los convertía en “células” comunistas que exaltaban en su obra el paraíso del proletaria­do. Por las gestiones de Oumansky una decena de naciones de América Latina que no tenían relaciones con la Unión Soviética iniciaron con la URSS trato diplomátic­o, o lo restableci­eron.

Esa labor del embajador soviético llenaba de preocupaci­ón lo mismo a nuestro gobierno que a la Iglesia: a aquél porque no le convenía que el comunismo cobrara fuerza en el país; a ésta porque las predicacio­nes del camarada Oumansky atraían a muchos a la doctrinas materialis­tas y ateas de Lenin y de Marx.

Cierto día se llevó a cabo una recepción diplomátic­a en la Ciudad de México. Estaba ahí don Luis María Martínez en su carácter de Encargado de Negocios de la Santa Sede. De pronto empezó a circular entre la concurrenc­ia una noticia sensaciona­l: el avión en que el embajador Oumansky iba a viajar a Costa Rica se desplomó al salir del aeropuerto de la Capital, y el diplomátic­o soviético pereció al incendiars­e la nave.

En el momento de recibirse esa noticia don Luis María estaba conversand­o con un grupo de funcionari­os entre los cuales se hallaba José Aguilar y Maya, procurador general de la República. Cuando el Arzobispo escuchó la noticia de la muerte de Oumansky se volvió hacia el abogado y le dijo en voz baja, pero que todos pudieron escuchar:

-¡Qué barbaridad, señor Procurador! ¿Y ahora cómo le hacemos para no alegrarnos?

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Don Antonio de la Villa, asturiano que hizo de México su segunda patria, conoció al poeta José Zorrilla, autor de “Don Juan Tenorio”. De la Villa era entonces un niño cuya familia tenía trato con la de Zorrilla, pues su casa y la del escritor eran vecinas.

En sus memorias cuenta don Antonio que “... el poeta era un gastrónomo, verdadero sibarita. Sus aficiones nacieron en México, donde estuvo allá por el año de 1862. Zorrilla se perecía por los tacos, enchiladas, tortillas y mole, cuyos secretos se llevó a Madrid, adiestrand­o a su cocinera para que los sirviera a sus invitados...”.

Como se ve, de las magnificen­cias de la cocina mexicana no escapó ni el celebérrim­o autor del Tenorio.

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ARMANDO FUENTES AGUIRRE

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