Metro Puerto Rico

UNA VERDADERA BESTIA

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Resultaba imposible permanecer indiferent­e al escuchar aquel testimonio. Una mujer de 63 años que llegó a Puerto Rico de manera ilegal procedente de su natal República Dominicana narraba a la compañera Yesenia Torres Figueroa, de Noticentro, su pesadilla.

La mujer había arribado a las costas de Añasco hace unos días en una “yola” junto a otros compatriot­as. Al llegar a tierra, el resto desembarcó y huyó a una zona boscosa cercana. La mujer no pudo correr tanto como ellos y, según cuenta, mientras caminaba, un hombre armado de un machete la obligó a acompañarl­o. Si su travesía en una embarcació­n rústica a Puerto Rico o su historia personal de pobreza no habían sido suficiente infierno, lo que estaba por acontecer superaría cualquier horror previo. La mujer asegura que el hombre la mantuvo cautiva, sin contacto con nadie y amordazada en su casa, desde donde solicitó a sus conocidos en la isla y sus familiares en Quisqueya un rescate económico. El hombre consiguió que se le hicieran llegar 400 dólares, pero antes ya había sometido a la mujer a horrores inimaginab­les.

Según contó a Noticentro y el lunes detalló en Dígame la verdad, por Radio Isla 1320, el hombre le torturó con un cuchillo. Pero no solo eso. Le propinó una golpiza que obligó que recibiera atención médica. Además, le manoseó y violó en múltiples ocasiones. Incluso, según la mujer, el individuo puso a un perro a olfatear sus partes privadas. “Yo le decía: ‘Yo puedo ser su madre’. Pero a él no le importaba. Le decía a mi familia: ‘Si no me mandan los chavos, voy a matar a su hija’. Yo estaba asustada(...) Entonces, el ponía el perro a que me oliera mis partes”, narró entre sollozos. “Eso es lo que me duele. Me siento sucia. El me tocaba y me volteaba boca abajo. Me pegaba el cuchillo.

‘Si no te pones mi pene en la boca, ya verás lo que te voy a hacer’”, contó la mujer. Una verdadera bestia. Ese hombre ha sido identifica­do por las autoridade­s como Héctor José Sánchez Morales. El individuo fue arrestado, encarcelad­o y el lunes presentado ante las autoridade­s federales para la radicación de cargos en su contra.

El caso de esta mujer no solo nos lleva a visibiliza­r su historia personal, sino, más importante aún, a visibiliza­r, a través de ella, un problema que parece ser más común de lo que sabemos o queremos admitir: la trata humana. Según organizaci­ones como el Comité Dominicano de Derechos Humanos o la Fundación Ricky Martin, la trata —en sus diversas manifestac­iones— es un problema común en Puerto Rico. Para el portavoz del Comité (organismo que denunció el caso de la mujer en Añasco) es práctica común traer adolescent­es inmigrante­s sin papeles desde República Dominicana para luego ser empleadas como prostituta­s en burdeles locales. La Fundación también ha podido documentar casos de prostituci­ón en los que los proxenetas son los padres de menores de edad. También se ha evidenciad­o la utilizació­n de obreros sin documentos en industrias agrícolas para garantizar­se mano de obra barata o sin paga entre migrantes que —por miedo a ser deportados— no denuncian la situación ante la Policía.

Pero a pesar de que todo esto es cierto, la pregunta es: ¿Procesan con la premura debida este tipo de casos las autoridade­s locales? O, tal vez, más importante aún, ¿son estos casos finalmente procesados como correspond­e o son tipificado­s como cualquier otra cosa, excepto como trata humana?

Con la intención de descubrir las respuestas a esas preguntas, la senadora Zoé Laboy radicó una resolución de investigac­ión. Y es que, según los estudios de la Fundación Ricky Martin, la trata, la reconozcam­os o no, convive con nosotros y se aprovecha de nuestra falta de interés y de la indiferenc­ia de las autoridade­s. Quizá usted conoce de un caso de trata, pero no reconoce que lo sea. Desde el menor que es utilizado en el punto cerca de su casa como empleado, hasta la dueña del hogar sustituto del Departamen­to de la Familia que usa a los niños a su cargo para echarse par de pesos al bolsillo pero los mantiene desatendid­os. Así que, para poder combatir este enemigo común, es preciso que aceptemos la existencia del problema y que estemos vigilantes.

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