UN GRA­VE ERROR EN EL AMOR

De­jar de ser uno mis­mo pa­ra con­quis­tar a al­guien no pro­du­ce bue­nos re­sul­ta­dos

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Hay mu­je­res que pien­san que con­se­guir un buen par­ti­do es mi­sión im­po­si­ble. Pe­ro la reali­dad es que con­quis­tar a un hom­bre es sim­ple y es­tá al al­can­ce de cual­quier mu­jer. Es de­cir, lo­grar que un ca­ba­lle­ro pon­ga sus ojos en ti es fá­cil, y mu­chas ve­ces sin nin­gún es­fuer­zo lo “em­bo­bas”. Pe­ro el gran re­to es ¡man­te­ner­lo enamo­ra­do!

Cuán­tas ve­ces te ha pa­sa­do que em­pie­zas a sa­lir con un mu­cha­cho que pa­re­ce es­tar sú­per en­tu­sias­ma­do con­ti­go, pe­ro re­pen­ti­na­men­te pier­de el in­te­rés y se des­apa­re­ce co­mo por ar­te de ma­gia. “¿Có­mo es po­si­ble que me ha­ya de­ja­do, si to­do iba tan bien?”, te pre­gun­tas des­con­cer­ta­da.

Re­fle­xio­na y te da­rás cuen­ta que de­trás de cual­quier fra­ca­so amo­ro­so exis­te siem­pre una ex­pli­ca­ción.

Si te po­nes a in­da­gar pro­fun­da­men­te cuál fue el fa­llo, te ga­ran­ti­zo que en mu­chos ca­sos la mu­jer co­me­tió uno de los erro­res más gra­ves en el amor: ¡dar de­ma­sia­do! En otras pa­la­bras se des­vi­vió por él; cam­bió sus pla­nes pa­ra es­tar dis­po­ni­ble ca­da vez que la lla­ma­ba, mo­di­fi­có su com­por­ta­mien­to con tal de no eno­jar­lo, re­sol­vía cual­quier pro­ble­ma que él tu­vie­ra, y has­ta de­jó de ha­cer ejer­ci­cios con tal de pa­sar más tiem­po con ese hom­bre. ¡Qué ho­rror!

Un hom­bre va­lo­ra a una mu­jer cuan­do tie­ne que es­for­zar­se pa­ra con­quis­tar­la. Cuan­do él sa­be que te tie­ne a sus pies, la emo­ción se aca­ba y el in­te­rés por ti dis­mi­nu­ye.

Por es­ta ra­zón un ca­ba­lle­ro nun­ca de­be sen­tir que te con­quis­tó al 100%, siem­pre de­be te­ner la in­se­gu­ri­dad de que si se por­ta mal, lo vas a de­jar.

Una vez re­co­no­ce que no tie­nes mie­do a es­tar so­la y que pue­des con­ti­nuar tu vi­da sin él, sien­te un gran res­pe­to y ad­mi­ra­ción por ti. La cua­li­dad que pro­vo­ca más in­te­rés en ellos es sa­ber que una mu­jer tie­ne sus pro­pias me­tas y que su fe­li­ci­dad no de­pen­de de nadie.

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