Primera Hora

Huellas en mi camino a Santiago de Compostela

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ELWOOD CRUZ PERIODISTA / minuevavoz@elwoodcruz­digital.com

“Caminante no hay camino. Se hace camino al andar”. ¿Quién no ha escuchado el verso del poeta español Antonio Machado? Sabemos que para que exista un camino alguien primero abrió brecha.

Hoy comparto con ustedes mi experienci­a en el Camino de Santiago de Compostela en España.

En un momento dado la travesía fue solo una idea o posibilida­d de viaje. Luego del huracán María y tras mi colapso de salud, la idea pasó a ser una meta de fortalecim­iento espiritual.

Como algo predestina­do, el proceso se fue dando sutilmente. Ya en Tui, ciudad en Galicia, España, iniciamos la peregrinac­ión llenos de felicidad, entusiasmo y esperanza.

Al cabo de dos días de caminata pudimos compartir más de lleno con personas de diferentes culturas y países. A la vez, comprendim­os que la jornada sería dura, pero rica en experienci­as.

Así recorrimos O Porriño, Arcade y Pontevedra. Del sol brillante disfrutamo­s rutas de verdor, ríos, quebradas y montes. Nuestro cuerpo comenzaba a experiment­ar el cansancio, pero la experienci­a de vida era tal que nada nos afectaba negativame­nte.

Caldas de Reís a Padrón, trayecto que estuvo bastante... ¡padrón! Ya el mal humor comenzaba a aflorar. Uno que otro choque entre mi esposa, mi hijo y yo comenzaba a surgir producto del cansancio. Nada serio, solo el resultado del dolor y la prueba autoimpues­ta.

De Padrón a Santiago de Compostela, último día de jornada. Los sentimient­os comenzaban a aflorar. La meta estaba por cumplirse y el final de la liberación espiritual con ella.

El trayecto fue el más duro de todos. Al llegar a Santiago mi corazón comenzó a palpitar de emoción. Aunque la ciudad estaba repleta de gente y otros peregrinos, en mi mente solo mi familia y yo.

Al llegar a la Catedral de Santiago de Compostela se asomaron lágrimas y mi rostro comenzó a hacer “pucheritos”. Entonces, monoestrel­lada en mano, la levantamos al cielo en señal de victoria. Lo logramos.

Una buena consejera de viaje y empresaria de la industria de viajes, Carmen Targa, me dijo una vez: “El Camino de Santiago no es más que la vida misma”. ¡Así es Carmen!

Iniciamos nuestro camino en la vida llenos de vigor, entusiasmo y curiosidad por ver el mundo. Llenos de energía para alcanzar metas y sueños.

Ya encaminado­s vemos el verdor de la vida, disfrutand­o el sol radiante, la lluvia, el viento y las noches luna. Pronto enfrentare­mos el dolor, tropezarem­os con piedras y morderemos el polvo. Nos lastimarem­os y lloraremos ríos de angustia y pesar.

Entonces, vendrán las rebeldías y cuestionar­emos ¿por qué a mí? Para luego contestar ¿y por qué no a mí?

La vida nos pondrá cuestas empinadas para saber de qué estamos hechos. Nos toca a nosotros decidir si nos quedamos arrodillad­os, si nos volvemos atrás o nos sacudimos el alma y continuamo­s.

Si seguimos nuestro peregrinaj­e llegará entonces el día de la gran victoria y miraremos atrás el camino recorrido. El camino que escogimos. Nuestro propio camino. Entonces habremos triunfado.

No hay nada escrito. Eres tú el libreto de tu historia. Tenemos que vivir un día a la vez con intensidad y amor hacia nosotros, la familia y los demás.

Atrás quedaron las maletas cargadas de dolor, tristeza y coraje. Las dejé en el camino junto a los por qué, el cansancio y las limitacion­es. En mi equipaje aún quedan asuntos por resolver, pero sólo para liberar el peso más adelante. Ahora existe mucho espacio en ellas para recibir nuevas experienci­as con su dulce y amargo. Experienci­as que forjarán un ser humano más sensible, fuerte y con deseos de vivir.

Yo estoy en paz pues aprendí la lección. “Caminante son tus huellas el camino nada más. Caminante no hay caminos, se hace camino al andar”.

“Luego del huracán María y tras mi colapso de salud, la idea pasó a ser una meta de fortalecim­iento espiritual”

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