Un hi­jo de Gu­ta

ABC - Alfa y Omega Madrid - - La foto - Pe­dro J. Ra­ba­dán

Es un an­ge­li­to. Ca­si has­ta pro­vo­ca una son­ri­sa si no fue­ra por el dra­ma que re­pre­sen­ta esta fo­to­gra­fía. Una ins­tan­tá­nea que ha da­do la vuel­ta al mun­do y que es im­po­si­ble que no emo­cio­ne al quien se ha­ya to­pa­do con ella esta se­ma­na en cual­quier pe­rió­di­co o pá­gi­na web. El pe­que­ño cu­yo nom­bre des­co­no­ce­mos duer­me aco­mo­da­do en una ma­le­ta de piel. Ni tan si­quie­ra los ra­yos del sol per­tur­ban su sue­ño inocen­te. Quien sa­be, qui­zás lleve no­ches sin po­der des­can­sar por el rui­do de las bom­bas o por el llan­to de quie­nes han per­di­do to­do, in­clui­dos a se­res que­ri­dos. Le cuel­gan los bra­zos, como si fue­ran dos asas más. Pa­ra que no se ba­lan­cee y se cai­ga, le han apre­ta­do a ca­da la­do las cre­ma­lle­ras de la bolsa. Y así sue­ña. Con co­sas de ni­ños. A lo me­jor con ju­gar a la pe­lo­ta, con co­mer­se un helado o con al­gún per­so­na­je de cuen­to. Lo que desea quien le lle­va es que, por lo me­nos, al des­per­tar ha­ya ter­mi­na­do la pe­sa­di­lla. Esa que pa­re­ce no ce­sar. Esa que se re­pi­te ca­da día y ca­da no­che des­de ha­ce ya sie­te años.

Ha pa­sa­do un mes del ini­cio de la salvaje ofen­si­va con­tra Gu­ta, en Si­ria, bas­tión de los opositores. Tan­tos bom­bar­deos y tan­tas muer­tes que los te­le­dia­rios se han can­sa­do de ha­cer­se eco por­que pa­re­ce que es con­tar la mis­ma no­ti­cia ca­da día. Como si ca­da víc­ti­ma fue­ra igual. Como si hu­bié­ra­mos acep­ta­do la ma­sa­cre como al­go nor­mal que no in­tere­sa. Por pri­me­ra vez en esos 30 días, mi­les de ci­vi­les pu­die­ron huir de la muer­te a tra­vés del co­rre­dor de Ha­mu­ri­ya. Una puer­ta a la es­pe­ran­za que se abría y que ha­bía que apro­ve­char con ce­le­ri­dad. No da­ba tiempo a lle­nar la ma­le­ta de ro­pa, re­cuer­dos o uten­si­lios va­lio­sos. Ha­bía que de­jar to­do atrás, y es­te hom­bre de mano re­cia tu­vo la idea de me­ter en su ma­le­ta la mer­can­cía más pre­cio­sa y más va­lio­sa que una per­so­na pue­de te­ner: su hi­jo. Lo ma­te­rial se que­da en la ciu­dad de­vas­ta­da; en esa ma­le­ta se lle­va la vi­da, los sue­ños y la es­pe­ran­za de un fu­tu­ro fe­liz. To­do, jun­to a ese pe­que­ño na­ci­do en una ciu­dad que qui­zás no vea nun­ca más. Un hi­jo de Gu­ta.

Des­de el 18 de fe­bre­ro han muer­to 1.401 per­so­nas, en­tre ellas 276 me­no­res de edad y 174 mu­je­res, se­gún el Ob­ser­va­to­rio Si­rio de De­re­chos Hu­ma­nos. «¡To­do es­to es in­hu­mano! No se pue­de com­ba­tir el mal con otro mal. ¡Y la gue­rra es un mal», cla­ma­ba el Pa­pa ha­ce po­cos días. Francisco ha­cía un lla­ma­mien­to al ce­se de la vio­len­cia, a que se per­mi­tie­ra el ac­ce­so de ayu­da hu­ma­ni­ta­ria y la eva­cua­ción de he­ri­dos y en­fer­mos. Esa ven­ta­na se ha abier­to y ya han re­co­rri­do el ca­mino de hui­da de Gu­ta 73.000 per­so­nas. En la pla­za de San Pe­dro, el San­to Pa­dre pi­dió a los fie­les un ave­ma­ría. Eso pi­de a los cris­tia­nos: re­zar por Si­ria. Pe­ro pa­ra ello, pri­me­ro de­be­mos te­ner pre­sen­te lo que allí ocu­rre (pe­se al si­len­cio de los me­dios de co­mu­ni­ca­ción) y no de­jar esta ma­le­ta en el tras­te­ro co­gien­do pol­vo jun­to a las co­sas ol­vi­da­das.

CNS

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