Griez­mann hi­zo de Luis

Su­yo fue el pri­mer gol de la historia del Wan­da Me­tro­po­li­tano El Atleti es­tre­nó su es­ta­dio con vic­to­ria an­te el Má­la­ga Oblak evi­tó el 1-1 en el 89'

AS (Aragon) - - Tema Del Día - PA­TRI­CIA CAZÓN

Eran las 20:30 cuan­do, so­bre la cú­pu­la, la Pa­tru­lla Águi­la pin­ta­ba con sus avio­nes el cie­lo de Atlé­ti­co de Ma­drid. De­ba­jo, ca­si todas las si­llas es­ta­ban ya ocu­pa­das. La gen­te mi­ra­ba, no po­día de­jar de mi­rar. Aquí, allá, mar­ca­do­res, cés­ped. Mien­tras, se apre­ta­ba fuer­te la bu­fan­da al cue­llo. Por­que ayer era un día de po­ner­se la ca­mi­se­ta como se po­ne una cor­ba­ta. Con ce­re­mo­nia. Día todo lleno de pri­me­ras ve­ces. Por­que na­cía una vi­da, la de un es­ta­dio. Los pa­dres que eran hi­jos ha­ce 51 años aho­ra eran abue­los lle­van­do a un nieto de la mano, pi­san­do el Wan­da Me­tro­po­li­tano.

La historia con­ta­rá que el pri­mer día de es­te es­ta­dio era de cie­lo cla­ro aun­que pri­me­ras cha­que­tas, na­da que ver con la ma­ña­na plo­mi­za, a ra­tos llu­via, a ra­tos no, en la que co­men­zó el Cal­de­rón. Tam­po­co en la gen­te. So­bre todo en eso no: si en­ton­ces, allí, en el Man­za­na­res es­ta­ban só­lo 20.000, esta mu­dan­za la hi­cie­ron todos. Los 55.000 del Cal­de­rón y otros 13.000, 68.000, afo­ro com­ple­to. Era muy pron­to, por la ma­ña­na, cuan­do el ro­ji­blan­co em­pe­zó a ro­dear sus mu­ros, con esa gra­da una vez lla­ma­da Pei­ne­ta aho­ra Gra­do­na. Ha­bía gen­te por todas par­tes. El Me­tro, la ca­lle Ni­za, al­re­de­do­res. Gen­te po­nién­do­le sus nom­bres a esa ro­ton­da, a ese ban­co, a es­te bar, a esta puer­ta. Gen­te y sel­fies, mu­chos sel­fies. La ne­ce­si­dad de ha­cer fo­tos para re­cor­dar que es­to se vi­vió, que se es­ta­ba en es­te co­mien­zo, el del Wan­da Me­tro­po­li­tano.

Den­tro sue­na Thun­ders­truck, de AC/DC, la mú­si­ca de an­tes de los par­ti­dos del Cal­de­rón. Fue­ra la gen­te ha­ce co­la y mi­ra por las ren­di­jas. Mi­ran y ex­cla­man. Qué cam­po, qué cam­po. A las 20:00 lo pi­san por primera vez. Có­mo sue­na, su eco. El Atleee­ti

Atleee­ti tan al­to. So­bre el cés­ped ya es­tá tam­bién el es­cu­do. Ese pin­ta­do, el que no se pi­sa.

El Fon­do Sur fue el pri­me­ro en lle­nar­se. Eso tam­bién lo con­ta­rá la historia. Que a las 20:08 ya to­ma­ba su voz los rin­co­nes del es­ta­dio con su Ale, ale, alee in­fi­ni­to. Bu­fan­das, ban­de­ras al ai­re. Los ju­ga­do­res que sa­len, por vez primera, el pri­mer on­ce, historia ya. Oblak; Juan­fran, Go­dín, Lu­cas, Fi­li­pe; Ko­ke, Ga­bi, Tho­mas, Saúl; Griez­mann y Co­rrea. Sue­na el himno, mó­vi­les en al­to, la piel de ga­lli­na, el ba­lón rue­da. Por­que son las 20:46 y lo que le fal­ta­ba al es­ta­dio ya es­tá tam­bién. El fút­bol. Por­que en esta historia hay un ri­val, el Má­la­ga, y otro prin­ci­pio: ese con el que co­mien­zan los gran­des re­la­tos de fút­bol. Un sil­ba­to. Piii, piii.

Fút­bol. Mien­tras la afi­ción iba pre­sen­tán­do­se a sus ve­ci­nos de asien­to, el par­ti­do co­men­zó como si los ju­ga­do­res tam­bién qui­sie­ran ir ga­nán­do­se me­tro a me­tro su hier­ba. Los pri­me­ros tí­mi­dos, los se­gun­dos sin en­con­trar ca­mi­nos a Ro­ber­to. Qui­zá aún ra­ros de po­ner­le a las cosas su nom­bre por vez primera. El pri­mer cór­ner, Ko­ke. El pri­mer dis­pa­ro, Co­rrea. Las pri­me­ras go­tas de su­dor de su historia ya caían so­bre la hier­ba de es­te es­ta­dio, aun­que los dos equi­pos ju­ga­ran en ho­ri­zon­tal, como si Oblak y Ro­ber­to no hu­bie­sen si­do in­vi­ta­dos a la fies­ta.

El fút­bol ro­mo del Atleti a ve­ces en el Cal­de­rón tam­bién se ha­bía mu­da­do. Só­lo Co­rrea al­bo­ro­ta­ba an­te un Má­la­ga só­li­do atrás y a pun­to de mor­tal en una con­tra. La co­rrió Bas­tón y ca­si lo­gra eso que la gra­da so­ña­ba. El pri­mer gol de un can­te­rano.

Pe­ro no así. No su­yo, con una ca­mi­se­ta ri­val. Lo evi­tó Oblak. Oblak y su guan­te. Ese pri­mer gol ten­dría acen­to fran­cés y pe­lo ru­bio.

Cuan­do lle­gó ya era la se­gun­da par­te y Ca­rras­co ha­bía en­tra­do para vol­car el juego ha­cia Ro­ber­to. Le pa­ró a Ko­ke, le pa­ró a Saúl, pe­ro lle­gó Gri­zi, que pa­re­cía no es­tar, y un dis­pa­ro, uno solo, le bas­tó para ha­cer ese gol, el pri­me­ro de es­te es­ta­dio, como hi­cie­ra Luis en el Cal­de­rón. Todo em­pe­zó en Co­rrea, que co­rre, que cen­tra. Gri­zi es­pe­ra en el co­ra­zón del área con la de­re­cha pre­pa­ra­da. Es­pe­ra y re­ma­ta. Su ca­pa nun­ca des­can­sa. Red es­tre­na­da. Ro­lán no pu­do con la de Oblak en el 89'. Otra de sus san­tas ma­nos de­ja­ron en vic­to­ria es­te prin­ci­pio.

Piii. Cuan­do ese sil­ba­to vol­vió a so­nar, aho­ra a fi­nal, hu­bo es­ca­lo­frío general. De re­pen­te una sen­sa­ción, ser cons­cien­te de que no se vol­ve­rá a sen­tir el frío del río. Que eso que fue tan­tas ve­ces, el Cal­de­rón, no vol­ve­rá a su­ce­der. Pe­ro es­ta­te tran­qui­lo, vie­jo: el Wan­da Me­tro­po­li­tano guar­da­rá bien tu le­ga­do. En su gran­de­za tam­bién es­tá la tu­ya. Siem­pre.

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