Wi­lliams da la pun­ti­lla a un Vi­lla­rreal en­tre­ga­do

Pa­seo del Ath­le­tic an­te un ri­val re­ple­to de su­plen­tes

AS (Las Palmas) - - VILLARREAL-ATHLETIC - ALFREDO MA­TI­LLA

El Ath­le­tic ya es­tá en cuar­tos sin su­frir como pre­su­mía. Dio con­ti­nui­dad a su ex­cep­cio­nal se­gun­do tiem­po de la ida y so­me­tió a un ver­da­de­ro mar­ti­rio a los su­plen­tes del Vi­lla­rreal a ba­se de or­den, per­so­na­li­dad y una pre­sión per­fec­ta de la que ja­más pu­die­ron sa­lir. Apo­ya­do en su su­pe­rio­ri­dad, y con los com­ple­jos del ad­ver­sa­rio, se bas­tó de una ju­ga­da en­tre La­por­te y Wi­lliams pa­ra sen­ten­ciar en el pri­mer tiem­po y evi­tar que Mar­ce­lino so­ña­se y se ani­ma­se a mo­ver un ban­qui­llo re­ple­to de ta­len­to. El pa­se del cen­tral re­su­me su va­lía. El con­trol y la de­fi­ni­ción del de­lan­te­ro jus­ti­fi­can su ex­plo­sión.

El plan de Val­ver­de sa­lió per­fec­to, mien­tras que el de Mar­ce­lino, mar­ca­do por el tre­men­do res­pe­to al fu­tu­ro en la Li­ga (cuar­to) y en Eu­ro­pa (es­pe­ra el Ná­po­les), sal­tó por los ai­res: su equi­po, más que pa­sar­se el ba­lón se lo qui­tó de en­ci­ma. Es­te Ath­le­tic es co­sa se­ria. El pri­mer tiem­po fue un com­ple­to ejer­ci­cio de im­po­ten­cia pa­ra el Vi­lla­rreal. Dis­pa­ro po­co y mal. La­por­te y Et­xei­ta se co­mie­ron a Bap­tis­tao, con­fun­di­do (ca­si mar­ca en su por­te­ría), y a Sa­muel, de­su­bi­ca­do. Itu­rras­pe y Be­ñat mar­ca­ron el rit­mo. Mien­tras que Adu­riz y Wi­lliams sem­bra­ron el mie­do.

Buen plan Val­ver­de or­de­nó una pre­sión que acom­ple­jó a su ri­val y le de­ses­pe­ró

Mis­ma tó­ni­ca. Tras el des­can­so, Mar­ce­lino agi­tó el ban­qui­llo, pe­ro si­guió sin to­car a los que des­equi­li­bran ( Bruno y Ba­kam­bu). Y así, fue di­fí­cil. Só­lo con el ner­vio de Cas­ti­lle­jo no va­lía: ni una oca­sión has­ta el 82’ pa­ra son­ro­jo de los que pi­den más mi­nu­tos. El Ath­le­tic si­guió a lo su­yo, ali­via­do sin ame­na­zas. Si al­guien me­re­ció más fue él. Pre­sio­nó, dio pau­sa tras la re­cu­pe­ra­ción, do­si­fi­có pa­ra Bar­ce­lo­na e in­ten­tó sa­lir lo me­nos ma­gu­lla­do po­si­ble de las an­ti­de­por­ti­vi­da­des de Bailly. Un cen­tral con gran­des con­di­cio­nes ( jue­ga mer­ma­do por un hom­bro) que si no co­rri­ge su anar­quía (fa­lló en el gol) y su ma­la ca­be­za (pi­so­tón y ro­di­lla­zo a Adu­riz), aca­ba­rá por des­en­to­nar en un equi­po or­de­na­do y en un club mo­de­lo.

GO­LA­ZO. Así ce­le­bró Wi­lliams el úni­co tan­to de un par­ti­do ma­lo, brus­co y sin mu­chas oca­sio­nes.

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