To­do abier­to pa­ra la vuel­ta

Em­pa­te sin go­les: el Calderón de­ci­di­rá se­mi­fi­na­lis­ta El Cel­ta re­cla­mó pe­nal­ti en una mano de Tho­mas, in­vo­lun­ta­ria, en el 90’ Si­gue la mal­di­ción del ‘9’

AS (Las Palmas) - - CELTA-ATLÉTICO DE MADRID - P ATRICIA CA­ZÓN REPORTAJE GRÁFICO JE­SÚS AGUI­LE­RA, LALO R. VI­LLA Y SALVADOR SAS

Si uno quie­re ver go­les, no se­rá en un par­ti­do del Atlé­ti­co, que es al fút­bol como El pe­rro del Hor­te­lano a la vi­da: ni mar­ca ni de­ja mar­car. Y eso, en re­su­men fue lo que pa­só ayer en Ba­laí­dos: mu­cha in­ten­si­dad pe­ro ce­ro go­les. El Calderón de­ci­di­rá se­mi­fi­na­lis­ta de Co­pa en una semana.

El par­ti­do de ayer a Si­meo­ne no le gus­tó en nin­gún mo­men­to. Lo iba con­tan­do su ca­ra en el ban­qui­llo mi­nu­to a mi­nu­to, con la pre­ci­sión de un re­loj sui­zo. En el 9’ ya mo­vía la ca­be­za en un ges­to de ne­ga­ción. Y eso que ayer no se de­jó a ti­tu­la­res en el ban­qui­llo. Ayer el Cho­lo ca­si sa­lió con to­do. Los Griez­mann, Ga­bi, Go­dín y com­pa­ñía. De su on­ce ti­po só­lo fal­ta­ban Oblak, Juan­fran y po­co más. La Co­pa sin el Ma­drid es el ca­mino más rec­to a Nep­tuno y el Cho­lo la quie­re. El problema es que Be­riz­zo tam­bién y tam­po­co se re­ser­vó a na­die. Eso con­vir­tió el par­ti­do en un in­ter­cam­bio de gol­pes. Los dos pri­me­ros los dio el Atlé­ti­co gra­cias al ím­pe­tu de Fi­li­pe y de Ca­rras­co por la iz­quier­da: una vez uno de los cen­tros del belga en­con­tró a Jack­son (que en­vió su re­ma­te al ai­re) y, otra, el ba­lón se pa­seó por el área sin que a Griez­mann ni a Ko­ke les die­ra tiem­po a lle­gar. Pe­ro, en ese tiem­po, el Cel­ta tam­bién ha­bía te­ni­do una ya, con un dis­pa­ro de Gui­det­ti que blo­có Mo­yá (im­pe­ca­ble, se­gu­rí­si­mo to­da la no­che) que de­jó una cer­te­za: ca­da vez que Ore­lla­na, As­pas y Gui­det­ti trian­gu­la­ban era alar­ma ro­ja.

El par­ti­do en­ton­ces era pu­ra elec­tri­ci­dad. Só­lo fal­ta­ba el gol. Los gol­pes vo­la­ban en las dos áreas, con un Jack­son que, has­ta aho­ra, no se ha­bía vis­to en el Atlé­ti­co. Se re­vol­vió, pe­leó y a ra­tos has­ta se le vio ca­brea­do, como si hu­bie­ra co­gi­do al des­tino de la pe­che­ra y le hu­bie­ra di­cho: “Voy a ha­cer go­les aquí sí o sí”. Ayer no los hi­zo tam­po­co pe­ro al me­nos es un cam­bio. El chi­co tie­ne san­gre.

En el área con­tra­ria, Gui­det­ti mos­tra­ba que, ba­jo su ai­re sue­co, bu­llen sus orí­ge­nes ita­lia­nos y bra­si­le­ños, obli­gan­do una y otra vez al Atlé­ti­co a ti­rar de la me­jor de sus vir­tu­des: su de­fen­sa in­fran­quea­ble y to­do el cam­po que abar­ca Go­dín. El cen­tral vol­vió a ha­cer un par­ti­do ma­yúscu­lo, ba­rrien­do to­do ata­que del Cel­ta. Pe­ro en el mi­nu­to 42 la ca­ra de Si­meo­ne se­guía sien­do la del 9’ mien­tras le da­ba ins­truc­cio­nes a Co­rrea en el ban­qui­llo. Su ges­to con­traí­do vol­vía a con­tar qué pa­sa­ba so­bre el cés­ped. Y lo que ocu­rría era que el Cel­ta es­ta­ba me­jor y ca­si lo cer­ti­fi­ca con un dis­pa­ro de Pa­blo Hernández que de­tu­vo Mo­yá.

Al ini­cio de la se­gun­da par te al­go cambió sin que cam­bia­ran aún los ju­ga­do­res: los pri­me­ros tres mi­nu­tos fue­ron del Atlé­ti­co. Tres cór­ners, dos re­ma­tes de ca­be­za (Sa­vic y Go­dín) y un la­ti­ga­zo de Jack­son en­ve­ne­na­do a la ba­se del pos­te que sa­có Ru­bén por los pe­los. Un mi­nu­to des­pués Mo­yá se iba al sue­lo pa­ra atra­par un dis­pa­ro ra­so de As­pas. Vol­vía a cre­cer el Cel­ta y vol­vía a apa­gar­se el Atlé­ti­co por­que ayer Griez­mann, per­di­do en la­bo­res de­fen­si­vas, no era ni chu

vis­ca (llu­via fina). En el 59’ Co­rrea en­tra­ba por Jack­son pe­ro es­ta­ba vez los cam­bios del Cho­lo no cam­bia­ron na­da y el par­ti­do aca­bó 0-0 pe­ro pu­do ser un 0-1 por­que en el 88’ Au­gus­to no se en­ten­dió con Mo­yá y ca­si mar­ca un gol en pro­pia me­ta (sal­vó Ga­bi, en la lí­nea, des­pués de una ca­rre­ra que ni el mis­mí­si­mo Bolt le ha­bría ga­na­do) y dos mi­nu­tos des­pués el ár­bi­tro pu­do pi­tar pe­nal­ti por una mano de Tho­mas en el área que fue, in­vo­lun­ta­ria, pe­ro fue. Jus­to en ese mo­men­to co­men­zó a llo­ver en Ba­laí­dos, una llu­via fina que fue como el par­ti­do, de esas que mo­les­tan pe­ro nun­ca ter­mi­nan de em­pa­par.

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