Ja­vier Cá­ma­ra “El com­po­nen­te dra­má­ti­co de Cris­tiano es fan­tás­ti­co”

CA­FÉ, CO­PA Y FÚT­BOL Ja­vier Cá­ma­ra es el ti­po que se cue­la en tu fies­ta y cae fe­no­me­nal a to­do el mundo. Un se­duc­tor na­to que en Las Es­ta­cio­nes de Juan de­mues­tra que la na­tu­ra­li­dad es la me­jor in­ter­pre­ta­ción que se pue­de ha­cer en la vi­da.

AS (Las Palmas) - - LA ENTREVISTA - A. MÉ­RI­DA / G. PO­SE

¿Cuál es el equi­po de Ja­vier Cá­ma­ra? —El Real Ma­drid. En mi pue­blo so­lo ha­bía te­le­vi­sión en blan­co y ne­gro y cuan­do da­ban un par­ti­do por la te­le yo iba siem­pre con el de blan­co por­que era el que me­jor veía. Se lo di­go en se­rio, te­nía pro­ble­mas en la vis­ta y no veía un pi­mien­to. La ver­dad es que el Ma­drid siem­pre fue un equi­po di­fe­ren­te. —¿Zi­da­ne tam­bién es di­fe­ren­te? —Zi­da­ne me pa­re­ce el me­jor. Tie­ne mu­cha cla­se, in­clu­so ha­blan­do. Me gus­ta có­mo se ex­pre­sa. Pre­fe­ri­ría no leer siem­pre la mis­ma en­tre­vis­ta con los fut­bo­lis­tas y los en­tre­na­do­res. Tie­nes la sen­sa­ción de que los pe­rio­dis­tas de­ben es­tar abu­rri­dos de po­ner­le el mi­cró­fono y que siem­pre re­pi­tan lo mis­mo: “Estamos tra­ba­jan­do en ello”. —No es fá­cil en­con­trar un fut­bo­lis­ta que di­ga gran­des co­sas. —El fút­bol tie­ne una di­men­sión in­creí­ble. Pe­ro me gus­ta­ría es­cu­char a otros de­por­tis­tas. A lo me­jor tie­nen co­sas in­tere­san­tes que de­cir la chi­ca del bád­min­ton o el cam­peón de trial. —Ya, pe­ro en el fút­bol se dis­pa­ra la aten­ción por­que tie­ne con­flic­to. El fút­bol a ve­ces es una gran obra dra­má­ti­ca. —De acuer­do. Cuan­do al­guien que tie­ne mu­cho éxi­to y fa­lla sur­ge el con­flic­to. Y su­pon­go que los pe­rio­dis­tas es­táis de—Como sean­do que pa­se por­que se ven­den más pe­rió­di­cos. Hay una es­pe­cie de efec­to cai­ni­ta con el mundo del de­por­te. Pa­re­ce que estamos pen­dien­tes de que Nadal o el Ma­drid fa­llen. Por­que cuan­do ga­nan nos pa­re­ce fá­cil. Pe­ro no hay na­da fá­cil. No sa­bes lo di­fí­cil que es ha­cer una bue­na pe­lí­cu­la. Que te sal­ga una bue­na pe­lí­cu­la es muy com­pli­ca­do. Que te sal­ga bien es muy di­fí­cil. Mi­ra el Ma­drid con el Be­tis. —En el ci­ne hay gé­ne­ro de co­me­dia o dra­má­ti­co. En el fút­bol po­ca co­me­dia. —Bueno, no sé si hay co­me­dia pe­ro sí un com­po­nen­te de fe­li­ci­dad. Yo no sé us­ted, pe­ro cuan­do ga­na el Ma­drid yo ten­go un buen día. Hay un ele­men­to de sa­tis­fac­ción en el fút­bol; des­pués de un par­ti­do ga­na­do son­ríes, no tie­nes na­da que ex­pli­car. Es­tás bien, es­tás fe­liz. Sin em­bar­go, cuan­do ha ido mal es to­do lo con­tra­rio. Ahí sí que no tie­nes na­da que de­cir. Sen­ci­lla­men­te es­tás jo­di­do. —¿Quién tie­ne me­jor pa­pel dra­má­ti­co: Cris­tiano, el Cho­lo o Flo­ren­tino? com­po­nen­te dra­má­ti­co Cris­tiano es fan­tás­ti­co. Esa for­ma de de­ter­mi­nar­se fren­te al odio eterno que to­do el mundo le pro­fe­sa fue­ra del Ber­na­béu, es al­go he­roi­co, sa­bien­do ade­más que, con­tra to­do un cam­po, siem­pre tie­ne las de per­der. Y lue­go ade­más es­tá su pe­lea por ser el me­jor fren­te a un mi­to gi­gan­tes­co del fút­bol como es Mes­si con el que tie­ne que com­pe­tir y por lo ge­ne­ral que­da se­gun­do. Como fon­do dra­má­ti­co me en­can­ta­ría in­ter­pre­tar a Cris­tiano. ¡Qué de­ter­mi­na­ción! So­lo con­tra el mundo. Es­tá cer­ca de un per­so­na­je de Sha­kes­pea­re den­tro de es­ta me­rien­da de ne­gros que es el fút­bol en ge­ne­ral. —¿No es un per­so­na­je un po­co so­bre­ac­tua­do? —Des­de lue­go creo que es más fe­liz de lo que mues­tra. Es de­ma­sia­do exi­gen­te y ha­bría que sa­ber a quién le de­be ese bru­tal ni­vel de au­to­exi­gen­cia. Di­cen que tu­vo una in­fan­cia di­fí­cil, con un pa­dre al­cohó­li­co. No lo sé, pe­ro hay que ver qué fuer­za tie­ne es­te ti­po. Su prin­ci­pal motor es que­rer mos­trar siem­pre que es el me­jor. Y eso tie­ne que ser ago­ta­dor. Sin em­bar­go es­to es un de­por­te de equi­po, en el que de­pen­des del otro. Por eso me gus­tan tan­to ju­ga­do­res como Inies­ta o Is­co. Me fas­ci­na el pe­núl­ti­mo pa­se, cuan­do te que­das pen­san­do, pe­ro, ¿qué ha he­cho es­te tío? El cor­po­ra­ti­vis­mo, ju­gar con el otro, te­ner una vi­sión de equi­po. Eso me pa­re­ce lo más di­fí­cil del fút­bol y me emo­cio­na mu­cho más que el gol en sí. —¿Un di­rec­tor de ci­ne se­ría el en­tre­na­dor? —Sí, pue­de ser. —Y los ac­to­res des­con­ten­tos ¿po­drían car­gar­se a un di­rec­tor? ¿Le pue­den boi­co­tear? —No es lo mis­mo por­que du­ran­te el ro­da­je de una pe­lí­cu­la no tie­nes re­sul­ta­dos in­me­dia­tos que es lo que sue­le des­equi­li­brar a un gru­po. A ve­ces lo pa­sas muy mal ro­dan­do una pe­lí­cu­la y lue­go es un éxi­to. La ob­je­ti­vi­dad a la ho­ra de ir crean­do una pe­lí­cu­la no exis­te. Mu­chas ve­ces crees que va a fun­cio­nar y el asun­to de­rra­pa en el pro­ce­so lar­guí­si­mo que es ha­cer una pe­lí­cu­la: mon­ta­je, di­rec­ción, ac­tua­ción. Hay un mo­men­to que se pierde al­go y la pe­lí­cu­la es un bluf. Nun­ca las sen­sa­cio­nes que te lle­vas du­ran­te el ro­da­je coin­ci­den con un éxi­to de crí­ti­ca o de pú­bli­co. —Es de­cir, que aunque se ha­ya ju­ga­do muy bien no hay ga­ran­tías de que ga­nes el par­ti­do en la sa­la de ci­ne. —Exac­to. Pe­ro eso sí, cuan­do tie­nes un mal guión, es muy di­fí­cil que sal­ga una bue­na pe­lí­cu­la. Y cuan­do tie­nes un magnífico guión, a ve­ces te sa­le una ma­la pe­lí­cu­la. Así de frá­gil es es­to. —¿Có­mo es un gran di­rec­tor de ci­ne? —Aho­ra es­toy tra­ba­jan­do con uno de ellos Pao­lo So­rren­tino, el de ‘La gran be­lle­za’. Un gran di­rec­tor tie­ne una idea y lo que tie­nen que ha­cer los ac­to­res es ser ge­ne­ro­sos y se­guir esa idea. Si tú con­fías si­gues esa idea aunque a ve­ces no la en­tien­das. Si eres un capullo y no la si­gues es­tás de­cep­cio­nan­do el pro­yec­to que ese tío te ha ofre­ci­do. Cuan­do a un en­tre­na­dor/

Hay un efec­to cai­ni­ta en el de­por­te. Estamos pen­dien­tes de que Nadal o el Ma­drid fa­llen” Cuan­do ga­na el Ma­drid ten­go un buen día. Son­ríes y no tie­nes na­da que ex­pli­car” Zi­da­ne me pa­re­ce el me­jor, tie­ne mu­cha cla­se in­clu­so ha­blan­do. Me gus­ta có­mo se ex­pre­sa”

Pa­ra es­tre­lla, Al­mo­dó­var. En los Os­car los me­jo­res ac­to­res ha­cían co­la pa­ra ha­blar con él”

di­rec­tor su pro­yec­to se le cae de las ma­nos es por­que no las te­nía to­das con­si­go. —Es­tá ha­blan­do de lo que es la con­fian­za en el di­rec­tor. Tam­bién de­pen­de del nom­bre. En es­te ca­so Zi­da­ne es John Ford y los ju­ga­do­res mues­tran otro com­pro­mi­so por la ad­mi­ra­ción que le pro­fe­san. —Sin du­da. Yo pro­cu­ro tra­ba­jar con di­rec­to­res a los que ad­mi­ro. Cesc Gay, Pe­dro Al­mo­dó­var, Isa­bel Coi­xet, Pao­lo So­rren­tino o Da­vid True­ba, por de­cir al­gu­nos nom­bres. Me pongo al ser­vi­cio de es­ta gen­te. Tú no pue­des lle­gar y de­cir que vas a su­bir del me­dio cam­po si tu en­tre­na­dor quie­re que de­fien­das. Es como si le di­go al di­rec­tor que quie­ro cam­biar los diá­lo­gos. Por eso hay un tras­fon­do dra­má­ti­co en es­te con­flic­to que ha te­ni­do Be­ní­tez con el Ma­drid, en el que se ha de­mos­tra­do que al­guien con mu­cho más po­der que son los ju­ga­do­res no con­fia­ban en él y han po­di­do de­fe­nes­trar­lo. —Los ac­to­res es­pa­ño­les, como los fut­bo­lis­tas, se em­pie­zan a mo­ver con sol­tu­ra por el mundo. Su­pon­go que no ha si­do fá­cil el pro­ce­so. —Se es­tán ha­cien­do co­sas for­mi­da­bles. Yo mis­mo me pongo las pi­las pa­ra po­der tra­ba­jar en in­glés o en fran­cés. Ja­vier Gu­tié­rrez, Ele­na Ana­ya, Miguel An­gel Sil­ves­tre, Ve­ró­ni­ca Echegui, todos ellos es­tán tra­ba­jan­do fue­ra de Es­pa­ña ha­cien­do co­sas im­por­tan­tes. Bue­na par­te del pro­ce­so fue gra­cias a tres gran­des ac­to­res: Ban­de­ras, Bar­dem y Pe­né­lo­pe Cruz que fran­quea­ron esa ba­rre­ra con mu­chí­si­mo es­fuer­zo. Una puer­ta que ha­bía abier­to ya Pe­dro Al­mo­dó­var y que lue­go con­tó tam­bién con el efec­to Ame­ná­bar, y Ba­yo­na. Es in­creí­ble la ad­mi­ra­ción que se tie­ne fue­ra del ci­ne es­pa­ñol y de ac­to­res como Luis To­sar. —Pa­ra un ac­tor que triun­fa en Es­pa­ña, tra­ba­jar a las ór­de­nes de So­rren­tino o jun­to a estrellas como Ju­de Law ¿le obli­ga a un ejer­ci­cio de hu­mil­dad? —Le di­ré que pa­ra es­tre­lla in­ter­na­cio­nal, Pe­dro Al­mo­dó­var. Yo vi­ví al­go in­só­li­to con la gi­ra mun­dial de la pe­lí­cu­la ‘Ha­ble con ella’. Re­cuer­do que a la sa­li­da de los Os­car, los seis ac­to­res más im­por­tan­tes del mo­men­to ha­cían co­la pa­ra ha­blar con él. Me emo­cio­nó. Por tan­to ya me he he­cho ese ca­mino. Aho­ra cuan­do vas a tra­ba­jar fue­ra te das cuen­ta que to­do el mundo tie­ne una gran­dí­si­ma con­cep­ción del ci­ne es­pa­ñol. El ejer­ci­cio que ha­ces an­te una gran pro­duc­ción es de tran­qui­li­dad. To­do el mundo es­tá ca­gado y tie­nes mu­cho que ha­cer. Todos los cli­chés que has te­ni­do a lo lar­go de tu vi­da, de gra­cio­so, o de es­tre­lla de la te­le­vi­sión, des­apa­re­cen por­que la gen­te no tie­ne nin­gu­na re­fe­ren­cia de eso. Hay más de tres­cien­tos téc­ni­cos que no tie­nen ni idea de quién eres. Te rein­ven­tas y te co­no­ces más a ti mis­mo en un te­rreno ines­ta­ble. Como te creas que eres al­guien en es­ta pro­fe­sión la has ca­gado. Es una pro­fe­sión que o tran­si­ges a la hu­mil­dad, al tra­ba­jo y al es­fuer­zo o es­tás com­ple­ta­men­te per­di­do. —¿Hay un com­po­nen­te de suer­te pa­ra triun­far como ac­tor? —Siem­pre. La suer­te es que te den opor­tu­ni­da­des de tra­ba­jar. Tam­bién te la tie­nes que bus­car. So­lo he he­cho el ejer­ci­cio de lla­mar a un gran di­rec­tor pa­ra tra­ba­jar con él en dos oca­sio­nes. La pri­me­ra me sa­lió fa­tal y que­ría mo­rir­me de ver­güen­za. Di­je que no lo re­pe­ti­ría pe­ro lue­go lo hice una se­gun­da vez. Lla­mé a Pao­lo So­rren­tino, por­que me di­je­ron que es­ta­ba ha­cien­do una se­rie. Sa­bía que era una co­sa tre­men­da­men­te di­fí­cil, pe­ro le es­cri­bí y sa­lió. A ve­ces hay que arries­gar­se. La pu­tada de es­ta pro­fe­sión es que cuen­ta mu­cho la ex­pe­rien­cia y hay mu­chos ac­to­res que no tie­nen las opor­tu­ni­da­des que ne­ce­si­tan pa­ra cre­cer. —Ten­go una cu­rio­si­dad: ¿Se pre­pa­ra el dis­cur­so cuan­do ha es­ta­do no­mi­na­do a los Go­ya? —So­la­men­te lo pre­pa­ré en mi pri­me­ra no­mi­na­ción y no me lo die­ron. Iba como ac­tor re­ve­la­ción por To­rren­te. Y la cul­pa la tu­vo San­tia­go Se­gu­ra que me pu­so la ca­be­za como un bom­bo: “Te van a dar el pre­mio ami­gue­te”, re­pe­tía cons­tan­te­men­te y me lo creí. Lo pre­pa­ré con ami­gos y lo me­mo­ri­cé. Me acuer­do que es­tá­ba­mos no­mi­na­dos Er­nes­to Al­te­rio, Tris­tán Ulloa, un ti­po po­la­co de cin­cuen­ta y tan­tos años y yo. Y, cla­ro, es­tá­ba­mos con­ven­ci­dos de que nos caía a uno de no­so­tros tres. Bueno, pues se lo lle­vó el po­la­co y nos quedamos hun­di­dos. —¿Siem­pre qui­so ser ac­tor? —Siem­pre. Y eso que mi des­tino lo te­nía di­se­ña­do mi pa­dre. Yo en mi pue­blo soy el hi­jo de “el la­bra­dor”. Mi pa­dre pre­pa­ró unas tie­rras pre­cio­sas pa­ra que su hi­jo fue­ra agri­cul­tor como él. Pe­ro yo le di­je que no con­ta­ra con­mi­go. Eso no era pa­ra mí. —Y aca­bó te­nien­do una ca­lle en su pue­blo. —Sí, fue cuan­do me die­ron el Go­ya y re­sul­tó al­go tre­men­da­men­te emo­cio­nan­te. Un ac­to pre­cio­so lleno de ni­ños que que­rían ver la es­ta­tui­lla. Me fui ha­ce ca­si trein­ta años de mi pue­blo y cuan­do re­gre­so no soy Ja­vier Cá­ma­ra sino que, como le di­go, si­go sien­do el hi­jo de “el la­bra­dor”. Por eso cuan­do voy allí, en dos se­gun­dos es­toy en la tie­rra.

Me fas­ci­na el pe­núl­ti­mo pa­se. Esa vi­sión cor­po­ra­ti­va que tie­nen Inies­ta o Is­co es lo más di­fí­cil”

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