No es una Co­pa de más

Es el tor­neo de las sor­pre­sas

AS (Las Palmas) - - PRIMERA-LIGA BBVA - POR JUAN CRUZ

Es­tá mal de­cir­lo en es­te tiem­po en que el di­ne­ro pa­re­ce que es la úni­ca vía al triun­fo en el fút­bol, pe­ro es cier­to que en es­te de­por­te se pro­du­cen ras­gos de­mo­crá­ti­cos que lo ha­cen gran­de e ines­pe­ra­do.

Sin du­da, los fut­bo­lis­tas gran­des es­tán don­de se ha­llan los equi­pos muy gran­des, pe­ro en la co­pla de Los Sa­ban­de­ños, que tan­to le gus­ta a Relaño, se di­ce muy bien que “el chi­co ga­nó, el gran­de per­dió”, y eso es sa­lu­da­ble, pues hay po­cas co­sas tan bue­nas como ver caer­se del caballo a los ji­ne­tes ri­cos y em­pe­ri­fo­lla­dos.

Aho­ra es­tán apea­dos de la Co­pa del Rey, que es la com­pe­ti­ción ar­bi­tra­da pa­ra ha­cer vi­si­ble esa de­mo­cra­cia po­si­ble, na­da me­nos que el Real Ma­drid, el Atlé­ti­co de Ma­drid y el Ath­le­tic de Bil­bao (es­te úl­ti­mo, es ver­dad, ven­ci­do por uno de los ma­yo­res, que su­frió tan­tí­si­mo). Lás­ti­ma que la UD Las Pal­mas (lo di­go por áni­mo de per­te­nen­cia) no si­ga en li­za, por­que su pun­do­nor lo me­re­cía. Aho­ra só­lo fal­ta­ría que el Cel­ta die­ra el sor­pas­so y se plan­ta­ra en la fi­nal con uno de los que aho­ra com­pi­ten jun­tos, el Va­len­cia y el Ba­rça, que son clá­si­cos co­pe­ros.

El fút­bol es un gran es­pec­tácu­lo cu­ya raíz y cu­yo en­can­to re­si­den en la ca­pa­ci­dad de sor­pre­sa. Que un ter­ce­ra di­vi­sión se suba a las bar­bas de los gran­des, que un se­gun­dón li­die en la mis­ma ca­be­ce­ra de pis­ta de los equi­pos que vi­ven de los mi­llo­nes de sus ar­cas pa­ra re­no­var plan­ti­llas, pro­du­ce en el afi­cio­na­do una emo­ción que só­lo se igua­la por la vic­to­ria de los su­yos.

Ha si­do así des­de que inau­gu­ra­mos nues­tra afi­ción por el fút­bol; nos da ra­bia que nos ga­nen los chi­cos, pe­ro hay den­tro de esa ne­ga­ti­va a acep­tar tal hu­mi­lla­ción un me­ca­nis­mo de ad­mi­ra­ción que con­vier­te des­de siem­pre al fút­bol en un de­por­te en el que la ló­gi­ca só­lo sir­ve pa­ra ad­mi­nis­trar las es­ta­dís­ti­cas. Hay equi­pos, como el Ba­rça y el Ma­drid, que ven­cen en to­das las qui­nie­las; cuan­do el azar (que es una for­ma del jue­go, no se ol­vi­de) los apea de es­te cam­peo­na­to en par­ti­cu­lar, esa cir­cuns­tan­cia pro­por­cio­na sa­lud al fút­bol. En es­ta tem­po­ra­da la sa­li­da del Ma­drid cau­só bo­chorno (en­tre los su­yos), y en cier­to mo­do pre­ci­pi­tó la sa­li­da del en­tre­na­dor que pu­so al ju­ga­dor equi­vo­ca­do. Quién sa­be si el Cá­diz hu­bie­ra si­do tan he­roi­co como pa­ra de­rri­bar al Ma­drid de Flo­ren­tino (to­da­vía no de Zi­da­ne); de he­cho, los chis­tes ga­di­ta­nos le die­ron a esa vic­to­ria el sig­ni­fi­ca­do de una ges­ta, que no lo fue sino en los des­pa­chos y un po­co, po­quí­si­mo, en el cam­po.

Pe­ro lo ver­da­de­ro es que el Ma­drid no es­tá, y eso re­sul­ta un ele­men­to más de no­ve­dad en es­ta li­ga tan es­pe­cial que es la Co­pa del Rey o Co­pa de Es­pa­ña o Co­pa de Más, que to­do se pue­de de­cir aho­ra con tal de pa­re­cer ori­gi­na­les.

Emo­ción Cuan­do el azar apea a los que ga­nan en to­das las qui­nie­las, da sa­lud al fút­bol

ILU­SIÓN. El Cel­ta apos­tó por la Co­pa y triunfó en el Calderón.

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