Ha­bló Cris­tiano Ro­nal­do y subió el pan

“...CON ESA CA­NAS­TA SEN­SA­CIO­NAL DE LLULL QUE DIO LA VIC­TO­RIA EN VA­LEN­CIA”

AS (Las Palmas) - - OPINIÓN - ALFREDO RELAÑO

La de­rro­ta del Ma­drid an­te el Atlé­ti­co tu­vo un epí­lo­go co­cham­bro­so con las de­cla­ra­cio­nes de Cris­tiano Ro­nal­do, que car­gan de mu­ni­ción a sus de­trac­to­res, que son mu­chos. Co­no­cien­do el pa­ño, es­toy con­ven­ci­do de que lo que pre­ten­día no era ha­cer de me­nos a sus com­pa­ñe­ros, sino se­ña­lar el mal fun­cio­na­mien­to de los ser­vi­cios mé­di­cos, que ya es un cla­mor en la plan­ti­lla. Las le­sio­nes du­ran mu­cho, se cu­ran mal y se re­pi­ten. Pe­ro le fal­tó va­len­tía pa­ra ex­po­ner­lo así, se em­bo­li­có, so­bre to­do la se­gun­da vez, y el re­sul­ta­do fue que su men­sa­je ha lle­ga­do mal y se­rá re­te­ni­do pe­ro pa­ra los res­tos, me te­mo. Pe­ro no ten­drá consecuencias en el gru­po. Hoy lo ex­pli­ca­rá a sus com­pa­ñe­ros y lo en­ten­de­rán. Ya Ser­gio Ra­mos le echó un ca­po­te, su­po­nien­do que las co­sas iban por el otro la­do. Lo que es inevi­ta­ble es que en la me­mo­ria co­lec­ti­va que­de que Cris­tiano di­jo una fan­tas­ma­da in­fu­ma­ble. Sos­pe­cho que a Cris­tiano le con­su­me la idea de que vi­ve en una ca­sa en­lo­que­ci­da mien­tras Mes­si jue­ga en un sis­te­ma or­de­na­do en el que ade­más man­da mu­cho. Le pu­dre que ca­da vez que se pierde un par­ti­do se le mi­re como sos­pe­cho­so por no ha­ber mar­ca­do los go­les ne­ce­sa­rios. Su ego no re­sis­te eso. Y me­te la pa­ta. Las no­ti­cias em­peo­ra­ron ayer pa­ra el Ma­drid. Por su­pues­to, el Ba­rça se fue aún más le­jos (do­ce pun­tos) y el Vi­lla­rreal se pu­so a dos, con lo que el Ma­drid pue­de sen­tir ame­na­za­do el ter­cer pues­to. Ser cuar­to im­pli­ca pre­via de Cham­pions, lo que se­ría re­nun­ciar a la gi­ra. Ima­gino a Flo­ren­tino con los pe­los como es­car­pias. La bue­na no­ti­cia vino otra vez del ba­lon­ces­to, con esa ca­nas­ta sen­sa­cio­nal de Llull que dio la vic­to­ria en Va­len­cia. El ba­lon­ces­to es la otra ca­ra del Ma­drid. Como de eso Flo­ren­tino no pre­ten­de en­ten­der, lo lle­van unos que sa­ben y, cla­ro, va bien. El fút­bol, en cam­bio, lo ma­ne­ja un di­le­tan­te.

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