An­to­nio Re­si­nes “Cuan­do Ro­nal­do la co­gía ru­gían 80.000 en el Ber­na­béu”

An­to­nio Fernández Re­si­nes (To­rre­la­ve­ga, 1954) es uno de los ac­to­res más co­no­ci­dos de Es­pa­ña y aho­ra pu­bli­ca ‘Pa’ ha­ber­nos ma­tao. Me­mo­rias de un cal­vo’(Aguilar). En AS des­cu­bre los pe­li­gros que han ace­cha­do a su vi­da y sus pa­sio­nes, en­tre ellas la que sien

AS (Las Palmas) - - La Entrevista - MAR­CO RUIZ

Es­ta­mos en su ba­rrio… —Y ade­más de ver­dad. Siem­pre vi­ví en Sainz de Baranda, que no se lla­ma­ba así en los 50. —¿Qué re­cuer­dos le trae es­ta zo­na?

—So­bre to­do del Re­ti­ro. So­mos cin­co her­ma­nos. En ocho años na­ci­mos los cin­co. Eso pa­sa­ba an­tes, que los pa­dres le co­gían afi­ción… Has­ta que no fui­mos al co­le­gio nos lle­va­ba al Re­ti­ro a que nos ex­pan­dié­ra­mos. Y, en de­fi­ni­ti­va, lo que ha­cía­mos era dar­nos de hos­tias to­do el día. Ha­cía­mos mu­cha vi­da de ba­rrio. —¿Ha cam­bia­do mu­cho el ba­rrio?

—No se crea. En el li­bro pon­go al­gu­na fo­to de cuan­do yo te­nía uno o dos años. Ha­bía un gran bou­le­vard, pe­ro un po­co más allá era un des­cam­pa­do. Mo­ra­ta­laz no exis­tía. Eso era el cam­po, que es don­de ju­gá­ba­mos. Ha­bía hier­ba y ove­jas pas­tan­do. Y en el Re­ti­ro es­ta­ba la Ca­sa de Fie­ras, don­de se ro­dó el Fa­bu­lo­so Mun­do del Cir­co, de John Way­ne. —El tí­tu­lo del li­bro tie­ne una apos­ti­lla: “Me­mo­rias de un cal­vo”. ¿Es co­mer­cial o un trau­ma? —-Me hu­bie­ra gus­ta­do tener pe­lo, pe­ro no hay trau­ma. Hay ve­ces que sal­go del agua y to­da­vía me lo arre­glo co­mo si tu­vie­ra

(ri­sas). Y si me ve al­guien, ha­go co­mo que ten­go un tic. Lo del tí­tu­lo es una bro­ma, pa­ra va­ci­lar.

—¿No le ha­ce ma­yor es­cri­bir unas me­mo­rias?

—No, no… Y hay otra cosa im­por­tan­te. Que se cuen­ta la his­to­ria del ci­ne en Es­pa­ña año a año a tra­vés de mis pe­lí­cu­las. —In­ci­de mu­cho en la can­ti­dad de ac­ci­den­tes que ha te­ni­do. ¿Se con­si­de­ra un ti­po con suer­te? —Bueno, yo he po­di­do pal­mar­la de ver­dad, cua­tro o cin­co ve­ces. Des­de caer­me por un acan­ti­la­do a ac­ci­den­tes de trá­fi­co gor­dos. —¿Caer­se de un acan­ti­la­do?

—-Y yo me aga­rra­ba a to­do lo que po­día y se me que­dó la ca­be­za atra­pa­da en­tre dos pie­dras. No se ima­gi­na có­mo lu­cha­mos los ani­ma­les an­tes de mo­rir. Otra vez me par­tí la len­gua… Se que­dó des­col­ga­da, se ca­yó pa­ra ade­lan­te… —¡Qué lo­cu­ra!

—No se pue­de ima­gi­nar lo que san­gra una len­gua. Eran cho­rros. Y me la co­gió un ve­te­ri­na­rio y me la co­sió, con dos co­jo­nes. Fue tan do­lo­ro­so… —Cuen­ta en el li­bro que des­pués de un ac­ci­den­te de trá­fi­co en Ri­mi­ni se ven­ció a su suer­te y vio la luz… —No, no, no… Esa fue otra pa­ra par­tir­me por la mitad. Me con­ta­ron cien­to y pi­co frac­tu­ras. Téc­ni­ca­men­te po­nía “es­ta­lli­do del ma­ci­zo ro­can­te­reo”. Me tra­je­ron a Ma­drid pa­ra que mu­rie­ra aquí. Me ti­ré un año en la ca­ma y, pa­ra más in­ri, en la ope­ra­ción se equi­vo­ca­ron de gru­po san­guí­neo y me en­tró una anemia que no la pal­mé de mi­la­gro. To­do lo que cuento es ver­dad. —Di­ce ser un pe­rio­dis­ta frus­tra­do. ¿Le gus­ta có­mo se ma­ne­jan los me­dios aho­ra? —A mí, sí. Me pa­re­ce un ofi­cio mag­ní­fi­co, con el mío, que pro­ba­ble­men­te sea el mejor. La gen­te no se da cuen­ta de lo que ha he­cho el pe­rio­dis­mo por es­te país. —En la Es­pa­ña en la que cre­ció, la fran­quis­ta, di­ce que se re­par­tían hos­tias co­mo pa­nes… —El otro día es­tu­ve con gen­te de mi épo­ca en el co­le­gio y me di­je­ron que me ha­bía que­da­do cor­to. —Y ha­bla de có­mo ati­za­ban los cu­ras… —Te ti­ra­ban has­ta los ce­pi­llos de lim­piar la pi­za­rra. Te po­dían man­dar al hos­pi­tal tran­qui­la­men­te. Es­pa­ña era un cuar­tel, el or­deno y man­do, y se apli­ca­ba en to­do los ór­de­nes. Y en las ca­sas tam­bién. De la vio­len­cia de gé­ne­ro no te en­te­ra­bas y es­ta­ba a la or­den del día. Y los ni­ños co­bra­ban por to­do. Te me­tían una hos­tia pa­ra que se te qui­ta­ran las ga­nas de volver a re­pe­tir­lo. El pro­ble­ma es que, los ni­ños, co­mo los perros, te­nía­mos una me­mo­ria frá­gil y vol­vía­mos a caer. —¿Y us­ted qué ha­cía?

—Ser más es­pa­bi­la­do. In­ten­tar sa­car me­jo­res no­tas, di­si­mu­lar es­tu­dian­do… —¿Y cuándo se fue ha­cien­do ma­yor?

—Aque­lla vio­len­cia era el re­fle­jo del país. No só­lo en lo fí­si­co. Si ha­cías al­go que no es­ta­ba ad­mi­ti­do, te me­tían pa­ra aden­tro. —¿Có­mo re­cuer­da aquel pri­mer gran via­je por Europa de ado­les­cen­te con sus ami­gos? —Aque­llo fue la hos­tia. Vi­mos un mun­do que no exis­tía en Es­pa­ña. So­bre to­do las tías. Es­tá­ba­mos to­dos co­mo mo­nos allí. Aquí, co­gías a una tía de la mano y te ibas a con­fe­sar. Es­te era un país de ta­ra­dos. La gen­te se ha ol­vi­da­do de eso. Y lue­go te ibas a Ho­lan­da, los hip­pies, los po­rros… Era otro mun­do. —¿Par­ti­ci­pó de las reivin­di­ca­cio­nes uni­ver­si­ta­rias?

—Allí se pro­tes­ta­ba por to­do. Y muchas ve­ces no sabías ni por qué. Yo ve­nía de una fa­mi­lia de tra­di­ción más que na­da fa­cha. Lue­go ha­bía gen­te que sí es­ta­ba po­li­ti­za­da real­men­te. —¿Echa de me­nos esa facilidad de mo­vi­li­za­ción?

—Hu­bo un ama­go con el 15-M, pe­ro yo creo que se ha di­lui­do un po­co la his­to­ria. Es que los mo­ti­vos son muy dis­tin­tos. Aho­ra, tú tie­nes ac­ce­so a la in­for­ma­ción, a to­do. An­tes no ha­bía li­ber­tad pa­ra na­da y ha­bía que volver a em­pe­zar de nue­vo.

—¿A un ac­tor le vie­ne mal pro­nun­ciar­se po­lí­ti­ca­men­te?

—-De­pen­de de por dón­de va­yas… No, no… No se debe evi­tar, pue­des ha­cer lo que te dé la ga­na, pe­ro si no es es­tric­ta­men­te ne­ce­sa­rio… To­do el mun­do sa­be­mos de qué pie co­jea ca­da uno.

—¿Es ver­dad que nun­ca qui­so ser ac­tor?

—No te­nía nin­gu­na as­pi­ra­ción, se lo ju­ro. Lo que sí que­ría era ha­cer ci­ne, que lo ha­cía­mos… A mí se me da­ba bien la par­te or­ga­ni­za­ti­va, de pro­duc­ción. Ac­tué des­de pe­que­ño, eso sí. Y me acuer­do que en el co­le­gio sí que leía­mos, y mu­cho, y veía­mos mu­cha pe­lí­cu­las, por­que te­nía­mos sa­lón de ac­tos. Ha­bía un cier­to ni­vel e in­quie­tud cul­tu­ral, eso sí.

—¿Y có­mo ter­mi­nó sien­do ac­tor de éxi­to?

—Tu­ve una suer­te de co­jo­nes. Hom­bre, al­gún mé­ri­to ha­bré te­ni­do. Mi suer­te fue cru­zar­me con una se­rie de gen­te sin la que no ha­bría he­cho lo que hi­ce. Si no hu­bie­ra fun­cio­na­do Ópe­ra Pri­ma yo no es­ta­ría aquí. Tu­vi­mos la suer­te de en­con­trar a Fer­nan­do True­ba. Mi gru­po de ami­gos des­cu­brió muy pron­to que se po­día ha­cer ci­ne. Y lo hi­ci­mos.

—¿Va­mos con el Ma­drid, con lo que im­por­ta de ver­dad?

—-Eso, de­jé­mo­nos de hos­tias (ri­sas).

—¿Cuá­les son sus primeros re­cuer­dos del equi­po?

—De siem­pre. Me gus­tó el fút­bol siem­pre y en mi épo­ca era otro Atle­ti, no era ni el de aho­ra ni el de los 60 y 70. Así que yo me hi­ce del Ma­drid.

—¿Su pa­dre era fut­bo­le­ro?

—-No, no lo era… Y a pe­sar de eso íba­mos al fút­bol. Re­cuer­do una vez que me lle­vó a ver al Gim­nás­ti­ca de To­rre­la­ve­ga, que no sé ni por qué ju­gó aquí

(ri­sas). Lue­go em­pe­cé a ir con asi­dui­dad con los ami­gos, y nos co­lá­ba­mos siem­pre que po­día­mos. No te­nía­mos ni un du­ro.

—¿Y ju­gó us­ted?

—Yo lo de­jé por el rugby, y mi­re que ju­ga­ba de­cen­te­men­te. Sien­do ba­ji­to, yo era al­go pa­re­ci­do a Car­va­jal. Quie­ro de­cir que ju­ga­ba ahí, no que fue­ra tan bueno…

—¿Y lo del rugby?

—Mon­ta­ron un equi­po en el co­le­gio y yo aca­ba­ba de dar un es­ti­rón, así que me sen­tía fuerte. Te­nía 15 años. En los cam­peo­na­tos de atle­tis­mo, por ejem­plo, ga­na­ba bas­tan­tes me­da­llas en ve­lo­ci­dad. Y lo del rugby fue un so­plo de ai­re fres­co, una cosa dis­tin­ta, co­no­cí gen­te…

—¿Qué le en­gan­chó? ¿Se li­ga­ba mu­cho?

—(Ri­sas). No, no, mi co­le­gio era só­lo de tíos. Era una cosa de ta­ra­dos. Has­ta los 17 no ha­bía­mos vis­to a una tía en la vi­da…

—Si­ga­mos con el rugby…

—Me en­gan­chó que va­lía to­do el mun­do pa­ra jugar. Los al­tos, los ba­jos, los gor­dos, los fuer­tes, los que co­rrían y los que no.

—Y lue­go es­tá el que di­ri­ge el co­ta­rro.

—¡El me­dio me­lé! Ese es el que to­ma de­ci­sio­nes… Era un de­por­te muy in­tere­san­te. Y ha­bía mu­cha so­li­da­ri­dad y mu­cha no­ble­za.

—¿Cuál es el pri­mer Ma­drid del que se ha­ce fan?

—El del se­sen­tai­tan­tos… Ben­ta­cort, Cal­pe, De Fe­li­pe, San­chís, Pi­rri, Zo­co, Se­re­na, Aman­cio, Gros­so, Ve­láz­quez y Gen­to.

—El equi­po que ga­nó la del 66.

—Pe­ro a esos los es­cu­cha­ba más por la ra­dio… Al fút­bol em­pe­cé a ir ya de más ma­yor, y ca­si a es­con­di­das.

—¿Por qué?

—Es­ta­ba muy mal vis­to en el am­bien­te uni­ver­si­ta­rio (ri­sas).

Era ca­si de la bur­gue­sía. El fút­bol era el opio del pue­blo… ¡Pe­ro qué co­jo­nes!

—¿Qué ju­ga­dor le fas­ci­na­ba más? —Me gus­ta­ba mu­chí­si­mo Ve­láz­quez, ju­ga­ba que te ca­gabas. Vi tam­bién el fi­nal de Aman­cio y de Gen­to, que eran dio­ses. Y San­ti­lla­na, so­bre to­do San­ti­lla­na. Un crack que, ade­más, es de San­tan­der. Y Jua­ni­to. Eran to­dos tíos muy vis­ce­ra­les. Lue­go vino gen­te co­mo Net­zer y Breit­ner… Y Stie­li­ke, un ju­ga­do­ra­zo.

—¿Cuándo se hi­zo so­cio?

—Con abono, en el 91. Y em­pe­cé a lle­var a mi hi­jo. La Quinta del Bui­tre ha­bía te­ni­do su es­plen­dor y es­ta­ba por ve­nir Raúl.

—¿Le han in­vi­ta­do al­gu­na vez al pal­co?

—Sí, sí… Lo que pa­sa es que no voy, por­que me in­vi­tan a mí so­lo.

—¿Sue­le vo­tar en las elec­cio­nes a pre­si­den­te?

—No, pe­ro po­dría…

—Bueno, úl­ti­ma­men­te no ha ha­bi­do muchas elec­cio­nes…

—Sí, sí… Te­ne­mos un pre­si­den­te del que Bu­tra­gue­ño de­cía que es un ser di­vino.

—¿Qué opi­na de Flo­ren­tino?

—A mí me cae muy bien. En sus ini­cios, cuan­do te­nía la Guía del Ocio, fue el que le dio trabajo a True­ba y Bo­ye­ro, y tal… —¿Es par­ti­da­rio de la bbC?

—Yo el equi­po que fir­ma­ría es el de la fi­nal de la Co­pa de Europa. Ba­le me gus­ta, es muy bueno, pe­ro tie­ne el pro­ble­ma de que se par­te ca­da dos por tres. Yo es­ta­ba en Va­len­cia cuan­do arran­có el tío en la ban­da en la fi­nal de Co­pa y no nos ti­ra­mos al cam­po de mi­la­gro. Fue un ca­ba­lle­ro cuan­do di­jo que lo jus­to es que ju­ga­ra Is­co la fi­nal de la Cham­pions. Ese equi­po, hoy día, es el mejor.

—¿Qué tie­ne el fút­bol pa­ra que en­gan­che tan­to a la gen­te?

—Es un jue­go abier­to a to­do el mun­do. No ha­ce fal­ta na­da más que po­ner­se a jugar. Yo he vis­to jugar con pe­lo­tas de tra­po. Es co­mo lo de ser ac­tor. La gen­te tie­ne una ten­den­cia in­na­ta a po­ner­se a jugar. El que in­ven­tó el fút­bol, des­de lue­go, fue un ge­nio…

—Y tan­to…

—Le di­go una cosa, el mejor ejem­plo de que el fút­bol une e igua­la a to­do el mun­do lo ten­go en Ro­nal­do, el otro Ro­nal­do. Cuan­do co­gía la pe­lo­ta, te­nien­do en cuen­ta que en el mis­mo Ber­na­béu hay asien­tos me­jo­res que otros, y por tan­to más ba­ra­tos, cuan­do co­gía la pe­lo­ta gri­tá­ba­mos to­dos. To­da­vía ten­go en la ca­be­za lo que ocu­rría cuan­do Ro­nal­do co­gía el ba­lón. La trin­ca­ba en el cen­tro del cam­po, sa­lía co­rrien­do con él y el Ber­na­béu en­te­ro ru­gía. ¿Us­ted sa­be lo que son 80.000 tíos ru­gien­do a la vez? Y era co­mo un to­ro, na­die le po­día pa­rar, era un to­ro. Y eso es el fút­bol, un es­pec­tácu­lo aco­jo­nan­te.

Pa­sión “Em­pe­cé a ir al fút­bol a es­con­di­das. En la uni­ver­si­dad es­ta­ba mal vis­to”

Rugby

“Me en­gan­chó que va­lía to­do el mun­do pa­ra jugar, al­tos, ba­jos, gor­dos...”

Pe­li­gros

“He po­di­do pal­mar­la cua­tro o cin­co ve­ces. Has­ta se me par­tió la len­gua”

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