AS (Valladolid)

Mari Paz Corominas “El uniforme de México tuvo que hacérmelo mi madre”

- P. CAZÓN /

Mari Paz Corominas (Barcelona, 1952) fue la primera deportista española en disputar una final olímpica. Fue en 1968, en los Juegos de México, en natación, 200 metros espalda. Finalizó su carrera a los 18. “Todo era amateur. Nunca cobré nada”. Llegó a entrenar con Mark Spitz.

Antes que la natación en su vida estuvo el esquí… —Nosotros venimos de una familia de deportista­s. A mi padre le gustaba muchísimo el esquí, el tenis..., todo tipo de actividade­s. Su hermana, mi tía Monserrat, había sido campeona de España de esquí. Soy la pequeña de seis hermanos y a nosotros siempre, desde bien pequeños, nos gustaron los esquís. Hemos sido de raza fuerte. —También hizo gimnasia...

—En el colegio, deportiva. Hice algunas minicompet­iciones. Potro, verticales... Hacía tanto deporte porque, quizá, era muy... —¿Inquieta?

—Hiperactiv­a. Antes ni se trataba con pastillas ni con psicólogos. El pediatra sólo dijo: “Esta niña es hiperactiv­a”. Y mi padre contestó: “Bueno, pues a esta niña la tenemos que cansar…”. Y ya... Recuerdo que, con mi padre, dábamos la vuelta a la manzana cada noche para ver si me cansaba corriendo un poquito… ¡y yo qué sé! —Que se cansaba él antes que usted... —(Risas) Sí, el pobre; sí, sí.

—¿Cómo llegó a la piscina?

—También por el colegio. En aquella época, mi escuela, Betania, hacía un cursillo de verano en una piscina en Montjüic, la que más tarde fue la de los saltos de Barcelona 92. Y allí, los sábados, nos íbamos en autocar y nos metíamos en el agua, helada, y nadábamos. Al final del curso hicimos una competició­n y, en la prueba de espalda, yo destaqué muchísimo. El monitor le dijo a mi padre: “Esta niña tiene unas cualidades impresiona­ntes: merece la pena que la llevéis a algún sitio”. —¿Tanto le sacó a las demás?

—Mucho, mucho. Recuerdo que yo hice cuarenta y dos segundos y la segunda, cuarenta y mucho, en 50 metros. Era como muy evidente que tenía mucha facilidad. —¿Aprendió a nadar ahí? —No, qué va. Fue en casa de unos tíos de mi padre, en una balsa. Nadie nos enseñó. ¡Es que en aquella época nadie te enseñaba! Era tu padre, tu madre o tu tía. Nosotros nadábamos bien porque estábamos para arriba, para abajo, con los primos…, ¡todo el día en el agua! —¿Qué ocurrió después de la escuela de Betania? —Mis padres me llevaron al club Sabadell, y hablaron con el presidente, empresario textil como mi padre. Ahí estaban Miguel Torres y Santiago Esteva, por ejemplo, y Oudigeest, entrenador holandés. Si esto fue en julio, en octubre empezamos las tres hermanas a nadar allí. Venía mi madre a buscarnos al cole y en un 600, al Sabadell, en las carreteras antiguas, nada que ver con las autopistas de ahora. Con tres días a la semana, el primer año participé en los campeonato­s de España. Fui cuarta habiendo nadado poquísimo. Mi primer torneo internacio­nal, un encuentro en País de Gales, llegó aquel año, 1965. Recuerdo que mi madre me dijo: “Oye, ¿te tendrás que

comprar algo, no? Cómo mínimo un bolso para llevar el pasaporte”. Yo tenía 13 años. —¿Había muchas niñas nadando cuando empezó?

—Había, sí. Quizá muchas, muchas no. Pero había. En Sabadell y en Canarias siempre ha habido equipos de natación. En Madrid y el norte no tanto. Sí que recuerdo que a mi madre le decían: “¿Cómo dejas a la niña hacer eso? ¡Se le va a poner cuerpo de hombre!” (ríe). Pero había más chicas, ¡tampoco era la edad de piedra! Siempre nos desplazamo­s equipo masculino y femenino. A nivel Europa o internacio­nal quizá tenían más categoría los hombres. Ahora todo ha cambiado rotundamen­te: a nivel internacio­nal son mucho mejores las mujeres que los hombres. —¿Cómo eran sus bañadores?

—De lycra, como de nailon, con las costuras un poco gruesas. A mí me dañaban. ¡Me tenían que poner pañuelos de hilo para que no me rozaran los brazos! Poco a poco fueron evoluciona­ndo. Eran buenos, la marca Speedo ya estaba en el mercado, pero no eran elásticos. Como en aquellos tiempos no había patrocinad­ores, te los tenías que comprar tú. —-Como el bolso para aquel viaje a Gales…

—Para mí, en aquel viaje, todo era nuevo. El club donde

fuimos a entrenar, estaba gestionado por el hermano de Richard Burton, el segundo o tercer marido de Elisabeth Taylor… ¡Y nos regaló fotos suyas con ella! Después de este viaje ya empecé a entrenar cada día, ya me encontré dentro de la natación. —¿La espalda fue siempre su estilo?

—Sí, siempre, hasta el último año. Cuando empecé la Universida­d, Económicas, me di cuenta de que era incompatib­le estudiar y nadar y aparté los estudios. Hablé con Santi Esteva, que estaba en Estados Unidos, y me facilitó los trámites para ir a una universida­d en Indiana. Los nadadores allí solían hacer eso: en verano entrenar con sus clubes y en invierno, en las universida­des. Yo aquí ya no tenía alicientes, no tenía competenci­a, y me hacía ilusión hacerlo relativame­nte bien en los campeonato­s de Europa de verano, en Barcelona. Estuve seis meses, de febrero a junio. Mi entrenador era Doc Counsilman, uno de los mejores del mundo. Allí coincidí con nadadores como John Kinsella, Gary Hall, Mike Troy o Mark Spitz.

—¿Cómo era Spitz? ¿Tuvo relación con él? —No mucho. ¡Recuerdo que Counsilman siempre estaba detrás de él para que entrenara! Para mí fue difícil porque yo no tenía ni idea de inglés. De aquellas, en los colegios aprendíamo­s francés. Allí mi vida era inglés y nadar, nadar e inglés, nada más. Fue durillo. Pero estaba Santi y nos hicimos compañía. Él se quedó cuatro años. —Usted regresó.

—Sí, con la intención de dejarlo. No sentí la necesidad de hacer un esfuerzo sobrenatur­al y seguir, no me hacía ilusión. —¿Cuántos años tenía?

—18. Ahora las nadadoras pueden llegar a los 30. Pero a mí tampoco nadie me dijo o me ofreció nada. Todo era muy amateur. —¿No ganaba nada?

—Nada, absolutame­nte nada. Éramos amateurs cien por cien. ¡Aún teníamos la suerte de no pagar cuota en club! El tema de compensar económicam­ente a los deportista­s de élite empezó mucho más tarde. Sí que había becas. La de la residencia Blume, por ejemplo, pero yo no quería ir a una residencia, quería estar en casa. Yo no solicité jamás una beca, sólo para ir a Estados Unidos. Pero para ello primero tuvo que ser la familia, que pagó. Y se compensó: me dieron la beca para estar allí. —¿Cuánto entrenaba?

—Aquel último año más porque estaba en Estados Unidos, y eran seis horas al día, seis días a la semana. Hacía doce mil, diez mil metros diarios. Cuando estaba en España no tantos, pero ocho mil al día sí. Entre tres y cuatro horas diarias. En invierno menos. Y era poco, eh. —Dos años antes de Estados Unidos participó en los Juegos de México 1968. Se clasificar­on dos mujeres, Pilar Von Carsten y usted...

Tenía que nadar con pañuelos: me dañaban las costuras de los bañadores” Nunca gané nada de la natación, nada de nada. Todo era amateur”

 ??  ?? FINAL OLÍMPICA. Mari Paz Corominas, en la final de 200 metros espalda de los Juegos de México 1968.
FINAL OLÍMPICA. Mari Paz Corominas, en la final de 200 metros espalda de los Juegos de México 1968.

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