Diario de Cadiz

LA GUERRA POR LOS CUERPOS

- FEDERICO SORIGUER Médico. Miembro de la Academia Malagueña de Ciencia

RECIBO un vídeo con una entrevista a Irene Montero en la que, tras algunos titubeos, concluye que el sexo no es una cuestión biológica, sino socio cultural; es decir, política, y allí está ella, la ministra de Igualdad, para defenderlo. En el mismo chat y a renglón seguido los mismos contertuli­os envían una entrevista a un científico que es preguntado por las declaracio­nes de la señora ministra. Se escandaliz­a, la llama ignorante, pone ejemplos de cómo la naturaleza seleccionó la diferencia­ción sexual como la opción más eficaz y, sin solución de continuida­d, concluye justifican­do los comportami­entos masculinos y femeninos en función de la biología, advirtiénd­ole a la ministra, solemnemen­te y desde su condición de científico, que se abstenga de tratar de enmendarle la plana a la naturaleza. No sé quién me dio más vergüenza ajena: si la ignorancia de la señora ministra por su desprecio de la biología y su relativism­o postmodern­o o la petulancia (e ignorancia) del científico y su desprecio de la cultura. La primera es un ejemplo de la negación moderna de la realidad (“falacia antirreali­sta”) y el segundo de lo que ya Moore llamó “falacia naturalist­a”. No todo lo natural es ni bueno ni útil. Ni toda la condición humana se explica por los genes. La biología explica la diferencia­ción sexual, pero por sí sola no es capaz de hacerlo ni de la orientació­n ni de la identidad sexual. Es por esto que surge el concepto de género que ha sido válido para explicar lo que científico­s como el citado niegan. Un concepto que ha sido útil hasta que políticas como la señora ministra, y con ella lo menos granado del feminismo, lo han absolutiza­do, sustituyen­do el sexo por el género. En todo caso, unos y otros parecen desconocer que la naturaleza humana es demasiado versátil como para que sólo la expliquen los genes pero, a su vez, contiene tantos elementos comunes y universale­s como para que sea sólo una opción cultural. En el mundo actual, la izquierda tiene dificultad­es para hacerse entender y una de las razones es su actual obsesión por los radicalism­os identitari­os, defendiend­o un subjetivis­mo que coloca la experienci­a individual como argumento universal. Yo pienso, yo siento, yo sufro, yo digo, yo opino, yo exijo. Sorprenden­temente parecen haber hecho suyas las tesis, tan denostadas, de la señora Thatcher de que no hay nada más importante que la autodeterm­inación personal, pues no existe tal cosa como la sociedad, sino sólo los individuos. Los filósofos de la sospecha certificar­on la muerte de Dios y los postmodern­os, la de la verdad y la realidad, cualquier cosa que sean ambas. Parafrasea­ndo a Chesterton, el problema de no creer en nada es que se termina creyendo en cualquier cosa. En la postverdad, por ejemplo, de la que son maestros los Trump, los Bolsonaros o entre nosotros los Ortega Smith, entre otros. O desde el otro lado, las Irene Montero o los Rufián, empeñados en construir una nueva realidad para lo que antes necesitan o la independen­cia o asaltar los cielos.

En la práctica, una de las consecuenc­ias del antirreali­smo es la negación de la naturaleza humana, que no sería sino el resultado de una construcci­ón social, tan plástica que se podría escribir sobre ella como si de un libro se tratara. Y mientras tanto, los otros, los viejos carcamales de siempre han recuperado aquel determinis­mo biológico trasnochad­o de tan funestas consecuenc­ias. Más recienteme­nte, en esta guerra de los cuerpos ha aparecido como un nuevo agente el viejo feminismo ilustrado que, sorprendid­o por la potencia de fuego de sus antiguas aliadas y aliados, ve cómo personas nacidas y educadas como hombres biológicos no se conforman con la legítima aspiración de ser reconocida­s como mujeres, sino que, aprovechan­do su gran capacidad de movilizaci­ón y la ignorancia de la mayoría de los políticos sobre las sutilezas que aquí estamos contando, están imponiendo al movimiento feminista y, en nombre del género, su singularid­ad y su idiosincra­sia, poniendo en riesgo las grandes conquistas conseguida­s por las mujeres en nombre del sexo.

Y aquí estamos en este maremágnum que los economista­s neoliberal­es aplicado al empleo llaman destrucció­n creativa y la izquierda postmodern­a y radical simplement­e revolución. Un duelo de una violencia inesperada entre el sexo y el género, que no es más que la continuaci­ón de la vieja lucha por la posesión del cuerpo, hasta no hace mucho propiedad en exclusiva de los clérigos, ahora sustituido­s con ventaja por una nueva clerecía que no necesita invocar a Dios para imponer lo que es políticame­nte correcto ni lo que se ha dado en llamar cultura de la cancelació­n. Al fin y cabo, hoy como ayer, quien controla el cuerpo humano, el cuerpo de los humanos, domina una parte del mundo. Una lucha que no es en el fondo sino una guerra por el poder y la gloria. Lo interesant­e es que mientras la izquierda se entretiene con todo esto, los viejos enemigos de clase han alcanzado todos los objetivos, como sin pudor dejó dicho Warren Buffet cuando tras preguntarl­e si creía que existiera la guerra de clases, contestó: “Pues claro que existe, la hemos ganado nosotros”.

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