El Periódico Aragón

De propina

Tenemos que buscar términos para evitar las connotacio­nes negativas de padrastro o madrastra

- JOAQUÍN Santos* *Trabajador social

Cuando era niño esperaba con una ilusión muy especial la llegada del domingo por la mañana, era el momento en el que caía la propina. Con esa pequeña fortuna me acercaba al kiosko a comprar gominolas, caramelos o similares, lo que ahora los críos llaman chuches; o a cambiar tebeos; o me guardaba una parte para las partidas de futbolín al salir del cole por las tardes. La propina fue engordando con el tiempo y daba para ir al cine e incluso para comprarse un bocata de calamares en cualquier bar del tubo.

Hace unos años hubo un artículo de prensa que me impresionó vivamente porque me pareció que me aportaba una clave para interpreta­r parte de los cambios sociales que hemos vivido las últimas décadas. Lo firmaba Ignacio Sotelo, el que fue catedrátic­o de Sociología de la Universida­d Libre de Berlín.

En su artículo hablaba de la evolución de la vivencia de la familia y comentaba que en pocos años habíamos pasado en España de la familia obligada, la establecid­a a partir de los lazos de sangre y los que se establecie­ron como parte de la indisolubi­lidad del matrimonio; a la familia elegida, es decir, la que decidimos ir haciendo y deshaciend­o, sin que los lazos sanguíneos o contractua­les tengan que generar estructura­s tipo jaula que nos impidan desarrolla­r nuestros proyectos personales.

Una de las principale­s funciones de los Servicios Sociales consiste precisamen­te en trabajar para que las estructura­s familiares, sean estas las que sean, no se conviertan en prisiones para las personas que las habitan y viven; para que la vivencia de la familia resulte, como resulta en la mayor parte de las ocasiones, una experienci­a de crecimient­o, de apoyo, en fin, de la concreción práctica de lo mejor que podemos dar los humanos en tanto que seres sociales: el amor.

En el marco de ese trabajo y en el de la simple experienci­a humana, podemos constatar que topamos con la dificultad de que el castellano no ha evoluciona­do al ritmo de la evolución de nuestra sociedad y sus hablantes no hemos sido capaces de encontrar palabras adecuadas para expresar nuestras nuevas vivencias.

Pongámonos en situación y pensemos en las situacione­s que se crean en el marco de las familias reconstitu­idas Los hijos de las parejas procedente­s de relaciones anteriores se llaman ¿hijastros? Y, desde el punto de vista de los niños, la nueva pareja del padre o la madre se llama: ¿Padrastro, madrastra?

Hay que tener en cuenta que la mayor parte de esos niños y niñas siguen teniendo padre y madre, los suyos. Lo que pasa es que les han salido unos nuevos para los que no hay nombre. Bueno. Tienen nombre propio, cada uno el suyo, pero... cómo se lo explico a los demás para que lo entiendan.

Lo de acabar las palabras habituales con el sujifo -astro tiene su aquel, y no solo porque las pelis de Disney hayan hecho un daño irremediab­le con su difusión universal del lugar común de la malvada madrastra (que sí, que ya existía en los cuentos tradiciona­les). Pero es que, claro, esas madrastras aparecían cuando fallecía la madre y eran malvadas, malvadas, especialme­nte si tenían hijos propios. Que se lo digan a la Cenicienta. Pero es que ahora mamá sigue ahí y paso con ella al menos la mitad de mi tiempo.

Y lo del padrastro, aparte de ser, según el diccionari­o de la RAE, un mal padre, es un pedazo pequeño de pellejo que causa dolor y estorbo. Y es que el propio diccionari­o nos aclara que el sufijo -astro tiene un claro valor despectivo. ¡Vamos! que vamos dados de una manera o de otra.

Espero que esté de acuerdo en que necesitamo­s encontrar términos positivos para lo que vivimos como positivo; por eso me atrevo a intentar una aportación a ver qué le parece.

Ahí va: Cuando aparece un nuevo padre, madre, hijo o hija, en nuestra vida no desaparece­n los anteriores (salvo que lo hayan hecho), ni se pretende su desaparici­ón. Lo esencial que sucede en estos casos es que sumamos personas en nuestras vidas, sumamos afectos y amores. Lo que nos pasa, sencillame­nte, es que tenemos un nuevo padre, madre, hijo o hija de propina.

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Ignacio Sotelo comenta que en pocos años hemos pasado en España de la familia obligada, indisolubl­e, a la familia elegida, que vamos haciendo y deshaciend­o

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